¿Qué significa la unidad post-Vistalegre II? Por Luis Villacañas de Castro.

No es lo mismo perder que quedar sentenciado. Si bien era previsible que el errejonismo perdiese en Vistalegre II, no era necesario que quedase sentenciado. A mi entender, esto último sucedió a partir del momento en que la palabra coreada por los asistentes (la que acabó cifrando el mensaje oficial del congreso) fue “unidad” y no “diversidad”. Creo que la diversidad sería lo propio de quienes se tratan, a pesar de todo, como aliados. De haber reclamado diversidad, los asistentes a Vistalegre II hubiesen lanzado un mandato al ganador para que integrase al aliado que quedaba por debajo. Porque la diversidad se organiza, forzosamente, en torno al que pierde, o de lo contrario no habría posiciones diversas que conservar. La unidad, en cambio, sólo puede tener como eje al ganador (sería un contra-sentido crear unidad alrededor del perdedor). Al corearla, el pabellón de Vistalegre II no sólo aclamaba ya al Secretario General, sino que enviaba un claro mensaje a aquéllos que habían acabado siendo su alternativa: dimitid o sumaos a la corriente ganadora, pero no cuestionéis su proyecto. Sólo así podrían evitar ser enemigos internos.

Ahora queda entender en qué va a consistir esta unidad. Permitid que me acerque al tema de una manera indirecta.

Creo que alguien ya lo dijo alguna vez: cuando miramos las fotografías trucadas del estalinismo, sin duda ocurre algo raro. Las más frecuentes son aquéllas en las que Stalin se va quedando solo a medida en que antiguos dirigentes y compañeros de fatigas van desapareciendo de su lado. Donde antes había un grupo (por lo general, retratado en blanco y negro) al final sólo existe Stalin (en ocasiones, a todo color). Pero el raro fenómeno al que me estoy refiriendo no es éste, sino el siguiente: cuando uno mira estas imágenes con atención, no puede sino percibir que los rasgos de los desaparecidos permanecen, de alguna manera, en la cara del Stalin que queda. No sé si se trata de una modificación real, de un efecto simbólico o de un mero automatismo del recuerdo, pero es imposible ignorar esta sensación. Por medio de un proceso que Zizek a buen seguro asociaría con la dialéctica de Hegel, Stalin parece incorporar de forma vampírica al menos un rasgo físico de cada uno de los individuos que fue borrando de su lado, sobre la foto y en la realidad.

Así, la desaparición de un hombre con bigote se traduce, en la figura de Stalin, en un renovado vigor de su mostacho. Y cuando desaparece un dirigente más joven, es Stalin quien entonces aparece más lozano y, además, copiando su peinado. En la última foto de una famosa serie, el gran líder ya aparece solo, tras haber convertido a tres camaradas en fantasmas, y se muestra a pleno color y plenamente humanizado. Parece una oruga que, tras una ardua metamorfosis, se hubiese convertido en mariposa. Sin duda, se trata de una experiencia singular.

La función política y propagandística de todo ello era obvia: promover la visión de que el gran líder lo hizo todo y, además, sin ayuda. Ni siquiera en los buenos tiempos hubo diversidad, y precisamente por eso el discurso oficial podía decir que tampoco hubo enemigos internos. Como lo prueban las fotos, Stalin siempre estuvo solo. Lo verdaderamente interesante, sin embargo, es que, al adoptar los rasgos de aquéllos que va derrotando, Stalin no sólo rescribía el pasado sino que lograba lo más difícil: que el ojo de quien miraba no echase de menos el cambio. Pues parte de los rostros que el observador busca al aproximarse a la foto los encuentra, de alguna forma, incorporados e integrados en el rostro de Stalin. Aunque sabe que ocurre algo raro, el observador ve sus expectativas parcialmente satisfechas y se convence a sí mismo de que aquello que falta jamás estuvo verdaderamente ahí. Así que debió ser verdad: Stalin lo hizo todo y, demás, sin ayuda. Así se reparaba la unidad simbólica que había quedado dañada al acabar con los aliados del pasado.

No traigo a colación esta práctica propagandística para hablar sobre purgas. Esto sería de mal gusto e improcedente. Lo único que pretendo es sugerir por dónde creo que va a ir la futura unidad de Podemos, ahora que la diversidad ha sido derrotada. Pues, si Iglesias es el líder maquiavélico que quiere ser, entonces, a partir del lunes, hará exactamente lo que decía Errejón que había que hacer, pero sin Errejón ni el errejonismo. Lo de menos es que estos últimos se queden o se marchen, se suman o dimitan. Porque el equipo de Iglesias va a vampirizar su discurso para que el errejonismo pierda su razón de ser, presente, pasada y futura. No sólo se les va a derrotar sino que les va a expropiar el suelo que los mantenía en pie. Los mismos que ayer gritaban convocando a la lucha en las calles de la clase obrera no van a tardar ni dos días en abrazar la moderación discursiva y la transversalidad. De pronto, va a haber unidad hasta en el pasado, cuando Iglesias recuerde que él desde siempre fue transversal (y es cierto que en algún momento lo fue; como cierto es que de pronto dejó de serlo, ahora sabemos con qué cálculo).

Lo más paradójico de todo es que este viraje hacia un errejonismo sin errejonistas se habrá hecho gracias al apoyo interno de la militancia más pablista, la cual, empachada de victoria, tardará algún tiempo en entender lo que está pasando. A saber: que Iglesias se ha apoyado en ellos para sentenciar aquello a lo que, a partir de ahora, se acabará pareciendo. Tras sentenciar la Transversalidad como alternativa (tras proteger su flanco derecho), asumirá su discurso para crear su propia unidad simbólica.

Hasta ahora el argumento ha sido paradójico. Pero me temo que será trágico a partir de ahora, cuando se descubra que todo este proceso ha sido catastrófico desde el punto de vista electoral.

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Podemos y la construcción de paz. Por Jorge Gaupp.

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Hace poco Nuria Alabao hablaba de la “cultura política de guerra en Podemos” [1]. Lo contrario es, inevitablemente, una cultura política de paz. Pero prácticamente nadie del Podemos dirigente (salvo Manuela Carmena, que no es del partido) usa la palabra paz, pues nos topamos con un significante que causa cierta aversión en el ámbito de la izquierda posmarxista actual. Le pasa como al consenso o, hasta hace poco, la democracia. El argumento es sencillo: vivimos en un mundo terriblemente desigual e injusto, y estos significantes los usa el enemigo/el sistema para hacernos creer que no es así y mantenernos complacidos y desmovilizados. Y es verdad. Lo cual solo muestra una hegemonía anterior a la hora de apropiarse de estos significantes flotantes. Lo que es menos comprensible es nuestra voluntad de alienarnos de ellos.

Un ejemplo extremo en España es el de la ‘solidaridad’, que muchas veces hemos atribuido al peor oenegismo capitalista, para a continuación reivindicar su sinónimo ‘fraternidad’ [2]. El problema de esto es que al extrañarnos de estas palabras facilitamos que la estructura de explotación y dominación, por medio de sus voceros, pueda ser considerada como pacífica, consensual, democrática y solidaria. Y estos son adjetivos que, por muchos esfuerzos que hagamos, para la mayoría de la población seguirán siendo tan positivos como para la izquierda marxista lo son sus equivalentes fraternal, acordado, o republicano.

Por culpa, en gran parte, de este extrañamiento del vocabulario de la no-violencia, Podemos se ha visto privado de usar conceptos profundos y fuertes, cuyo lugar han ocupado tropos publicitarios como la sonrisa o sentimientos efímeros como la ilusión. Ambos terminan pasando factura en forma de pérdida de credibilidad (en publicidad antes importa la venta que la honestidad) o inevitable decepción, como apunta Marina Garcés [3]. Pero, además, son lenguajes que no construyen nada sostenible hacia adentro. Que no pueden combatir la cultura de guerra interna, fomentada en gran medida por las estructuras de elección y decisión que menciona Alabao, pero también por lenguajes (siempre performativos) y hábitos compartidos.

La paz no es simplemente la ausencia de guerra como dicen los liberales, ni es un concepto que se use solo por el pacifismo resignado y superficial, sino que, como propone el Grupo Antimilitarista Tortuga, es también la “situación resultante cuando se lleva a término la justicia, cuando los conflictos, en lugar de ser escondidos o reprimidos, son resueltos buscando la armonía de los seres humanos entre sí, con la naturaleza y consigo mismos. [4]”. Otra perspectiva interesante es la que propone el grupo Hebras de paz, tras la recopilación de docenas de testimonios y memorias ciudadanas: “entrelazada de forma inseparable con esa paz del ‘no’ hay lo que los mismos expertos, encabezados por Adam Curle, Johan Galtung y J.P. Lederach, llaman ‘paz positiva’. La manera más coherente y vital, que responde a necesidades humanas fundamentales, de entender esa dimensión de la paz, es la paz del ‘sí’ a la convivencia en equidad y al engarce de vidas que se ayudan, sostienen, enriquecen y salvan entre sí, motivadas, no por un cálculo de interés personal, sino por compasión y afecto hacia un ser humano” [5].

En pocas palabras, se trata de cuidar, ese verbo al que gracias al feminismo empezamos a dar valor. O de hacerse cargo de esos “muchísimos otros” que según Spinoza nos constituyen [6]. Conceptos como el de este otro múltiple o el de engarce de vidas son poderosos porque permiten problematizar las distinciones clásicas entre ética y política, algo hacia lo que también creo que camina el de infrapolítica.

La paz, pues, no está dada, debe construirse. El 15M comprendió esto desde el principio, plagado como estaba de maestrxs que, ya desde los ’70 y ‘80 ponían en práctica dinámicas grupales como las del Grupo Tortuga en sus clases. Por eso el movimiento también creó una comisión de respeto, que no era más que un eficaz grupo mediador, extendió la escucha activa como una de las pocas reglas no escritas de las plazas y se dio tiempo para alcanzar consensos tras arduas discusiones.

La necesidad de otro lenguaje puede verse en esta frase de Errejón en una entrevista reciente: “Lo que nos seguís sabéis que en Podemos, y yo el primero, siempre que tenemos que poner ejemplos de las cosas lo hacemos con metáforas bélicas. El problema fue cuando empezamos a pensar así la política interna. Y cuando los términos ‘asalto’, ‘conquista’, ‘resistencia’, ‘adversario’ pasaron a ser un modo de construcción hacia dentro. Y eso ha construido una organización en la que hay poco espacio para la cultura del acuerdo” [7]. Como contrapunto a los problemas que observa su lúcido diagnóstico, propone “acuerdo”, que es una palabra de paz, pero, en mi opinión, subóptima.

Etimológicamente, sin duda el ‘acuerdo’ como unión de corazones es más interesante que ‘consenso’, una palabra cercana al consentimiento. Pero en lenguaje común ‘acuerdo’ tiene un significado cercano a la transacción comercial, en el sentido de ‘trato’ tras una negociación, mientras que el consenso, al menos tal como se usa en las tradiciones mencionadas, va orientado a la interiorización de los argumentos del otro y la generación de síntesis lógicas como base del consenso, antes que lograrlo por efecto de cesiones no sentidas, únicamente consumadas por la voluntad de alcanzar el acuerdo.

En Podemos la votación no fue un último recurso, sino que se empezó la casa por el tejado: se impusieron votaciones cuando se podían lograr acuerdos y se lograron acuerdos donde se podían lograr consensos. Por supuesto, el poder dominante tiende a tomar significantes como el consenso y la unidad para nombrar a la imposición de su voluntad. Pero, como mostraron Orwell, Lakoff, o Klemperer, dotar del significante opuesto a la propia acción es una de las técnicas habituales del lenguaje del Estado, del poder hegemónico o del fascismo. Y uno de sus efectos más perniciosos es el de quitar a su fuerza opositora la capacidad de usarlos, como ocurrió hasta hace poco con “democracia”.

La incapacidad de usar cierto lenguaje y ciertas prácticas quizá ayuden a explicar, junto con el sistema organizativo, el estado de guerra actual en Podemos. El desembarco de cuadros de IU, útil en el ámbito electoral o de gestión burocrática, parece a su vez acentuar la limitación del vocabulario y prácticas disponibles en Podemos. Si algo pueden enseñar el antimilitarismo, el anarquismo y parte del feminismo a los grupos posmarxistas que pugnan por el control de Podemos es la posibilidad, necesidad y potencia de compatibilizar la lucha sin cuartel con la prefiguración en el presente de la sociedad que se busca alcanzar. En la época actual de España, en que la violencia política no se tolera, en la que el lenguaje sentencioso y agresivo del macho cada vez está más arrinconado hacia el cuñadismo, una organización permeable al lenguaje y prácticas de construcción de paz no solo toma mejores decisiones, sino que también es directamente mucho más votable. Este ente, ¿seguirá teniendo forma de partido?¿Puede sobrevivir al a burocratización estatal? Quizás un desafío está en que el lenguaje, las prácticas y, en ocasiones, las personas que sirven eficazmente para la lucha o para la administración de la violencia pueden ser radicalmente opuestas a las que sirven para la construcción de comunidad.

*Este texto nace de un estimulante debate telemático con Gerardo Muñoz y Alberto Moreiras en torno a la noción de consenso, a los cuales agradezco su tiempo y disposición para continuar la discusión. Ver sus textos aquí, y aquí.

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Notas

  1. Nuria Alabao. “¿Por qué hay una cultura política de guerra en Podemos?” CTXT, No.102, Febrero de 2017.
  2. Álvaro García Linera. El “Oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo. La Paz: Vicepresidencia del Estado de Bolivia, 2015.
  3. “Marina Garcés defiende una política sin ilusiones o promesas redentoras”. http://www.aiete.net/2014/11/marina-garces-defiende-una-politica-sin-ilusiones-o-promesas-redentoras/
  4. Ver Grupo Antimilitarista Tortuga. http://www.grupotortuga.com/Recursos-Formativos-Talleres-y
  5. “Positive Peace or Peace of Life”. http://hebrasdepaz.org/positive-peace-or-peace-of-life-2/?lang=en
  6. Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico ( Trad. Vidal Peña.) Madrid: Orbis, 1980. 84.
  7. Íñigo Errejón. “Ha habido un viraje ideológico…”. eldiario.es, Febrero de 2017. http://www.eldiario.es/politica/ideologico-Podemos-preocupado-mostrarse-partidos_0_609990072.html