A propósito de El paso imposible, de Arturo Leyte (Plaza y Valdés 2013), 1. (Alberto Moreiras)

Con frecuencia en las conversaciones en este y otros foros la gente dice de sus dificultades para entender la noción de infrapolítica.   Con la misma frecuencia acabamos admitiendo que el problema real tiene que ver con la falta de comprensión, o la pérdida en cuanto a comprensión, de qué sea lo que quiere decir política. Una vez que dejamos de entender con precisión, si alguna vez existió esta última y esa comprensión no era de antemano ya sólo precipitado ideológico, qué significa política, entonces es normal que la palabra infrapolítica produzca abierta perplejidad.   Es claro que la infrapolítica solicita la política, la remueve, quiere forzarla a soltar su propio contenido referencial o conceptual. Pero la respuesta no viene automáticamente.   En la medida en que la política no contesta, no comparece, en esa misma medida la infrapolítica se nubla o pierde pie.

Nuestra genealogía profesional no está en el campo de la filosofía, sino en algo que quizá quepa seguir llamando estudios culturales.   No quiero entrar ahora demasiado en eso, sólo marcar que esa procedencia no es inocente por ninguno de sus lados.   Lo cierto es que los estudios culturales son, desde su incepción, síntoma de una crisis en el marco de referencia—no constituyen una disciplina propiamente, sino que en sí representan un éxodo disciplinario cuya meta nunca estuvo clara. Por eso tienden a indistinguirse de todo sin poder nombrar su propia especificidad—el concepto mismo de cultura ha alcanzado, a estas alturas, un grado máximo de inespecificidad, en la medida en que todo puede ser considerado cultura, y en esa misma medida nada lo es sustancialmente.   Si todo es cultura, nada es cultura.   Quizás muchos diríamos como el Heidegger de los años treinta que no todo es cultura, sino que hay cultura y hay maquinación, pero el concepto de maquinación, que puede englobar contenidos técnicos tales como formas de explotación, tecnología, o dispositivos de administración biopolítica, o bien tiende a rechazarse absolutamente y queda fuera del marco conceptual, o bien, con mayor frecuencia, queda circunscrito a un concepto ampliado de cultura, de forma que la tendencia, en estudios culturales, ha sido en realidad hacia una definición de cultura que define la cultura como cultura + maquinación.   Y es esto lo que, en realidad, ha motivado una traducción no del todo consciente, no del todo reflexiva, o quizá sí, y esto sería lo peor: la cultura, entendida como cultura + maquinación, es coextensiva con la política, o más bien, es la política.   Cuando hablamos de política hoy, en general nos referimos, en su sentido más amplio, a maquinación + cultura, y no es frecuente que la cultura quede fuera del marco conceptual.   Así, a los estudios culturales y a nuestra práctica profesional les subyace un ideologema no del todo digerido, que dice que estudios culturales = política = cultura = cultura + maquinación.   En ese contexto la noción misma de estudios pertenece a la maquinación pero también a la cultura. La mínima distancia, el paso de un espacio de tecla del ordenador, entre “estudios” y “culturales” no diferencia sino que indistingue una vez más las referencias. La cultura es estudio y el estudio es cultura, y la maquinación marca la indiferenciación entre ambos. O, como muchos prefieren decir, su identidad.   Estudios culturales no es otra cosa, en cada caso, que el intento de establecer una identidad política que sin embargo no comparece, que se pierde en cuanto se encuentra, o se encuentra sólo en la medida en que se pierde—que está abocada a la indiferenciación.

Infrapolítica es, por lo pronto, el intento de marcar una excepción con respecto de ese estado de las cosas.   El libro de Arturo Leyte, que es un libro que desplaza la discusión hacia el lado, no de los estudios culturales, sino de la filosofía, en la medida en que queda algo de ella no confundible con la mera atención a su historia, puede ayudar a tramar esa excepción.   Por lo pronto, al definir su procedimiento como hermenéutica. Si la hermenéutica es de entrada oposición a todo idealismo (el momento fundamental de la hermenéutica contemporánea sería la contraposición entre Fenomenología del espíritu y Ser y tiempo), también marca su oposición a toda teoría general de la hermenéutica, buscando un espacio especial: la hermenéutica “tiene que tratar con aquello que no puede tratar, pero de modo que ese ‘no’ se vuelva constituyente de su tarea” (36); estudia “el conflicto interno . . . entre dos ámbitos: lo que se muestra . . . , que nosotros podemos llamar por una parte lo fenomenológico, que nunca comparece completamente, y, por otra, lo hermenéutico, que reside, más que en producir interpretaciones, en recibir las señales de eso fenomenológico, a sabiendas de que el trabajo resultará estructuralmente inconcluso, porque el resultado no se puede exponer nunca del todo” (37). Volveré a referirme a la definición de hermenéutica en un comentario posterior, si llego a ello.

Aquí me interesa plantear la pregunta de si, para nosotros, en relación con el proyecto o dispositivo entre manos, la hermenéutica es siempre de antemano hermenéutica infrapolítica. Por lo tanto, si la infrapolítica es una hermenéutica.   Y propongo la siguiente cita para nuestra consideración:

“Solo cuando todo se ha vuelto uno y ya no hay dos, solo después de Kant, cuando . . . lo único que hay es la experiencia única y absoluta, toda mezcla es posible y, por eso también, toda relación acaba siendo posible, relativa y arbitraria. . . . En el horizonte unificado [precisamente ese que nosotros llamamos estudios culturales], frente al de la diferencia, lo que hay es una amalgama en la que todo es fenómeno, intercambiable y substituible; en el que la diferencia misma entre positivo y negativo, sombra y figura, se vuelve relativa, porque todo tiene el mismo estatuto de pertenecer a la única realidad que existe, en la que ocurre todo y, a la vez, todo puede desaparecer sin dejar rastro . . . Si del arte llegaran a formar parte todos los registros, el que propiamente recogiera el acontecimiento completo ya no tendría sentido; cuando en el lenguaje se profieren todas las voces y el silencio desaparece, ninguna voz singular se hace reconocible; y cuando de la ciencia todos los casos reflejen positivamente su ser, sin sombra alguna, seguramente habrá desaparecido toda la naturaleza, porque esta será solo el resultado de una composición, ajena al imprevisto. En todos esos casos, la estructura misma de la realidad no respondería al dos, sino al uno, en el que todo es a un tiempo potencial y efectivo: un uno infinitamente multiplicado y fragmentado.” (80-81)

La infrapolítica enfrenta un dos al mundo único de la política—es una excepción a la política que no pretende inventar sino descubrir, para nuestro presente, un territorio de experiencia no subsumible en estudios culturales, o en el continuo ilimitado de una política sin excepciones. Que esa experiencia pueda resultar inexponible, y que la infrapolítica pueda resultar por lo tanto nada más que la exposición alegal y atemática de lo inexponible, no significa que, por lo tanto, sea nada. Es, por lo pronto, algo otro que la política, y así hermenéutica.

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One thought on “A propósito de El paso imposible, de Arturo Leyte (Plaza y Valdés 2013), 1. (Alberto Moreiras)

  1. Hacer de nuestro entrevero con lo real una confrontación con lo que nos llega de éste, fenoménicamente (y aquí la diferencia entre la fenomenología hegeliana y la hermenéutica fenomenológica de Ser y tiempo es crucial), es renunciar a la hermenéutica como teoría general del sentido, es quedar expuestos a lo abierto, a la indeterminación radical del tiempo no capturado por la filosofía de la historia…esta sería una hermenéutica totalmente divorciada de la clásica pretensión de agotar el sentido del mundo en su comprensión, y así conllevaría una política más allá de la posibilidad de su sobre-determinación filosófica. Una hermenéutica tal, una vez agotada la filosofía de la historia, no podría sino ser una infrapolítica, ya alejada de las esperanzas arquitectónicas y fundacionales del Iluminismo y sus diversas encarnaciones…

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