Réplicas. Por José Luis Villacañas. 

Querido Gerardo: muchas gracias por tu comentario, que nos permite mantener la conversación que mantuvimos en Princeton. Wilson es un modelo para el pensamiento de Weber sobre el líder antiautoritario, desde luego. No conozco el libro que citas, pero me parece muy relevante y voy a hacerme con él. Pues lo peculiar de Weber es ciertamente una defensa del parlamentarismo. Este solo hecho hace de Schmitt un hijo ilegítimo de Weber. El parlamentarismo es electivamente afin con lo aprincipial, desde luego. La discusion infinita es el reconocimiento de la falta de fundamentos.

En realidad, el parlamento no es una escuela de teoría, sino una aspiración a la concreción y singularización de las decisiones y por eso es la mayor institución al servicio del control del estado administrativo. Por supuesto que el parlamento es coral, y desde luego no tiene nada que ver con el líder concentrado presidencial. Sin embargo, es el lugar en el que se puede apreciar la manera en que se acredita que alguien es capaz defender intereses materiales de los dominados.

Ahora bien, por si solo no es suficiente para controlar el estado administrativo, porque sería como perseguir el ratón al gato. De lo que se trata es de que el que da las órdenes en el estado administrativo tenga que responder también a los intereses de los dominados. Desde este punto de vista, argumenté que sólo las dos dimensiones (Parlamento y Gobierno) están en condiciones de controlar la burocracia.

El primero porque analiza las decisiones de los burócratas, las hace públicas, exige preguntas y describe procesos, por mucho que tengan base legal; el segundo porque permite que el activismo legislativo o incluso el ordenamiento esté en condiciones de responder a los intereses de los dominados. Sin esta figura, sólo se controlaría a la contra; por un presidente adecuado se presiona a favor de que se atiendan positivamente los intereses de los dominados. El parlamento en todo caso puede ser decisivo para que se no violen o se lesionen.

Querido Alberto: para comprender este debate debemos marcar el sentido bastante limitado de lo que Galli llama pensamiento moderno. Lo que Galli quiere es, como Duso, eliminar como marco de conversación el planteamiento de Hobbes. Esto significa que todo pensamiento contractualista moderno es principial y desde luego nadie quiere caer en sus redes. Desde luego, el pensamiento republicano no cae en esas redes porque ciertamente no asume esa creatio ex nihilo del contrato bajo ninguna de sus maneras. Y desde luego, tienes razón: el anarquismo no es sino una manifestación más radical de la teoría del contrato, como se descubre cuando observamos las deudas que Proudhon mantiene respecto de Rousseau.

Las paradojas de este pensamiento principial llevaron a Kant a hablar del contrato como un ideal del futuro y nunca como un fundamento político. Y desde luego, no confundo el anarco-populismo con el anarquismo en tanto tradición que forma parte de la historia de las ideas.

El problema, como dijimos en conversaciones anteriores, es definir bien el asunto a-principial. Y sinceramente, este es el punto que no entiendo bien. Pues lo decisivo para mí no es reconocer que desde luego nada en política ni en filosofía política invoca un fundamento. El hecho de que Laclau intente suturar su pensamiento político con el líder como referente vacío no es solo el más sincero de los reconocimientos de esa ausencia, sino también pensamiento no completamente reconciliado con ella, por cuanto intenta por todos los medios buscarle un subrogado. Sin embargo, no es claro para mí que las rupturas con los órdenes conceptuales fundamentales, y su disolución, signifique la ruptura con los órdenes materiales, y entre ellos los psíquicos. Y creo que hay una cierta filosofía de la historia cuando la primera destrucción se confunde con la segunda.

De hecho, acerca de esto iba mi conferencia, un tema al que nadie entró porque implica una relativización de la filosofía como aparato conceptual para apresar estas realidades materiales. La filosofía de la historia, siempre de naturaleza utópica, consiste en suponer que nos libramos de la historia justo al librarnos de algunos conceptos metafísicos. Esto me separa de los juegos conceptuales de Heidegger. Una filosofía aprincipial deja todavía muchas realidades materiales históricas operando.

Mi posición es que el populismo no puede ser hegemónico porque las realidades materiales no lo permitirán mientras el centro de gravedad de la vida histórica no se condense al límite de las tragedias. Mientras esto no ocurra, lo que quiere decir la teoría de la hegemonía de forma real es que los regímenes presidencialistas exigen que la población se divida en dos para la elección y que por tanto se tendrá tanto más poder cuanto más clara sea la división y menos se llegue a la mayoría sin compromisos de pactos. Pero en los regímenes parlamentarios la hegemonía no significa nada. Y el mayor de los errores de Iglesias ha sido acuñar un pensamiento de la hegemonía en un régimen parlamentario puro, que no tiene ningún escenario propio del presidencialismo.

El republicanismo por supuesto que comparte la conciencia de la necesidad de acabar con ese pensamiento principial. Pero reconoce que eso es una condición necesaria, pero en modo alguno suficiente para avanzar hacia un estado de mínima dominación del ser humano por el ser humano. Y llama la atención acerca de la carencia de mediaciones entre el anarco-populismo y la política. Por eso no se trata de populismo sin líder. Se trata de política capaz de reducir la dominación, lo que positivamente es otra cosa completamente. Y esto nos lleva a la cuestión de nuestro viejo debate.

El republicanismo no necesita de la hegemonía, pero sí necesita de la legitimidad. Y el problema es que la legitimidad no es una afirmación de arché. Y sin embargo, tampoco queda bien abordado mediante un pensamiento exclusivamente deconstructivo del arché. Aquí las categorías del republicanismo exige algún forma de diferencia entre decisiones, algo que no veo en el anarco-populismo que defiendes. Por eso creo que a partir del republicanismo se pueden traducir mejor las categorías de la emancipación.

 

(*Esta réplica contesta a los textos “Presidencialismo y liderazgo. Una pregunta para José Luis Villacañas”, de Gerardo Muñoz y “El desacuerdo de José Luis Villacañas”, de Alberto Moreiras.)

*Fotografía: Princeton University. April 7.2017.

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Presidencialismo y liderazgos. Una pregunta para José Luis Villacañas. Por Gerardo Muñoz.

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En los buenos talleres siempre pareciera que nos traiciona el tiempo. Y el congreso “Populismos”, que tuvo lugar el pasado viernes en Princeton, no fue una excepción. Hubo tres excelentes ponencias que darán mucho de qué hablar y pensar, aunque en este comentario solo quiero atenerme a un aspecto que quedó colgado del intercambio con el Profesor José Luis Villacañas.

José Luis leyó un magnífico texto sobre Max Weber, Ernesto Laclau, y la actualidad de la crisis constitucional de Weimar para pensar nuestro tiempo. Implícitamente estaba en juego una hermenéutica relativa a la interpretación de la crisis democrática alemana de los treinta, y aunque no fue nombrado, se podía escuchar cierto eco de Helmuth Plessner, cuya Nación tardía: sobre la seducción política del espíritu burgués (1935-1959), acaba de aparecer por el sello Biblioteca Nueva en una magnifica edición y estudio crítico del propio Villacañas. No quiero intentar hacer un resumen de la charla de José Luis, la cual puede escucharse aquí. Me sumo al gesto de Alberto, y tan solo quiero dejar por escrito un comentario para avanzar en la discusión.

En el tiempo que tuvimos de preguntas y comentarios, yo le preguntaba a José Luis cómo pensar la “actualidad” de Weber en un momento como el nuestro (al menos en EEUU, que es donde vivo), dominado por lo que los constitucionalistas norteamericanos (Posner 2008, Hamburger 2014, Vermeule 2016), han venido llamando la expansión del estado administrativo. Sobre esto y la conspicua frase de Steve Bannon, ya hemos comentado en este espacio [1]. La cuestión es relevante en la medida en que el problema del administrative state y la burocracia es central en el propio pensamiento de Weber. Pero también es fundamental si aceptamos cierta irreversibilidad del derecho de los estatutos de las agencias gubernamentales administrativas cuyo peso ya han desplazado lenta pero decisivamente el centralismo de las cortes.

Si esta es la realidad fáctica, entonces no es posible ni deseable, volver al centralismo jurídico, en la medida en que volver al centralismo jurídico no sería más que volver a re-inscribir las condiciones que en un primer momento hicieron posible la expansión del estado administrativo. Lo que hay es lo que hay, como a veces se dice desde cierto “realismo”. Esto es, un estado administrativo que solo puede ser más o menos democrático. Pero el estado administrativo no solo desplaza lo que Dworkin entendió, en el que quizás sea el más influyente libro del derecho norteamericano del siglo veinte, el ‘Imperio de la Justicia’. En la última sesión de debate con Moreiras y Svampa, Villacañas retomó el tema de Weber ahora visto desde la rama del executivo. Quiero citar a Villacañas, y luego pasar a mi pregunta:

“….por eso el carisma anti-autoritario es específicamente democrático, puesto que el carisma es delegado en la medida en que responde a los intereses de los dominados. Cuando Weber establece esa diferencia está pensando en el Presidente de los Estados Unidos que es para él es el prototipo del carisma antiautoritario que tiene que defender los intereses de los dominados si quiere ser reconocido como tal. El líder anti-autoritario es quien está en condiciones de representar intereses que no son los suyos. Pero que los mira con una objetividad que está en condiciones de producirles la pasión…”

Seguido de este comentario, Moreiras le preguntó a Villacañas si esa descripción aplicaba a todos los líderes norteamericanos, o si era una especie de “tipo ideal”, pinchando una categoría medular del pensamiento sociológico de Weber. Lo que yo quisiera anotar es que si asumimos la realidad fáctica del estado administrativo, entonces quizás el “principialismo” (¿es principial?) del líder anti-autoritario en Weber, quizás ya no tenga tanto efecto como lo pudiera haber tenido, digamos, durante Weimar o durante período de Woodrow Wilson (quien además es una figura admirable, puesto que escribió una de las mejores defensas del cuerpo legislativo que hay en la tradición política norteamericana titulada Congressional Government, de 1885). ¡Y no olvidemos que el Congreso de EEUU no aprueba una ley en el Congreso en casi una década!

Villacañas diría, y en efecto, dijo: “el líder anti-autoritario es aquel que está en condiciones de recibir una patada en el culo…en caso de no cumplir las demandas materiales de la sociedad”. Y estoy de acuerdo con este razonamiento. Y hasta ahora Trump ha sido eso. Pero el problema es que si aceptamos la condición del estado administrativo, tal vez solo un nuevo parlamentarismo se adaptaría mejor al tejido de nuestras sociedades poshegemónicas. Al fin y al cabo, el sistema norteamericano es presidencialista, y como ha visto Bruce Ackerman y antes el gran historiador Arthur J. Schlesinger, desde hace décadas está en ascenso hacia una metamorfosis imperial. Me pregunto si el anarco-populismo de Moreiras, o el énfasis en los movimientos propuestos por Svampa, serían más susceptibles a un nuevo parlamentarismo, incluso a un federalismo, que es por otro lado lo que a mí me interesa, para un futuro democrático y democratizante [2]. Pero si es así, tendría que ser necesariamente anti-presidencialista, esto es, sin líder.

 

 

 

 

Notas

  1. Gerardo Muñoz. “An explaination for deconstructing the administrative state”. https://infrapolitica.wordpress.com/2017/03/07/an-explanation-for-deconstructing-the-administrative-state-by-gerardo-munoz/
  1. Alberto Moreiras. “Republicanismo arcaico”. https://infrapolitica.wordpress.com/2017/02/14/republicanismo-arcaico-por-alberto-moreiras/

*Foto, de Pablo Dominguez-Galbraith. 7 de Abril, Princeton University.