Imagen infrapolítica y supervivencia de las luciérnagas. Por Alberto Moreiras.

th-1Para mí la referencia es el Libro de Tobit, uno de los libros deuterocanónicos del Viejo Testamento que, en cuanto tal, no aparece en todas las Biblias. Es una historia maravillosa en la que se cuenta cómo un joven, Tobías, hijo de un hombre piadoso en el exilio que nunca sin embargo olvidó enterrar a los muertos ni ocuparse de las viudas y los huérfanos de su pueblo, arruinado por el poder político, marrano, debe ir a cobrar una deuda a algún lugar remoto. Para ello encuentra la ayuda de un compañero, el ángel Rafael, que le aconseja cómo defenderse de un pez mágico que le ataca en el río, y cómo extraer de ese pez herramientas indispensables para su vida: la forma de exorcizar el demonio que plaga la vida de Sara, su futura mujer, y la forma de curar la ceguera de su padre, causada por excrementos de golondrinas. Pero también la posibilidad de encontrar su camino en el desierto, y no perderse. Cuando Tobías retorna al lugar paterno, con mujer y fortuna, su padre pide que le pague a su compañero. El compañero revela entonces su calidad de ángel y marcha. Tobit y Tobías viven muchos más años, y uno no puede sino pensar que su vida, la vida no narrada, la vida que resta, está cruzada por el tiempo de la espera–la vida es entonces la espera por el retorno del ángel, o el tiempo que falta para tal retorno.

Esa vida en la espera, la vida del abandonado por el ángel que alguna vez lo acompañó, es la vida infrapolítica. En Supervivencia de las luciérnagas Georges Didi-Huberman invoca la figura de la luciérnaga, entendida como el fulgor de un cuerpo en la noche y en cuanto tal lugar de deseo. Esas son las luciérnagas vistas en la infancia de Pasolini, de las que Pasolini abjura, anunciando su muerte definitiva, en 1975, poco antes de su propia muerte. Son también las luciérnagas de la infancia en Giorgio Agamben–las mismas luciérnagas de las que también Agamben dirá en El reino y la gloria que han sido quemadas por la luz de una gloria entendible solo como luz cegadora de la sociedad del espectáculo o, alternativa o complementariamente, de los faros de los coches neofascistas.

Didi-Huberman rechaza la idea de la muerte de las luciérnagas. Apela al mesianismo débil de Benjamin para insistir en que la destrucción de la experiencia no es total, incluso bajo condiciones de caída, y que es en la caída misma donde todavía–y ese todavía es perpetuo–pueden encontrarse fulgores de deseo dada la indestructibilidad de lo destruible (Antelme, Blanchot). La destrucción de la experiencia nunca puede eliminar el residuo de la espera, excepto con la muerte. Pero no estamos muertos. En esa medida, sobrevivimos, y la sobrevivencia es siempre producción de fulgores en la noche. La imagen–todo fulgor en la sombra es un fulgor de imágenes–sobrevive a cualquier horizonte apocalíptico, y demuestra la ilusión de todo apocalipsis, la ilusión de todo horizonte.

Por eso para Didi-Huberman “toda manera de imaginar es una manera de hacer política.” La luciérnaga es en última instancia la supervivencia de la política, entendida paradójicamente como la supervivencia del deseo o del pensamiento. La luciérnaga es “fuerza diagonal” (Arendt) que impide el cierre de la política y promete por lo tanto todavía una redención, o una fe en la redención, que es irreduciblemente política. Desde este punto de vista, la supervivencia de las luciérnagas se marca en clave voluntarista o decisionista–también el éxodo de Bataille hacia la “experiencia interior” tendría esa clave.

Pero volver al Libro de Tobit permite hacerse la pregunta de si la espera por el retorno del ángel que no redime, sino que solo acompaña y dota de confianza nuestros días, es una espera política; si conviene adjetivar de política a esa acción sin acción que marca el ritmo de la espera en la caída de la experiencia. ¿No será más bien acción infrapolítica? ¿No son las luciérnagas, los fulgores en la noche, más bien resultado involuntario de una espera atenta en la desaparición misma de la política? Otra cosa es que el que espera pueda también esperar políticamente. Pero darle a la imagen como único horizonte el horizonte político es también una forma de sustituir horizonte por imagen, y de subordinar la imagen a su siempre improbable politicidad primaria. Imagen infrapolítica–ese es el fulgor en la noche, que es un fulgor sin horizonte.

En la historia de Tobías la espera no es redentora, y el angel no retorna. En realidad, la espera refiere a una natalidad diferida, es repetición de la natalidad–repetición de la euforia de un despertar que lleva dentro el dolor de la separación, y que aún así es bienvenida. Los fulgores en la noche son, en cada vida, lo que se adapta a esa tensión temporal, lo que aparece, si aparece,  y entonces  colma,  parcialmente, en separación, un deseo que admite muchas modulaciones (puede ser una modulación serena, un dejamiento en el tiempo, o puede ser una modulación desesperada, la del adicto, por ejemplo). La luz es luz oscura, porque viene de lo oscuro–pero es una oscuridad que destella. No es la mera ausencia de luz, no es la nada. El tiempo es el tiempo que viene en cada caso, el tiempo existencial. En cierto sentido se podría decir que esa espera es el pensar–en el sentido preciso en el que pensar es habitar. Uno puede habitar políticamente o uno puede habitar en el fútbol, pero esas son opciones derivadas: habitar es en cada caso esperar el retorno del ángel, que no redime y no llega, etc. Llegan, o no llegan, los fulgores porque la espera los prepara, hay preparación, no redención. No para Tobías, que muere como todos, prematuramente, a los 117 años, después de una vida suficientemente piadosa.

Republicanismo arcaico. Por Alberto Moreiras

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Inigo Errejón no es un reformista contra el revolucionarismo de Pablo Iglesias–ese es uno de los malentendidos que han circulado estas semanas, impulsados por el entorno de Iglesias, aunque sin duda también por otros agentes. Errejón simplemente no acepta esa división del mundo tan querida de la vieja izquierda, y que siempre fue ramplona y excluyente, entre reformistas y revolucionarios. Eso es parte de lo que Errejón rechaza, desde un entendimiento de lo político, y desde luego también de su contextualización en Europa, que pide otras categorías de formalización. A Errejón le resulta ingenuo–por buenas razones–sostener que en este mundo traidor uno no puede fiarse más que de los camaradas, y tiene que convertir a todos los demás en enemigos, y a partir de ahí tramar una gloriosa revolución. La no-división del mundo entre amigos y enemigos, que es un rechazo del schmittianismo, está acompañada por una teoría del antagonismo que difiere considerablemente de la de Iglesias, de la de Monedero, Monereo, Anguita y toda la fila de ellos, pero que es semejante a la de Chantal Mouffe. El populismo duro de Iglesias, basado en una concepción sustancialista del enemigo, ha derrotado en Vistalegre 2 a un populismo menos verticalista, en el que no hay en primera instancia enemigos sino antagonistas con los que se puede negociar. Se trata de una concepción del espacio social muy diferente de la de Iglesias y de la vieja izquierda, pero que todavía no ha sido clarificada suficientemente, desde luego no por Errejón, todavía atrapado en esquemas que se le hacen estrechos desde el punto de vista de su propia praxis política.

Siempre ha habido incompatibilidad entre referentes teóricos supuestamente nuevos, como los negrianos, pero que no lo fueron nunca en política, y los referentes teóricos laclauianos. El error de los últimos años ha sido pensar que el denominador común estaba en Gramsci, y que se podían conciliar todos. Pero Vistalegre2 ha arrojado una llave de tuerca a la tripa de la máquina teórica convencional, y ahora hay que volver a empezar. Esto no es en el fondo malo–si sirve para reformular la teoría del populismo como una dimensión de la política que tiene que trascenderse desde dentro para encontrar funcionalidad a largo plazo.  Esa es una tarea pendiente para Errejón y la gente que simpatiza con sus posiciones políticas.

En The Young Pope, de Paolo Sorrentino, que el otro día me recomendaba German Cano en el contexto de una discusión recogida más abajo en este blog,  Pio XIII dice que ya está bien de tanta tontería ecuménica, de tolerancia, de evangelización suave, de amor al prójimo, y de comunicación mediática y de rostro humano, y que hay que volver a las esencias radicales de la relación siempre tortuosa, difícil, y heroica con lo divino. Contra toda “corrección política.” Uno puede pensar que Iglesias es el representante en la tierra de ese Pio XIII que en inglés sería llamado “hardass.” Lo que hay que hacer es darle la vuelta a esa metonimia, y decir que es la teoría del republicanismo la que es hardass, contra la mendacidad demagógica e improductiva, en última instancia ilusa, de los mecanismos hegemónicos de la izquierda contemporánea. O la izquierda entiende su propia obsolescencia teórica o vamos aviados.  La tentación es entonces, como dice José Luis Villacañas, la regresión arcaica.  Ya no Gramsci, sino Lenin.  La derecha, por supuesto, no tiene ese problema.

Convirtamos el republicanismo duro en el objeto de la regresión arcaica, en lugar de seguir pasmados con la idea de que es el leninismo lo que debe recabar una nueva gloria, porque por ahí no vamos a ninguna parte a la que merezca la pena ir.

Defective Institutions. By Jacques Lezra.

Friends–this is the text of the talk I gave last Friday at TAMU, to which Alberto referred in his post.  I’d be very glad of your comments and thoughts.  It’s a draft, so please, entre nous only.

Un abrazo,

Jacques

“Defective Institutions”

Jacques Lezra

NOT FOR CITATION

It’s a great pleasure to be here in College Station. I’d like to thank Belén and Guillermo, the organizers of the Graduate Workshop in Hispanic Studies and the sponsors of this talk, for honoring me with the invitation to lead yesterday’s workshop on the problem of untranslatability, and to address you this afternoon.

My talk today is on “Defective Institutions.” It’s the subject of a book I’m just beginning.

My purpose is to formalize the concept of “Defective Institutions” and to offer it to you as a model for small-r republican governance. The ultimate claim is that republicanism in its most radical form, in its wildest shape, is the intractable governance of defective institutions. (I’m aware that worlds are at stake in the ambiguous grammar of that sentence, the subjective-objective genitive expression “The intractable governance of defective institutions.” Coming up with a conception of sovereignty, that is, of governance, that retains and radicalizes this ambiguity—that’s probably also the task of this wild republicanism.) Minimally, the task of political philosophy today is not the critique of actually-existing institutions or political concepts, with a view to strengthening the former and clarifying the latter, or to producing new and stronger institutions or new and stronger, more coherent political concepts. Our task is to produce defective political concepts and defective institutions.   A fully and radically differentiated democratic society stands on the defectiveness of its institutions. The sovereignty of such institutions is always divisible; the time and conditions of their emergence is never given in the axioms of other institutions. Defective institutions persist and decline according to discontinuous logics and times. They entail regimes of representation, police forces, pedagogies, rhetorics and lexicons that do ephemeral work, with often reversible results, transparently. They are an-organic without being, exactly, machinic.

My example today will be the University-institution: the possible University-institution.

Well, then, “Defective Institutions.”   First off, a remark and some definitions. My title, “Defective Institutions,” is manifestly intended to excite the imagination in the mode of what’s called in psychological literature the “White bear” or the “polar bear” problem. “Try to pose for yourself this task,” wrote Dostoevsky in 1863, in a little travelogue called “Winter Notes on Summer,” “[try] not to think of a polar bear, and you will see that the cursed thing will come to mind every minute.” Hence the “white bear” problem. Pose for yourself this task: try not to think of a “defective institution,” and the cursed thing will perhaps come to mind—a raft of them, every institution you’ve had the chance or the mishap to encounter. Electoral colleges, judiciaries, families, universities. Today, especially today, especially in the context of the last presidential election in the United States, of the Senate confirmation hearings that have followed Donald Trump’s inauguration; in the context of Brexit, of the crisis of the project of the European Union; in the context of a University-institution in crisis also: today the “curse” of institutional defectivity is glaringly with us. Indeed it’s hard to think of an “institution” that is not gravely defective, or weak, or misformed. The inverse exercise—offering for you, say, the provocation of the title or the concept “Effective institutions,” or “Strong institutions,” or “Working institutions” or even “charismatic institutions”—is likely to produce few such—few will “come to mind,” to use Dostoevski’s phrase. Whether in fact what we generally call “institutions” are more subject to defect today than they were (for instance) twenty years ago; or more subject to defect here, more defective here, for instance in the United States, than elsewhere, for example in France or the Netherlands—we’ll agree, maybe, that today institutions are represented as being more defective than at many other times and places. Take this remarkable proposal by the political theorist Corey Robin, recently published in the journals Jacobin and the Guardian: “[T]he worst, most terrible things that the United States has done have almost never happened through an assault on American institutions; they’ve always happened through American institutions and practices. These are the elements of the American polity that have offered especially potent tools and instruments of intimidation and coercion: federalism, the separation of powers, social pluralism and the rule of law.” Thus Corey Robin. He does not say so but we may infer that a commitment to the converse of this proposition has enabled “the worst, most terrible things that the United States has done” historically, and that this commitment will enable the United States to do further terrible thing in the next years. The strong “American institutions” serving to make concrete political concepts like federalism or the separation of powers will always and as a matter of course resist the assault of skewed, partial or totalitarian agendas or personalities because of their strength—a commitment to this notion has enabled, and will enable, the worst. Because institutions are believed to be strong, because these institutions suffer only minor defects of execution rather than disabling defects of structure, they have historically “offered especially potent tools and instruments of intimidation.”

What counts as a “defective” institution? We make judgments regarding the value, coherence, strength and utility of devices and institutions in different ways historically—ways conditioned by what “making judgements” means socially, for whom, and under what conditions. Today, for instance, I buy a car or a blender. I have in mind something I want it for—I want my car for getting to work, my blender for making soup. If one or the other doesn’t work to that end I’ll say it’s “defective,” a lemon, broken. I trade it in for another that’ll do the trick. An intentional structure is presumed: I have in mind this end for that device. We can be more or less loose with this conception, but its structure seems irreducible. Let’s say, to be a little looser in my “making judgments,” let’s say I buy a car and I have in mind more than one end—the car gets me to work, but alas it doesn’t serve the other end I intended, openly or perhaps even secretly, secretly even for myself—I wanted a car that would help me do what the advertising campain for this car also promises, find a glamorous partner and breeze down coastal highways romantically. My Volkswagen Jetta is perfectly good at one thing, but perfectly useless at the other. I won’t say it’s “defective,” since it gets me to work; I’ll say it’s disappointing, since it doesn’t also get me a glamorous romantic partner. And now let’s say that my therapist gets me, hours into expensive analysis, to disclose to myself why it is that my car, while not defective, still disappoints me. I had another unacknowledged end in mind for the device, and it’s not working to that end. An intentional structure, even if my intention is or has been secret, still shapes my judgment. Our judgments about cars and blenders are, to use Kant’s lexicon, teleological.

Are institutions to be understood in that way today? For not all judgments are of this sort, and not all objects of judgment are like blenders or cars: some, for instance, are like polar bears or white bears, or the color yellow, or a sunset. But institutions, today, are much more like blenders or cars than they are like bears or sunsets or poems. They have ends and they have use-values.  For Corey Robin, political institutions in the United States have two sorts of ends and use-values. Political institutions serve to give shape to the political concepts or fantasies at the heart of the modern secular state– federalism, the separation of powers, social pluralism and the rule of law. They also, as he says, “offer[] especially potent tools and instruments of intimidation and coercion.” This latter may not be an explicit end of these institutions, any more than my desire for hooking a romantic partner is when I buy a useful car, but for some it can become so, and in any event when the astute therapist or philosophical diagnostician of current political disappointments reveals the secret, my secret, the institutions’ secret, then political institutions can be held to the implicit end of producing coercion and intimidation, and found to be disappointingly wanting or excitingly effective. We might say that institutions today are the political form of use-value, and our judgments regarding the effectiveness, strength, utility and so on of institutions are not just teleological and technical, they are nakedly expressed in the language of political economy, of efficiencies, of excellences, of outcomes, customer-relations, and so on.

Is there an alternative? Are there ways of conceiving institutions that do not subject their concept, and judgments about their structure, value, effectiveness, etc., to the logics of the intentional structure, the teleological judgment, or the technical a priori? For Kant one answer lies in aesthetic judgments—judgments that are purposive without having purposes, and which we form with regard to natural objects (a towering cliff, a beautiful sunset, a polar bear) and (slightly differently) with regard to manufactured objects that we agree to call aesthetic because they have no technical function—works of art, the dome of St. Peter’s (which has a function, of course, but which we do not admire for its function), or even something like a mathematical proof. That’s not the direction I’m going to take, though my alternative does bear comparison to moments in Kant’s Third Critique. I want instead to make an argument for conceiving institutions as modal objects—possible, necessary, contingent; and for making judgments about them in those terms.[1]

I’ll turn now to my example: the University-institution.

I start from the observation that the pastoral conception of the modern University-institution, as a conforming, converting, and translating machine, has exhausted its analytic interest and its political possibilities. In the age of its global reproducibility, the University-institution is a machine intended to re-produce the unity of capitalist relations. Or to put it differently. In the age of its global reproducibility, in the age in which the conception of “universality” tied to the ancient notion of the “University-institution” has become expressible primarily in the lexicon of economic and technological “globality,” the University-institution devolves into a conforming, converting, and translating machine. It fulfills its old destiny as the institution devoted to the production and reproduction of the one: its absolutization, to use a word from the French philosopher Quentin Meillassoux. One market of markets; one global economic value-system; one language, tendentially.[i]

I offer two diagnostic propositions, with a view not to mourning the passing of the University-institution-form that we have known since Kant, but to imagining its possible successor. First: the intellectual project of the possible University-institution, of the University-institution as a modal object, is the absolutization of what is not-one, and such absolutization is the technical means that the possible University-institution should aspire to develop and employ in its pedagogy and in its institutional structure. “Disciplines” in the possible University-institution will be absolutist machines: techniques for the identification, the description, the abstraction and the production of the not-one. But second, and now stressing the modifying term, the term “possible.” The project and the means of the possible University-institution is the modalization of the one. To say this is to acknowledge the persistence of unitary thought, which is to say, the irreducibility in thought of the principle of identity: this is this, a University-institution is a University-institution, violence is violence, God is God. I’ll have more to say about these tautological expressions in a moment, but for now let’s draw attention to their fundamentally rhythmic structure. Tautology is the first rhyme, inasmuch as tautological propositions, which is to say propositions constitutive of any disciplinary knowledge, take as subject and predicate the same entity. The modalization of this sort of propositional rhythm is, minimally, what the Algerian-French philosopher Jacques Derrida designates by the term espacement: the acknowledgment of the difference-différance that structures the irreducible rhythm of the presentation of the one.

I hang the future of the possible University-institution, then, on two distinct pegs, and on the procedures, techniques, and lexicons that we can develop for maintaining a commitment to both: on one hand, a procedure or a technique of absolutization, of abstraction and conceptualization, though our goal is not the absolutization of the identical, but of the not-one or the non-identical; and on the other hand a procedure or a technique of modalization, that is, a procedure or a technique of re-translating the grammar of propositions into their modal components, decomposing them into rhythms, and into the different orders of necessity, contingency and possibility that affect the structure of our affirmations regarding our objects of interest, study and valuation. None of these classic terms is itself one or simple. The necessities of force and coercion are not of the same order as the necessities we associate with logical or propositional form; the vectors of contingency are formal as well as historical and aleatory. (The distinction I am drawing is in this way at least different from the old distinction between analytic and synthetic propositions.) Possibility is potentia, and thus always in principle actualizable—a possible University-institution will always be one that may be wrought or produced. But a radically modal University-institution will never be an entelechy: the very possibility of this or that sort of University-institution excludes in this sense its coming into actuality, as an institution at a time and with a purpose. A proposition like “In the age of its global reproducibility, the University-institution re-produces the unity of capitalist relations” is subject, under this regime, to modalization: its necessities are made manifest; its contingencies; and its possibilities as well.

If we are devoted to imagining and constituting a University-institution that hangs between these two requirements, the requirement of the absolutization of the not-one and of the not-identical, and the requirement of the modalization of its forms of knowing and expression, we must negotiate two positions. On one hand, the critique of principial institutional politics, of any institutional politics that sits on principles. On the other hand, the intuition that institutions are the place in which animal singularities encounter one another and notions of the common are made available to these animal singularities, whether in the form of thought or in the form of experience. The repetition, the repeated performance, of the primal violence of the University-institution’s foundation works, or can work, like or as a non-principial “principle” to give shape and rhythm, that is, to give the minimal identity that is signaled by the abstract notion of repetition, to the institution we call the University-institution. To the degree that the University-institution produces, in the “proper sphere of ‘understanding,’ language” (these are Walter Benjamin’s words, in the essay on “Critique of Violence”), violent thought concerning the violence of its institution, it can or may become the institutional frame for the production of commonalities, as thought or as experience. “Violent thought” is thought committed to, that is, committed to performing rhythmically, in the “proper sphere of ‘understanding,’ language,” the exercises and recursive iterations of the twin forms of absolutization and modalization. I offer you today, very briefly, two names for this “violent thought,” this violent performance: “relation” and “translation.” It is the possible University-institution’s first obligation to think and to perform, that is, to remember, guard, and reproduce in its non-limiting condition, this enduring, repeatable violence: inasmuch as it can be made and shown to inhabit the “proper sphere of ‘understanding,’ language.”

This is fine. Let me tether this fairly abstract polemic to a text, Derrida’s essay “Unconditionality or sovereignty: The University at the Frontiers of Europe.” “Unconditionality or sovereignty” was read at Derrida’s investiture with the degree of doctor honoris causa by Pantion University in Athens, on June 3, 1999. Both the date and the location are important, for a number of reasons—both as the particular frame for Derrida’s comments, and as the mark of a sort of tense, even polemical push and pull between an unconditional claim or the claim of unconditionality that will characterize what the University-institution symbolizes or “what the University-institution represents,” and the conditions of the enunciation of that claim. Derrida’s lecture takes place during NATO’s air campaign against forces of the Federal Republic of Yugoslavia, during the Kosovo war. The war witnessed and experienced from the perspective of the country at the frontier of Europe or of the European Union, a war within the frontiers of Europe, another European war which is also, Derrida says, an unrecognized or unacknowledged world war, inasmuch as NATO imagines itself to be a global organization. Derrida’s lecture takes place at a time when Greece’s neighbor and old foe Turkey has made application for accession to the European Union—and when that application is in debate, determined and overdetermined by the —the vote to recognize Turkey as a candidate for full membership coming later that year, in December 1999. Finally, it takes place in, and takes as its topic, the University-institution, “l’université aux frontieres de l’Europe,” a tag that could serve to designate the conditioning location and circumstances of the address, at Pantion University in Athens, this particular University-institution on Europe’s Southeastern frontier on a day in June of a certain year, and also an implicit assertion: the University-institution, that concept or collection of concepts, whatever it is now or can be in the future, the University-institution is to be found where “Europe,” whatever it represents, faces and touches upon what is foreign, strange, alien, Xenon, to it.

The essay’s cluster of topics—the frontier, the University-institution, Europe, sovereignty, unconditionality, what constitutes “thinking,” what constitutes “dissidence”—is unusually tightly knit, and in some ways unremarkable. Derrida proceeds in three great steps.   He opens aligning the concept of the frontier with that of the front, forehead, or face—and ties the latter to what will become a conception of politics tied to place, to location. Can we, the essay then asks, prevent the frontier from becoming such a front—that is, can difference (national, ethnic, religious, generic difference) be kept from becoming a face-to-face grounded in a conception of autonomous national sovereignty rooted in the earth and in the face, in particular in my own face, in my own singular and self-identical face, with which I face and answer to the other who speaks to me in a voice I lent him, as Socrates speaks to the laws in the prosopopoeia of the Crito to which Derrida returns throughout the essay?

In the University-institution the conversion or translation of frontier into “face” or into a face-to-face can happen (it is not guaranteed to happen; it will never happen necessarily), on the condition that we understand what it is to think in the University-institution—what the structure of thought as well as the proper object of thought is in the University-institution.

Derrida devotes the second part of the essay to sketching out what thinking might mean in this context, in the University-institution.   His approach is lateral, and concerns the relation between unconditionality and sovereignty. In some ways this is the least controversial section of the essay: in each of its two principal subsections, the definition of unconditioned thought in the University-institution and the description and genealogy of sovereignty, Derrida is on rather familiar ground. It is only when he sets out, as he puts it, to “contest” the “troubling, seductive but deceptive analogy” between the one and the other, between the exercise of the unconditional right to question, and the classic, theologico-political sovereign right of autonomous decision, that this section of “Unconditionality or Sovereignty” becomes truly strange. As to the first, the description of the place of unconditioned thought in the University-institution: Derrida describes the place occupied by the University-institution in the European imaginary and history—a place where unconditioned inquiry should flourish, the capacity to question everything, including the question—with a view to its public expression, experiencing, and testing—terms covered by the French experience, which I’ll return to in a moment. The University-institution supposes an unconditional right to the truth, or rather the unconditional right to pose necessary questions in regard to the history and the value of truth (the value of a truth-statement), of value, of what is human. One imagines at this stage the frontiers of the University-institution to be identical with the frontiers of a certain degree of liberty, frontiers or walls, ivory towers, within which speech is exercised feely, to the irritation or entire disinterest of a surrounding, immunized society. The protected place, its lexicon, the set of injunctions and liberties gathered in the concept of the University-institution, Derrida says, all come, or almost all, from Greece, from the Greek city, the polis—and thus, he says, it is fitting that he should be returning to Greece, to the Greek city, speaking back to Greece, words he learns from Greece, concepts derived from the Greek, just as Socrates speaks back, acquiescently, to the Laws that address him in the voice that he gives them, in the Crito. The University-institution conceived in these terms turns out to be protected by the walls of the city-state; its politics is local, autochthonous, civic; the stranger, to xenos, enters the city as such, identified by the city’s laws, given the voice of the stranger that the city proper decides for him. Socrates’ acquiescence to the address and injunctions of the laws to which he himself has given speech is an emphatic allegory of the protected narcissism to which this concept of the University-institution, the merely auto-political lexicon of the enclosed unconditionality of University-institution speech, seems destined. My commitment to truth is unconditional because it is sheltered behind the walls of an established state of affairs: it is an unconditionality on the condition that what counts as strange, alien, xenos speak in my language, in my tongue.

It is on this view of unconditionality that the analogy to classical sovereignty hangs. To exercise the freedom to question under these circumstances looks a lot like the exercise of autonomous decision by the sovereign subject, who is able to act freely either because the consequences of the act stand before him to be calculated or reckoned imaginatively, or because he can propose for himself rules to be followed categorically and in the absence of any calculation of consequences. Both forms of autonomy—consequentialist and deontological—flow from the same theologico-political stream as modern, apparently secularized state-sovereignty—including, Derrida quite polemically argues, the apparently distributed, secular sovereignty of the Rousseaunian general will, which seems to underlie the modern democratic state form. Bodinian, indivisible sovereignty haunts even meta-national sovereign institutions and claims to meta-national sovereignty, Europe being one, NATO another. Concepts like the “rights of man” or “universal human rights,” and meta-national institutions such as the “international tribunal” at The Hague are haunted and partly enabled by this same auto-affective conception of sovereign subjectivity.   The unconditionality of the University-institution is sovereign in and for the domain of the University-institution; sovereignty of this sort is unconditioned inasmuch as nothing lies outside of its walls, so long as here is nothing beyond the purchase, lexicon, the prosopopoeia of the subject or of the state.

            All this lexicon, all these injunctions flow from Greece, Derrida says—or not all, not quite; or rather, all that flows from Greece and something else as well: a parasite, foreign but intimate, attached to the lexicon of philosophy, a surplus or a deficit that isn’t calculable in quite way that the facing symmetries of the unconditional University-institution and the sovereign subject-state are. And it is to this, Derrida says, that the unconditionality of the University-institution must turn its thought, if frontier is to be kept from becoming face-to-face. This something else, this almost nothing, marks the difference in the narcissistic circuit binding the contemporary speaker to the genealogical source on which he casts his voice, only to answer it. Presque rien: almost nothing marks the difference and adds a frontier between Derrida’s speech and the Greek, between the conditions of the present enunciation and the ideal of the University-institution, between nomos and physis one might say. Derrida is very clear about what this almost nothing is, and about the conditions in which it is to be accomplished. Here the words are “tenter,” “experience,” “debattre,” “patience,” “rigeur inflexible.”   What is attempted in the University-institution, as a form of debate, patiently, with inflexible rigor, is indeed a sort of thought, it is a sort of thought that questions the genealogy, history and the concept of sovereignty, but what sort of thought exactly is not yet clear. Here Peggy Kamuf’s excellent translation seems to me to go symptomatically off track. Derrida has been talking about thought within the University-institution (he has not yet set up or dismantled the analogy to sovereign decision) and he provides a definition of thought that has in it, dare I say, a foreign element that English has trouble recognizing as foreign. Here is the French: “Et justement ce que j’appelle ainsi ‘pensée’, c’est ce qui correspond à cette exigence inconditionnelle. La pensée n’est rien d’autre, me semble t-il, que cette expérience de l’inconditionnalité, elle n’est rien sans l’affirmation de cette exigence: questionner sur tout, y compris sur la valeur de la question.” The tricky concept here is what Derrida calls l’expérience de l’inconditionnalité, and which Kamuf translates, almost necessarily, as the “experience of inconditionality.” “Thought” is just that—the subject’s experience or experiencing of unconditionality, and we understand “experience” in all its quasi-mystical overtones. Yes, “thought” is an “experience,” there is a phenomenology of thought, and since any phenomenology is in every way conditioned, then we can come to understand thought, taken as the experience of unconditionality, in and as the contradiction between the conditioned experience and the object we experience, the unconditional: think of the aesthetic experience; this is something like the sublime exposure of a naked thought thought nakedly, a green thought in a green shade. We experience unconditionality.

But Derrida’s French offers also something more: expérience is also a bit more active. We don’t just experience: we experiment. In its immediate, secondary senses, the word expérience means, as Littré’s dictionary tells us, “Tentative pour reconnaître comment une chose se passe,” the effort or the trial, the assay, made to recognize how something works or happens: an experiment, in physics, chemistry, or in physiology, Littré says. “Expérience” is, in fact, synonymous at times with “experimental method”: “Expérience, se dit quelquefois absolument pour méthode expérimentale, connaissance à posteriori par l’observation des faits.” We don’t just experience “unconditionality” in our thought-exposure: we put unconditionality to the test in the University-institution, we experiment it and with it.   Thinking this way means seeing what unconditionality will do, under certain conditions and to certain ends. Thought as the experience of unconditionality in this special, additional and rather foreign sense means not only remarking the sublime experience of the naked University-institution without conditions, but also bringing the unconditional out of the sublime condition of the city and into contact with what is foreign to the city, to the University-institution—or allowing, inviting, what is truly foreign, what is on its face untranslatable, to xenon, into the city.

Here we rejoin Derrida’s strong, extraordinary claim that we now live in an era where the political, le politique, “no longer has a place… it no longer has a stable and essential topos.” This u-topic politics is the politics beyond the closure of the University-institution made possible by the sort of thought that we undertake when we experience and experiment with and upon, when we put to the test of the extra-mural, when we put to the test of the ultramontane or of the frontier, the unconditionality of thought. But what does this mean, and how do we take it on?

Here we enter into the last, and to my mind the least satisfactory aspect of Derrida’s essay—though I’ll have a bit to say, in conclusion, about an additional dimension of the essay as a whole that seems to me to provide a performative enactment of this concluding section, in a perhaps more satisfactory way. The solution Derrida seems to offer flows from a distinction between what is proper to both the sovereign (the state, the individual) and the enclosed and autopoetic University-institution imagined in its shape: power, pouvoir; and on the other side, on the side of that “experience de l’inconditionnalité,” what Derrida calls force, a word only slightly different after all from “pouvoir,” a presque rien of difference that makes all the difference. The dissidence of thought in the University-institution, thought conceived as the “experience of the unconditional” in the specific sense I’ve suggested, this dissidence amounts to an “affirmation without power but without weakness. Without power but not without force.” The lexicon is familiar: patience, rigor, attempts, inflexibility, hospitality, the multiplication of frontiers.   We might as well, almost but not quite, be back in the preserve of what Lacan called “l’universitas litterarum de toujours,” the same-old, same-old injunction to academics to pursue truth on their own time.

This is likely to seem an inadequate response to war and catastrophe, to the urgent conditions under which Derrida is uttering his address on “Unconditionality or sovereignty” at Pantion University in 1999. There’s something more going here, though. In conclusion, let’s look briefly at a way in which Derrida enacts, in the course of “Unconditionality or sovereignty,” the violent “experience” of unconditionality in both of the dominant senses of the term I’ve been outlining. I want to draw your attention in closing to a series of gestures, as it were counter-prosopopoeias, in which Derrida solicits the voices of strangers, where he seeks, as he says, “to let other speak, living or dead, and other laws.” Yes, he’s been making Socrates say what Socrates manifestly does not say, out of an act of faith in him—smuggling the parasite of indocility and dissidence into Socrates’ relation to the voice of the laws. And yes, Derrida has brought the voices, conditions, the facts of the living and the dead in Kosovo before his audience. But he also returns a number of times to this formulation, which we find first at the essay’s opening, in the captatio benevolentia in which he says to his distinguished audience that if he were to treat the receipt of the degree offered him as a mere formality he would be injuring the gravity of the present moment, “as well as those who, not far from us, are suffering from them sometimes to point of death,” je ferais injure a la gravité des temps présents, comme à ceux et à celles qui, non loin de nous, en souffrent parfois à mort.” Non loin de nous: not far from us, but just where? How do we calculate this distance? Who peoples it, what spaces, what frontiers are crossed in bringing these men and women before us? The trope recurs: “Il y a encore, non loin de l’Europe, et autour du basin Mediterranéen, tout pres d’ici, tant de peuples, opprimés et reprimés…” and “Ladite purification,” this ethnic cleansing, “se poursuit non loin d’ici, vous le savez bien, selon d’autres voies et d’autres rhythmes.”   These are not just the marks of a decorous or prudish discipline, the polite disinclination to upset the hosts by speaking out of turn about matters too delicate for public discourse. Derrida’s preteritions call up the absent, but without giving them a name or a face: they are counter-prosopopoeias, inasmuch as they solicit the dead and the absent without determining their contours or giving them proper names, proper voices cast upon them for us to recognize ourselves in: for each of us, for each of the “nous” assembled as and at the conditioning audience, “vous le savez bien,” for those who know and those who, not knowing, are reminded that they too should already know, they are brought across the frontier, without faces. Palestine, the Kurdish population in Turkey, Cyprus, Macedonia, each subject’s peculiar ghosts as well as those great national ones, brought before Derrida’s discourse as the pronouns “nous” and “vous” assemble his audience and accuse it, without giving it a face. “Try not to think of a polar bear,” try not to think of what is happening “tout pres d’ici, tant de peuples, opprimés et reprimés…”, try not to think of what’s happening across the wall, the border: “you will see that the cursed thing will come to mind every minute.” This, it seems to me, is how Derrida stages for us, without quite defining it, almost defining it but not quite, the thought proper to the University-institution—thought committed to a revised principle of identity and a strong, practical, even empirical, even empiricist project of modalization—of possibilities become necessities, of necessities become contingent, of contingency become possible. Derrida engages to force dissidence upon his listeners—as every University-institution not exhausted today must also do; he engages to force the marking and crossing of the University-institution’s frontiers: Derrida requires his audience, and us, to experience, to test out, the inconditionality of thought upon and in the claims made upon sovereign subjectivity by the conditioning specters he evokes on the frontiers of Europe.

Let’s approach the matter in hand with the work of the Jesuit philosopher and theologian Stanislas Breton, a thinker a generation younger than Walter Benjamin. Breton’s extraordinarily rich essay, “Dieu est Dieu: Sur la violence des propositions tautologiques,” of 1989, shows how the form of the proposition “Dieu est Dieu” on which monotheism stands is indeed inhabited by violence (as are, Breton marvelously suggests, three of the great principles of Western logic, thought broadly as the primary mode of articulation of reason, logos, or speech/thought, that Benjaminian “proper sphere of ‘understanding,’ language”: the principles of identity; of non-contradiction; and of sufficient reason). The form of the proposition “Dieu est Dieu” on which monotheism stands is inhabited by violence, then, but so, in a general sense, would any tautological propositions be inhabited by violence, including the propositions “violence is violence” and “The University-institution is the University-institution,” which you heard me offer a bit ago, or the proposition, “It is what it is.”

The claim can be made a little less broadly. Academic disciplines (though in principle we could show this proposition to be true for any corporate entity and of any coherent set of protocols, that is, any discipline, destined to produce an object, of any sort, from which it takes its value)—academic disciplines rest, tendentially, on just such tautological propositions. The rhythm of their identity is measured out in reference to these propositions. The techniques and the subject-matter we teach, what our students learn, the things we and they handle and the objects of knowledge we and they produce—inasmuch as these things and objects are identifiably the effects of our discipline, they also affirm our discipline’s identity, and its value as a mechanism for producing such things and objects. Philosophy is philosophy, our tautological disciplinary proposition runs, inasmuch as it produces for inspection objects that are deemed to be, and can be consumed as, examples of a philosophical formation. In the academy we thus remark an uneasy reciprocity between the circulation and the processes of valuation and relating of academic things (of things, object, and matter in the academic context), and what the British researchers Roger Brown and Helen Carasso recently called “the Marketisation” of higher education. The thing-as-datum not only marks the finitude of the human animal, it provides homo academicus and his brethren with value tradable across markets and languages, and it transforms the University-institution into a cloistered factory for the production of globally-tradable, translatable information-commodities. Brown and Carasso’s study focuses on the UK; the comparable work reflecting on the development of the modern University-institution in the United States (and globally) is Bill Readings’ The University in Ruins. Readings tracks the effects of the use of the vacuous criterion of “excellence” in assessing research and teaching outcomes. Here is how he describes the state of affairs: “[E]xcellence serves as the unit of currency within a closed field… a purely internal unit of value that effectively brackets all questions of reference or function, thus creating an internal market. Henceforth,” Readings concludes, “the question of the University-institution is only a question of relative value-for-money, the question posed to a student who is situated entirely as a consumer, rather than as someone who wants to think.”16 “As an integrating principle,” he maintains, “excellence has the singular advantage of being entirely meaningless, or to put it more precisely, non-referential” (22). Disciplines, especially those that took shape in funding regimes inspired in one version of the Cold War (Title VI programs, comparativist disciplines imagined as attending to cosmopolitan rather than narrowly national concerns, the modern humanities), find their standing in the University-institution in question when they appear to fail the test of non-referentiality. This failure might take one of two shapes, and each would be violent in its way. A discipline might fail to satisfy the conditions of “excellence” by seeking to link the free-floating commodity-form of the University-institution to some object or state of affairs outside of it (that is, by producing an object of knowledge that “refers” to an actually-existing object or state of affairs outside the closure of the discipline). Let’s call this the transcendent failure of the University-institution. The value of the “discipline” is then dependent on something it does not produce; the closure of the University-institution is threatened, but only to the degree that this “outside” cannot be reincorporate within the closure of the University-institution—cannot become the object-of-study for a future, notional discipline. And this inflation of disciplines is just what we see occurring, around the globe. The University-institution is a capturing device, a translating device, I said—so a transcendent failure, based in the critique of the reflexive University-institution value-form, will not do the trick.

But a discipline might fail the test of non-referentiality in a second way. A discipline might produce, within the strangely self-referential value system that Readings imagines the University-institution to have become, excesses or lacks of reference—spots where the closure of the University-institution discourse is threatened from within. (In this case, we would say that the discipline produces “objects” which cannot, and could not, be valued in the terms given by other disciplines—it is an object analytically excessive or defective with respect to them, or both). We’ll call this a sort of immanent failure of the disciplinary machine

Let’s try to understand a little more clearly what it might take to produce this double failure, immanent as well as transcendent, within the University-institution, by submitting disciplines built on tautological bases to “translation” and “relation’s” absolutization of the not-one; to the modalization of foundational propositions regarding the University-institution. A University-institution is a University-institution, except that the objects of study the University-institution produces, its most intimate result and the condition of its self-intelligibility and of its market value, no longer fall either within the scope of the University-institution, nor without it. They are, in sum, tautological propositions in a sense unlike the sort to which we are accustomed—the sort that underlie the principles of identity; of non-contradiction; and of sufficient reason. “Dieu est Dieu” offers Breton another gloss on tautology, as this new version that I am offering, “The University-institution is the University-institution,” offers us another, im- pastoral gloss that leads to what Breton calls “a new imperative: ‘Stop nowhere!’, for He gives you movement in order ‘always to go beyond.’” “’God is God,’” Breton writes.

The essential thing here is not to condemn images: rather, to multiply them to infinity, so none of them, fascinating us, succeeds in seducing us. The person of faith resembles a sort of Don Juan, on the search for the eternal feminine. Searching for the eternal divine, he reads in this tautology a new imperative: ‘Stop nowhere!’, for He gives you movement in order ‘always to go beyond.’ ‘One has to stop somewhere,’ we often say: this is, though, an axiom of laziness, as every cliché [évidence] is.” (139)

This imperative, Breton says, describes the form of thinking that he would like to choose—never to allow one function of the tautology of propositions to seduce him, thus allowing him to choose mercy over violence, Pauline humanism over the fundamentalism of the Unique Law. This, he says, is what he would like—and this would be the story of the Enlightened University-institution, which passes from the theologico-political violence of tautological propositions to the softer violence of instrumental or ancillary pedagogy, always leading-beyond itself, as the Augustinian sign always leads beyond itself toward an ultimate, grounding and transcendent sign. But Breton is too careful and too radical a philosopher and a theologian to accept this pedagogical, pastoral alternative, and the defective University-institution I imagine, and the disciplines that I imagine in and for it, should be no less radical. Breton closes the essay saying that he has no way of choosing between formally identical tautologies—which is a way of saying that he’s located in thought, in Logos, the violence of the choice between tautologies: there is no sphere of thought untouched by violence. Thought, the thought that Breton discloses for us, the thought of the language of the defective University-institution, the thought that the defective institution turns on in order to “understand,” to express, to translate, and also to guard the violence of its theologico-political foundation: this thought is violence, and, much more troublingly, this violence is thought.

 

[1] very much imagined as we would imagine judging the blender or the car. To make institutions “effective” again, or “strong” again, or “working,” again, is to

Formalize notion of defective institution.

Negation. Use/mention. I can say, When I go to the zoo I’m particularly scared by the polar bears, and in all probability white bears will not come to mind—just the sense that I’m a bit of a coward, or a proper indignation that I’m a fan of zoos, or some such. Defect in the concept of concept.

Difference between “a polar bear” and “a defective institution.” Representatio communis of the first, but of the second?

[i] As a preliminary to recovering the unconverted violence of the University-institution’s foundational moments, without falling into the romantic-heroic notion that this violence cannot be converted into a pedagogical object, for consumption and global reproduction, we should be clear what it is that we are rejecting—what the pastoral, ancillary University-institution was.

Moral Outrage. By Alejandro Moreiras.

Someone recently posted a meme of Hitler with the words “What Hitler Got Right” big and bold at the top, and below a quote attributed (falsely?) to Mein Kampf that basically states that American Jews are and have been the main exploiters of black Americans.

This facebook page saw hundreds of comments, several of them mine, in a matter of hours (certainly not viral, but in the echo chamber of my small circle of acquaintances, that number counted as something of note). People appalled or applauding had a surprising range of emotional relationships to the meme, both in support and opposition; tacit, indirect, and outright; from pride to shock, disappointment to disbelief; from ‘how could this be posted?’ to ‘how can you not understand why this is posted?’

There are many conversations to be had about these memes designed to spark moral outrage and the dialogues that ensue. Trolling loosely defined is now as benign as responding, and the concept of social media is lost. Our use of twitter and facebook, etc, transcended the social years ago and we currently find ourselves rooted in the entirety of media—in the umbrella sense of the term; one that includes everything, or at least includes the middle of everything and points to a new prime mover of the American body politic.

From alternate facts to alternate rights, republicults and deplorables, arise familiar vocabularies of the new middle media, words that act as ambassadors to every day feeds, signifiers of a much more personalized, polarized, and partisan cyberspace.

But its effects are also felt on land; there are physical and physiological interactions with this media; the news in the middle of everything, perpetually humming in our pockets and beeping on our screens. Sharing is taking the place of speaking, a phenomenon that challenges writing, and transforms reading into an externalized act. There is a paradigm shift of sorts going on, and no one has a handle on it.

These conversations are important. For example, in the anecdote above, the meme where Hitler is used as an expert to make an unabashedly antisemitic point, there is nevertheless a nod to an understudied side of American history. As James Baldwin wrote: “Negroes are anti-Semitic because they are anti-white.” The implication being that there are cases, many even, of Jews, as assimilated whites, exploiting a black underclass.

There certainly are these histories; one can easily point to figures in the early modern trans-Atlantic slave trade, to the modern entertainment industry, and to anywhere else one cares to look, that would fit the bill of being Jewish and exploiter. This meme, interpreting it as liberally as possible is meant as a boisterous rebellion against a perceived hegemonic history and culture that has included American Jews as whites but has excluded black Americans.

But it fails to consider that it reduces black suffering by explaining it through antisemitism, a form of scapegoating almost as old as history; fails to consider the strong Jewish representation in the civil rights era of the mid-twentieth century; fails to consider that Jews were relegated to the merchant and entertainment industries as a result of being frozen out of nearly everything else;  fails to consider that the majority of the world’s Jews are brown-skinned and poor, and many are black, too, and most white Jews do not enjoy upper or even middle-class status, etc.

The meme is deeply divisive, polarizing, manifestly antisemitic—and, perhaps more to the point does not lead to any kind of productive dialogue between what quickly metastasizes into two opposing camps (those opposed and those in favor). It is designed for reaction and reactionaries.

Another underexplored point to make here is that there is a long history of the American countercultural left appropriating fascist and Nazi images and postures. One need only turn to Kerouac’s antisemitism; beatnik and hippie affinity for future, leather and motorcycles; the Surfer’s Cross; Malcolm X’s speech to American Nazi Party founder George Lincoln Rockwell in 1961, at the end of which Rockwell donated financially to the NOI; David Bowie’s love affair with fascism and strong man nationalism in the 1970s; and on and on. Indeed, there are many examples of leftwing affinity for elements of fascism and National Socialism, both aesthetically and ideologically; and I’d even argue that until the recent Trump/Bannon phenomenon and the upending of an American political tradition stretching back to the beginning of the postwar era, were largely confined to left-wing and libertarian circles, and to cultures outside of the conservative norm.

These could be enlightening conversations. But the memed conversations of late are worrisome. Details are lost, generalizations are broad, and thought is reduced to emotion.

Moral outrage is a paved road to hell.

Una pregunta sobre Vistalegre desde el republicanismo salvaje de Jacques Lezra. Por Alberto Moreiras.

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Desde la perspectiva que trato de exponer y que, si la entendí bien, es la de Jacques Lezra (pero no quiero adjudicarle a él lo que puede contener errores de interpretación míos), ¿queremos unidad o queremos, precisamente, escisión en Podemos? Es decir, ¿no es la diferencia entre Errejón e Iglesias una versión de la diferencia entre aquellos que buscan una relación traductiva con lo intratable (Errejón) y los que quieren eludirla a través de una específica demonización del enemigo (Iglesias)? ¿No son incompatibles?

Jacques, gracias por tu visita, y gracias por tu seminario sobre intraducibilidad y por tu conferencia sobre instituciones defectivas (Texas A&M, 9 y 10 de febrero, 2017).   Lo que tú planteaste, en el contexto de lo que has llamado “republicanismo salvaje,” tiene ahora que discutirse entre nosotros. Me gustaría avanzar un resumen, posiblemente inadecuado o inexacto, de lo que dijiste, así que lo planteo como resumen abierto, para que corrijas todo lo que creas necesario.

Esto es lo que yo te oí decir: La incondicionalidad debe ponerse a prueba, pues mucho de lo que es incondicional lo es desde presupuestos de soberanía que son etnocéntricos, es decir, eurocéntricos o simplemente dependientes de ideologías sociales de larga duración. Poniéndola a prueba, poniendo a prueba, por ejemplo, la incondicionalidad de la institución, amenazándola o sometiéndola a su propia facticidad, uno trasciende esa institución, digamos, la universidad, o la democracia liberal efectivamente constituida, y se encuentra en su límite, quizás no completamente extra muros, pero todavía en el lugar de la destrucción inmanente que abre el agujero en su centro, su defecto constitutivo. Tal defecto es un espacio liminal ni extra muros ni intra muros. Este limen extraordinario, una forma de otredad, una forma de relación traductiva con la otredad, es la catástrofe de lo que podríamos llamar el primer giro de la deconstrucción política, o la politicidad del primer giro de la deconstrucción. No podemos simplemente terminar en la otredad, en la experiencia de la otredad. Dices que, ante tal catástrofe, el juego no puede ser un juego de reconocimiento, sino más bien de no-reconocimiento, en su intratabilidad, en la intratabilidad de lo que aparece en el defecto de la institución. El republicanismo salvaje es una relación (in)traductiva con lo intratable. Mi pregunta, en la sesión de preguntas, fue: ¿no es ese todavía un republicanismo del despertar traumático ante el rostro de la otredad, aunque lo otro sea ahora monstruoso, ya no solo “las viudas y los huérfanos,” lo subalterno, ya no solo el vecino, el prójimo, ahora concebido como horror?

Si el republicanismo salvaje es una relación (in)traductiva con lo intratable, esto es, una relación con el monstruo (la casta, por ejemplo, el sistema, la administración, etc.), solo el monstruo puede orientar y organizar el conflicto democrático. Si la política, en su variedad republicanista-salvaje, acepta la intratabilidad como punto de partida, entonces la política es el lugar de una huida sin fin—la huida o el evitamiento serían la forma democrática del conflicto. Sí, esto complica y desfigura el entendimiento schmittiano. Ya no amigo-enemigo, ya no la relación de enemistad, sino más bien la relación entre amigo y no-amigo constituye el lugar primario de la praxis política, y los amigos son los que evitan y huyen de la no-amistad del otro. Se trata de una extraña figura de lo político, lo cual la hace por supuesto muy interesante. Espero no haberme equivocado mucho, pero en cualquier caso permite o fuerza a pensar la pregunta de arriba.

Errejón apostaría, a pesar de todo, por una relación (in)traductiva con lo intratable, buscaría relación con lo intratable, haría de la relación con lo intratable el eje mismo de su propuesta política-desde el antagonismo inclusivo que define amigos y no-amigos.  Iglesias apostaría-aquí no hay “a pesar de todo,” es una apuesta explícita-por no reconocer lo intratable como tal, sino más bien por someterlo a su posición de enemigo.

 

 

Podemos y la construcción de paz. Por Jorge Gaupp.

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Hace poco Nuria Alabao hablaba de la “cultura política de guerra en Podemos” [1]. Lo contrario es, inevitablemente, una cultura política de paz. Pero prácticamente nadie del Podemos dirigente (salvo Manuela Carmena, que no es del partido) usa la palabra paz, pues nos topamos con un significante que causa cierta aversión en el ámbito de la izquierda posmarxista actual. Le pasa como al consenso o, hasta hace poco, la democracia. El argumento es sencillo: vivimos en un mundo terriblemente desigual e injusto, y estos significantes los usa el enemigo/el sistema para hacernos creer que no es así y mantenernos complacidos y desmovilizados. Y es verdad. Lo cual solo muestra una hegemonía anterior a la hora de apropiarse de estos significantes flotantes. Lo que es menos comprensible es nuestra voluntad de alienarnos de ellos.

Un ejemplo extremo en España es el de la ‘solidaridad’, que muchas veces hemos atribuido al peor oenegismo capitalista, para a continuación reivindicar su sinónimo ‘fraternidad’ [2]. El problema de esto es que al extrañarnos de estas palabras facilitamos que la estructura de explotación y dominación, por medio de sus voceros, pueda ser considerada como pacífica, consensual, democrática y solidaria. Y estos son adjetivos que, por muchos esfuerzos que hagamos, para la mayoría de la población seguirán siendo tan positivos como para la izquierda marxista lo son sus equivalentes fraternal, acordado, o republicano.

Por culpa, en gran parte, de este extrañamiento del vocabulario de la no-violencia, Podemos se ha visto privado de usar conceptos profundos y fuertes, cuyo lugar han ocupado tropos publicitarios como la sonrisa o sentimientos efímeros como la ilusión. Ambos terminan pasando factura en forma de pérdida de credibilidad (en publicidad antes importa la venta que la honestidad) o inevitable decepción, como apunta Marina Garcés [3]. Pero, además, son lenguajes que no construyen nada sostenible hacia adentro. Que no pueden combatir la cultura de guerra interna, fomentada en gran medida por las estructuras de elección y decisión que menciona Alabao, pero también por lenguajes (siempre performativos) y hábitos compartidos.

La paz no es simplemente la ausencia de guerra como dicen los liberales, ni es un concepto que se use solo por el pacifismo resignado y superficial, sino que, como propone el Grupo Antimilitarista Tortuga, es también la “situación resultante cuando se lleva a término la justicia, cuando los conflictos, en lugar de ser escondidos o reprimidos, son resueltos buscando la armonía de los seres humanos entre sí, con la naturaleza y consigo mismos. [4]”. Otra perspectiva interesante es la que propone el grupo Hebras de paz, tras la recopilación de docenas de testimonios y memorias ciudadanas: “entrelazada de forma inseparable con esa paz del ‘no’ hay lo que los mismos expertos, encabezados por Adam Curle, Johan Galtung y J.P. Lederach, llaman ‘paz positiva’. La manera más coherente y vital, que responde a necesidades humanas fundamentales, de entender esa dimensión de la paz, es la paz del ‘sí’ a la convivencia en equidad y al engarce de vidas que se ayudan, sostienen, enriquecen y salvan entre sí, motivadas, no por un cálculo de interés personal, sino por compasión y afecto hacia un ser humano” [5].

En pocas palabras, se trata de cuidar, ese verbo al que gracias al feminismo empezamos a dar valor. O de hacerse cargo de esos “muchísimos otros” que según Spinoza nos constituyen [6]. Conceptos como el de este otro múltiple o el de engarce de vidas son poderosos porque permiten problematizar las distinciones clásicas entre ética y política, algo hacia lo que también creo que camina el de infrapolítica.

La paz, pues, no está dada, debe construirse. El 15M comprendió esto desde el principio, plagado como estaba de maestrxs que, ya desde los ’70 y ‘80 ponían en práctica dinámicas grupales como las del Grupo Tortuga en sus clases. Por eso el movimiento también creó una comisión de respeto, que no era más que un eficaz grupo mediador, extendió la escucha activa como una de las pocas reglas no escritas de las plazas y se dio tiempo para alcanzar consensos tras arduas discusiones.

La necesidad de otro lenguaje puede verse en esta frase de Errejón en una entrevista reciente: “Lo que nos seguís sabéis que en Podemos, y yo el primero, siempre que tenemos que poner ejemplos de las cosas lo hacemos con metáforas bélicas. El problema fue cuando empezamos a pensar así la política interna. Y cuando los términos ‘asalto’, ‘conquista’, ‘resistencia’, ‘adversario’ pasaron a ser un modo de construcción hacia dentro. Y eso ha construido una organización en la que hay poco espacio para la cultura del acuerdo” [7]. Como contrapunto a los problemas que observa su lúcido diagnóstico, propone “acuerdo”, que es una palabra de paz, pero, en mi opinión, subóptima.

Etimológicamente, sin duda el ‘acuerdo’ como unión de corazones es más interesante que ‘consenso’, una palabra cercana al consentimiento. Pero en lenguaje común ‘acuerdo’ tiene un significado cercano a la transacción comercial, en el sentido de ‘trato’ tras una negociación, mientras que el consenso, al menos tal como se usa en las tradiciones mencionadas, va orientado a la interiorización de los argumentos del otro y la generación de síntesis lógicas como base del consenso, antes que lograrlo por efecto de cesiones no sentidas, únicamente consumadas por la voluntad de alcanzar el acuerdo.

En Podemos la votación no fue un último recurso, sino que se empezó la casa por el tejado: se impusieron votaciones cuando se podían lograr acuerdos y se lograron acuerdos donde se podían lograr consensos. Por supuesto, el poder dominante tiende a tomar significantes como el consenso y la unidad para nombrar a la imposición de su voluntad. Pero, como mostraron Orwell, Lakoff, o Klemperer, dotar del significante opuesto a la propia acción es una de las técnicas habituales del lenguaje del Estado, del poder hegemónico o del fascismo. Y uno de sus efectos más perniciosos es el de quitar a su fuerza opositora la capacidad de usarlos, como ocurrió hasta hace poco con “democracia”.

La incapacidad de usar cierto lenguaje y ciertas prácticas quizá ayuden a explicar, junto con el sistema organizativo, el estado de guerra actual en Podemos. El desembarco de cuadros de IU, útil en el ámbito electoral o de gestión burocrática, parece a su vez acentuar la limitación del vocabulario y prácticas disponibles en Podemos. Si algo pueden enseñar el antimilitarismo, el anarquismo y parte del feminismo a los grupos posmarxistas que pugnan por el control de Podemos es la posibilidad, necesidad y potencia de compatibilizar la lucha sin cuartel con la prefiguración en el presente de la sociedad que se busca alcanzar. En la época actual de España, en que la violencia política no se tolera, en la que el lenguaje sentencioso y agresivo del macho cada vez está más arrinconado hacia el cuñadismo, una organización permeable al lenguaje y prácticas de construcción de paz no solo toma mejores decisiones, sino que también es directamente mucho más votable. Este ente, ¿seguirá teniendo forma de partido?¿Puede sobrevivir al a burocratización estatal? Quizás un desafío está en que el lenguaje, las prácticas y, en ocasiones, las personas que sirven eficazmente para la lucha o para la administración de la violencia pueden ser radicalmente opuestas a las que sirven para la construcción de comunidad.

*Este texto nace de un estimulante debate telemático con Gerardo Muñoz y Alberto Moreiras en torno a la noción de consenso, a los cuales agradezco su tiempo y disposición para continuar la discusión. Ver sus textos aquí, y aquí.

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Notas

  1. Nuria Alabao. “¿Por qué hay una cultura política de guerra en Podemos?” CTXT, No.102, Febrero de 2017.
  2. Álvaro García Linera. El “Oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo. La Paz: Vicepresidencia del Estado de Bolivia, 2015.
  3. “Marina Garcés defiende una política sin ilusiones o promesas redentoras”. http://www.aiete.net/2014/11/marina-garces-defiende-una-politica-sin-ilusiones-o-promesas-redentoras/
  4. Ver Grupo Antimilitarista Tortuga. http://www.grupotortuga.com/Recursos-Formativos-Talleres-y
  5. “Positive Peace or Peace of Life”. http://hebrasdepaz.org/positive-peace-or-peace-of-life-2/?lang=en
  6. Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico ( Trad. Vidal Peña.) Madrid: Orbis, 1980. 84.
  7. Íñigo Errejón. “Ha habido un viraje ideológico…”. eldiario.es, Febrero de 2017. http://www.eldiario.es/politica/ideologico-Podemos-preocupado-mostrarse-partidos_0_609990072.html

BREVE NOTA SOBRE LA DISPUTA IGLESIAS/ERREJÓN (VISTA ALEGRE II) By Jorge Álvarez Yágüez

Apunte rápido al hilo de la lectura de los dos documentos políticos centrales (Iglesias/Errejón) para el congreso de Podemos “Vista Alegre II”:

1) Lo primero que me llama la atención es su escaso alcance, absorbidos como están en el corto plazo que traza tanto el contexto político español actual y, particularmente, las discrepancias internas en Podemos. De aquí que todo lo que se propone tenga ese mismo estilo que podía tener un documento de cualquier organización comunista de los años setenta. El marco de análisis no va más allá del momento de la UE, de la actual crisis económica, y carece de toda idea fuerza de trasfondo que sobrepase lo inmediato. Ninguna articulación, por ejemplo, respecto de la nueva etapa del capitalismo a la que se superpone una crisis civilizatoria en la que lo que está en juego es el orden planetario; falta todo nexo a una nueva política y a un nuevo modo de estar en el mundo. Sorprende alarmantemente que la cuestión ecológica no sea una perspectiva de fondo sino, como en todos los partidos, una parcela más del asunto político.
2) Sobre el papel la proximidad de los dos documentos, no justificaría ninguno alternativo al del secretario general, toda vez que lo esencial para ambos es la constitución de un conjunto social transversal enfrentado a la oligarquía, y en una clave de orientación política de corte, por decirlo breve, social-demócrata. Lo demás son ya cuestiones de matiz, de énfasis, de grado: unidad/descentralización, institución/movimiento, pacto/confrontación. Por lo que, si nos atuviéramos solo a esto, Errejón tendría que haberse limitado a enmiendas al documento del secretario. Y si no es así es porque lo que está en juego no está explicitado en los documentos, todo lo más insinuado entre líneas. Y, sobre todo, porque lo que importa no son los papeles, sino las fuerzas con las que se cuenta, por lo que necesariamente el documento tenía que ser acompañado de una propuesta alternativa para el Consejo ciudadano.
3) Hay que suponer, por lo que conocemos al margen del documento, que Iglesias parece otorgar un peso mayor a la unidad de la izquierda, esto es, al enlace con IU, acompañado por un difuso obrerismo, de lo que trata de distanciarse Errejón, quien, frente a ello, acentúa el lado de construcción del Pueblo. Mientras que puede sospecharse -pues no se indica- que algo del espectro marxismo-leninismo -Anguita mediante- aún forma parte, aunque difusa, de la atmósfera de Iglesias, sin embargo Errejón ha saldado ya cuentas con él vía Laclau. Si Iglesias se inclina más a la estrategia de las “dos orillas”, aquella alentada por la Internacional, anterior a la política de Frentes populares, que identificaba socialdemocracia con socialfascismo, para el proyecto de Errejón no se puede prescindir del PSOE.
4) Por lo demás, ambos estarían inmersos en una concepción muy instrumentalista de lo político; y no se podía esperar otra cosa cuando la clave, en un caso, se diría, es una lectura de El Príncipe a través de “Juego de Tronos”, y, en el otro, el populismo de significantes vacíos y liderazgo, dándose en ambos vapores schmittianos. Es coherente, ciertamente, con el no-lugar de la verdad y, en consecuencia de la parrêsía, en ambos enfoques; no me refiero a la verdad de la ciencia – que ya no es lo que se creía que era; no es Platón malgré Badiou. No es sorprendente, pues, el maniobrerismo en que ha caído la disputa interna de grupos perfectamente alineados, que recuerda las peores tradiciones de la izquierda; y así, mientras uno acentúa la unidad con el líder (con sus sobrepoderes a la cabeza), el otro, después de apoyar esa inaceptable concepción de la unidad en el anterior Congreso, y de que en sus claves teóricas el liderazgo fuese pieza esencial, ahora plantee demediarla.
5) En cuanto a la cuestión de la hegemonía, G. Muñoz y A. Moreiras han anotado puntos muy relevantes. En la medida en que ya no se supone un sujeto privilegiado de la historia, ya solo tiene sentido en la línea de sentar las bases para un nuevo bloque histórico, que monta tanto como un nuevo horizonte económico-cultural no capitalista. Sin embargo, no es esta la orientación, sino una de carácter sustancialista en que, en un caso, la plebs, nunca bien definida, es la que representa el particular que encarna al universal; y, en otro, se nos propone al Pueblo, que si bien construido, no se hace sino por el patrón de la patria, geográfica e históricamente entendida (España), y, por tanto, de las tradiciones y del poso de la cultura que le subyace (en el documento se llama a desarrollar “iniciativas para la recuperación de la cultura popular tradicional y el folclore”!, p. 28), de manera que seguirá siendo excluyente; Errejón, debido a su filtro populista, no se apercibe de que hoy las dos únicas vías de integración en las democracias complejas son las republicanas vía del derecho y vía de la cultura política democrática, no pues sustancialismo cultural alguno que viniera finalmente a expresar la identidad subyacente al macrosujeto político.

Anarcopopulismo marrano. Aclaraciones a la Respuesta a Cano. Por Alberto Moreiras.

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La brevedad buscada en mi comunicación anterior (ver “Respuesta a Germán Cano” abajo) tuvo sus inconvenientes. Esto es un intento por aclarar algunas de las cosas que han motivado interpelaciones privadas. Refieren a, 1), la noción de anarco-populismo o populismo sin líderes, 2), la noción de posthegemonía y su conexión con la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau, y, 3), si todavía conviene, en vista de la descomposición política de Podemos a la que estamos asistiendo (y que solo se ha acrecentado de ayer a hoy, juzgando por la prensa), seguir manteniendo la necesidad política de un populismo de izquierdas en España.

Pienso que es perfectamente posible que un partido, y Podemos en concreto, aunque sea un Podemos después de la caída, pueda institucionalizar un acercamiento anarco-populista a través de una pluralidad interna real y abandonando su referencia fuerte al liderazgo carismático y a todo identitarismo (no solo los identitarismos más obvios, étnicos, de género, etc., también los que han empezado a oirse más o menos recientemente con cierto ánimo de trazar líneas de exclusión: obrerismo o conciencia proletaria). El populismo en el sentido grandilocuente que está en la base constructiva de Podemos, y que Errejón sigue santificando referencialmente a través de la noción de “construir pueblo,” irá perdiendo fuerza o se irá solo, pues vamos hacia la desmovilización general como consecuencia de los conflictos que estamos viendo. Sin movilización ningún populismo puede sostenerse en forma triunfante o persuasiva.

Hay un populismo fáctico, que consiste en la movilización política general basada en la doble invocación de un antagonismo y de una comunidad por construir, y hay un populismo teórico, que remite a la agenda ideológica de un partido. Si el populismo fáctico se desvanece, una vez perdida la capacidad de movilización política general, queda todavía la pregunta acerca de la agenda ideológica, es decir, político-práctica pero también teórica, de la propuesta de un partido. Lo que quede en Podemos después de esta crisis a la que llamamos Vistalegre 2 será transversal y antagónico o no será interesante. Esa transversalidad inclusiva basada en el antagonismo demótico es lo que merece retenerse. Y a eso le llamo yo todavía populismo, es decir, el populismo que me interesa, que se atiene solo a sus condiciones mínimas. Llamémosle de entrada populismo democrático, para distinguirlo del destropopulismo, que es antidemocrático en la medida en que usa reivindicaciones identitarias como forma de exclusión despótica.   Me interesa un populismo democrático, an-árquico, parrésico, marrano, y posthegemónico.

El populismo es cualquier estructuración de la política que tenga esas características mínimas de transversalidad general y antagonismo.   Claro que el problema práctico empieza ahí, en el contenido político que se le de a esa transversalidad genérica y en el contenido político que se le de a la formulación del antagonismo. Y eso es quizá lo que está en juego sustantivamente en la discusión actual en Podemos. Para mí, sin embargo, la discusión entre diversas transversalidades y antagonismos es ya interna a la discusión sobre el populismo. Hay muchas formas populistas que no me gustan, o no me gusta casi ninguna: la mía, ese anarco-populismo posthegemónico y marrano, se da en la confianza provisional de que puede relacionarse de forma productiva con lo que defiende Recuperar la ilusión, es decir, con la plataforma vinculada a la figura de Iñigo Errejón.

Antagonismo remite a una división del campo social entre un nosotros y un ellos. El único antagonismo fumable es el antagonismo entre demócratas y antidemócratas—entendiendo “democracia” en un sentido sustantivo, demótico, vinculado al hecho de que, en democracia, nadie manda y nadie obedece excepto a sí mismo, como miembro de un colectivo que ha aceptado ya que su libertad es funcional a la libertad de todos los otros, y también condición de ella, igual que la libertad de todos los demás es condición de la propia. El antagonismo así entendido es también condición de la práctica política democrática, cuya primera conceptualización moderna le debemos quizá al Maquiavelo que decía que los poderosos quieren mandar y los no poderosos se limitan a no querer obedecer. La democracia es práctica de los que no quieren obedecer. En ese sentido, la democracia es una de las condiciones mínimas del populismo aceptable–es, justo, el lugar donde el populismo se hace demótico. Por ende no solo es posible sino que es necesario un populismo parrésico, que no se entregue a la mentira o a la exageración retórica manipulativa en ningún caso.   Lo llamamos populismo marrano, antiidentitario, que es escéptico y anárquico, puesto que si la anarquía es an-árquica lo es en y desde su apelación a una posición de verdad (política), y no por mero capricho de desobediencia.   Este es por lo tanto un populismo sin líderes, es decir, un populismo en el que la posición de líder—el notorio “significante vacío” de Laclau—está ocupada por el gestor de la radicalidad democrática, y solo por él o ella en cada caso, a cualquier nivel administrativo.

Transversalidad no es obviamente frentepopulismo. El frentepopulismo fue una trampa soviética, impulsada por la Comintern stalinista, en la que el horizonte último era captar despistados y ponerlos al servicio de la marcha de la historia, que solo el comunismo conocía. En forma caída, es posible que esa sea la versión de transversalidad que todavía manejan Monedero, Monereo, Iglesias y todo ese grupo afín al último. Pero una transversalidad genuina es o puede ser otra cosa, aunque para ello haya que dar un paso más y limpiar la retórica de lo que podríamos llamar laclauismo ortodoxo, y por supuesto del plebeyismo que no deja de ser una importación española de las teorías de Alvaro García Linera.

Mi referencia es no solo la obra de Laclau, a la que me remito críticamente, sino también el trabajo que sobre ella están haciendo Yannis Stavrakakis y su grupo de Salónica. Son estos últimos los que establecen las condiciones mínimas del populismo en esos términos: transversalidad y antagonismo. Y a mí me parecen persuasivos. Sin esa base propiamente política en un populismo de condiciones minimas—en el que la batalla política interna es por supuesto no permitir que las condiciones mínimas se muevan hacia vicios terminales—la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante.   Puede argumentarse que el republicanismo nunca supo que era posthegemónico siempre de antemano, porque no le hacía maldita falta saberlo. Si la posthegemonía es una contribución al pensamiento republicano, lo es sobre esa base populista mínima, pero también desde su antagonismo hacia todo verticalismo identitario y hacia todo identitarismo verticalizante.  La opción que tiene Podemos por delante es esa, populismo mínimo o populismo máximo, y desde ese punto de vista no conviene lamentarse tanto de una discusión o de una disputa más que necesaria.

 

 

Respuesta a las respuestas de Alberto Moreiras. Por Gerardo Muñoz.

errejon-ilusion

En su segunda respuesta al comentario de Germán Cano, Alberto Moreiras hace una afirmación sobre posthegemonía con la cual queremos discrepar. Me permito citar ese momento hacia el final de su réplica, donde Moreiras escribe lo siguiente:

“Mi referencia es no solo la obra de Laclau, a la que me remito críticamente, sino también el trabajo que sobre ella están haciendo Yannis Stavrakakis y su grupo de Salónica. Son estos últimos los que establecen las condiciones mínimas del populismo en esos términos: transversalidad y antagonismo. Y a mí me parecen persuasivos. Sin esa base propiamente política en un populismo de condiciones mínimas…la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante”.

Lo que me causa alarma en esa elaboración tan contundente: “sin base en un populismo la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante”. ¿Por qué sería irrelevante la posthegemonía sin populismo? Acaso, ¿porque de esta manera lo ha venido elaborando Yannis Stravakakis y su grupo de Salónica? No, hay mucho más en juego en lo que afirma Moreiras. Para mí, lo que esta elaboración sugiere es una subordinación conceptual del republicanismo, mediante la coyuntura política, a la irrupción populista. Pero no hay razón para hacerlo más allá de la inmediatez coyuntural que es siempre pasajera. Yo podría decir, girando la mesa, que el populismo necesita de un republicanismo mínimo. Y que sin eso no habría nada por medio. De hecho, esta es la tesis que mueve muy ágilmente el hilo especulativo de En Defensa del Populismo (2016), de Carlos Fernández Liria. Pero no voy por ahí tampoco.

Me interesaría interpelar a Moreiras, pero también a Stravakakis indirectamente tomando en cuenta esa definición de populismo a partir de sus dos condiciones mínimas (transversalidad y antagonismo): ¿No estaríamos inflando un globo de aire que, como ha dicho en una conversación reciente el Profesor Jorge Yagüez, nos aleja de la precisión? ¿No se pierde especificidad conceptual y se deja de lado la materialidad real de tiempos posthegemónicos? Y si estas son las dos condiciones, ¿por qué no otras? Uno pudiera contra-argumentar diciendo que es porque hay un movimiento populista en curso, y que está dado en su formulación más feliz en el documento político de Errejón y su lista. Pero también habría una posibilidad alternativa, y es decir que la diferencia sustancial está en poner el acento en un republicanismo de fuerza, institucional, y de políticos vocacionales. Y ahí también caería la tesis de Carolina Bescansa, que pretende ignorar la pugna entre errejonistas e iglesistas rebajándola a una pelea de machos. Al contrario, estamos de acuerdo que aquí hay un problema de “error en la teoría”.

Ya de entrada, hablar de populismo confunde. Decir que puede haber populismo posthegemónico es una confusión al cubo. No hablo aquí de confusiones conceptuales o académicas, sino en el orden del discurso público, como el que circula en estos días por los medios españoles. Anoche veía la entrevista a Errejón en el programa “El Objetivo”, donde se hace muy visible las limitaciones retóricas de “entrar en razón” en cuanto a la diferencia entre errejonistas y pablistas. Y la verdad es que Errejón no hizo el mejor trabajo para desmarcase. Esa diferencia, como hemos dicho, es la hegemonía.

Pues bien, menciono esa entrevista, porque me parece que una parte fundamental de este debate pasa por la función retórica, si el objetivo es finalmente ganar votos y construir una gran mayoría capaz de desplazar el bipartidismo español. No le estoy pidiendo a Moreiras un lenguaje mediático ni nada por el estilo (¡estaría de más!), sino tan solo extrapolar un problema “real” que me parece análogo a este diferendo. Hablar claro (parraísticamente) es condición de posibilidad de la posthegemonía en última instancia. Y soy de los que cree que, al menos por el momento, no puede haber populismo de la ‘verdad’, como mismo no puede haber filosofía o pensamiento de “opinión”.

Voy al grano. A mí me parece que al decir “populismo anárquico” llegamos a confusiones aún mayores, a un callejón sin salida. Primero, porque los anarquistas piensan que has dado en la clave, y que se trata de armar una participación directa, más asamblearia, hasta llegar a trascender el capitalismo. Mientras que, por el otro lado, los populistas hegemónicos te toman como enfant terrible. Yo sigo siendo de los que piensa que las condiciones actuales son capaces de dejar desarrollar un discurso parraístico, esto es, republicano y necesariamente posthegemónico. Pero Moreiras escribe: “Si la posthegemonía es una contribución al pensamiento republicano, lo es sobre esa base populista mínima, pero también desde su antagonismo hacia todo verticalismo identitario y hacia todo identitarismo verticalizante”. Estamos de acuerdo en lo segundo, pero no necesariamente en lo primero.

El énfasis no lo pondría en ‘el populismo’, sino el pueblo, el We The People de la constitución viviente. No hay duda que, sin pueblo viviente, no hay transformación institucional capaz de atender las necesidades de cualquier presente. Pero esto ya deja atrás el populismo, porque el pueblo (en el populismo) siempre necesita apelar al líder. No así el republicanismo, cuyo pueblo solo tiene la materialidad de sus necesidades (siempre disímiles en cada época o momento), atendidas por  políticos de vocación, o lo que me gustaría llamar políticos posthegemónicos.

¿Hay populismo sin líder? Confieso ignorar si el grupo Populismus de Salónica ha desarrollado algún análisis sobre el liderazgo en el populismo (fuera de Laclau), pero tengo para mí que es ahí donde habría un verdadero ‘quiasmo interior’, muy similar al que se está produciendo hoy entre Iglesias y los errejonistas. Si el populismo requiere un líder, entonces esto implica que el populismo es solo un valor estratégico. Lo cual no está mal, pero no tiene por qué pretender agotar la posthegemonía. Yo diría de momento que mis dos condiciones para una democracia posthegemónica (no populista) serían: 1. un político poshegemónico (que J. L. Villacañas, siguiendo a Weber, llama de vocación), y 2. Institucionalidad (que es siempre más que instituciones estatales, y nunca republicanismo caduco).

Anarcopopulismo marrano. Aclaraciones a la Respuesta a Cano. Por Alberto Moreiras.

 

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La brevedad buscada en mi comunicación anterior (ver “Respuesta a Germán Cano” abajo) tuvo sus inconvenientes. Esto es un intento por aclarar algunas de las cosas que han motivado interpelaciones privadas. Refieren a, 1), la noción de anarco-populismo o populismo sin líderes, 2), la noción de posthegemonía y su conexión con la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau, y, 3), si todavía conviene, en vista de la descomposición política de Podemos a la que estamos asistiendo (y que solo se ha acrecentado de ayer a hoy, juzgando por la prensa), seguir manteniendo la necesidad política de un populismo de izquierdas en España.

Pienso que es perfectamente posible que un partido, y Podemos en concreto, aunque sea un Podemos después de la caída, pueda institucionalizar un acercamiento anarco-populista a través de una pluralidad interna real y abandonando su referencia fuerte al liderazgo carismático y a todo identitarismo (no solo los identitarismos más obvios, étnicos, de género, etc., también los que han empezado a oírse más o menos recientemente con cierto ánimo de trazar líneas de exclusión: obrerismo o conciencia proletaria). El populismo en el sentido grandilocuente que está en la base constructiva de Podemos, y que Errejón sigue santificando referencialmente a través de la noción de “construir pueblo,” irá perdiendo fuerza o se irá solo, pues vamos hacia la desmovilización general como consecuencia de los conflictos que estamos viendo. Sin movilización ningún populismo puede sostenerse en forma triunfante o persuasiva.

Hay un populismo fáctico, que consiste en la movilización política general basada en la doble invocación de un antagonismo y de una comunidad por construir, y hay un populismo teórico, que remite a la agenda ideológica de un partido. Si el populismo fáctico se desvanece, una vez perdida la capacidad de movilización política general, queda todavía la pregunta acerca de la agenda ideológica, es decir, político-práctica pero también teórica, de la propuesta de un partido. Lo que quede en Podemos después de esta crisis a la que llamamos Vistalegre 2 será transversal y antagónico o no será interesante. Esa transversalidad inclusiva basada en el antagonismo demótico es lo que merece retenerse. Y a eso le llamo yo todavía populismo, es decir, el populismo que me interesa, que se atiene solo a sus condiciones mínimas. Llamémosle de entrada populismo democrático, para distinguirlo del destropopulismo, que es antidemocrático en la medida en que usa reivindicaciones identitarias como forma de exclusión despótica.   Me interesa un populismo democrático, an-árquico, parrésico, marrano, y posthegemónico.

El populismo es cualquier estructuración de la política que tenga esas características mínimas de transversalidad general y antagonismo.   Claro que el problema práctico empieza ahí, en el contenido político que se le de a esa transversalidad genérica y en el contenido político que se le de a la formulación del antagonismo. Y eso es quizá lo que está en juego sustantivamente en la discusión actual en Podemos. Para mí, sin embargo, la discusión entre diversas transversalidades y antagonismos es ya interna a la discusión sobre el populismo. Hay muchas formas populistas que no me gustan, o no me gusta casi ninguna: la mía, ese anarco-populismo posthegemónico y marrano, se da en la confianza provisional de que puede relacionarse de forma productiva con lo que defiende Recuperar la ilusión, es decir, con la plataforma vinculada a la figura de Iñigo Errejón.

Antagonismo remite a una división del campo social entre un nosotros y un ellos. El único antagonismo fumable es el antagonismo entre demócratas y antidemócratas—entendiendo “democracia” en un sentido sustantivo, demótico, vinculado al hecho de que, en democracia, nadie manda y nadie obedece excepto a sí mismo, como miembro de un colectivo que ha aceptado ya que su libertad es funcional a la libertad de todos los otros, y también condición de ella, igual que la libertad de todos los demás es condición de la propia. El antagonismo así entendido es también condición de la práctica política democrática, cuya primera conceptualización moderna le debemos quizá al Maquiavelo que decía que los poderosos quieren mandar y los no poderosos se limitan a no querer obedecer. La democracia es práctica de los que no quieren obedecer. En ese sentido, la democracia es una de las condiciones mínimas del populismo aceptable–es, justo, el lugar donde el populismo se hace demótico. Por ende no solo es posible sino que es necesario un populismo parrésico, que no se entregue a la mentira o a la exageración retórica manipulativa en ningún caso (puesto que la mentira es siempre práctica de dominación.)  Lo llamamos populismo marrano, antiidentitario, que es escéptico y anárquico, puesto que si la anarquía es an-árquica lo es en y desde su apelación a una posición de verdad (política), y no por mero capricho de desobediencia.   Este es por lo tanto un populismo sin líderes, es decir, un populismo en el que la posición de líder—el notorio “significante vacío” de Laclau—está ocupada por el gestor de la radicalidad democrática, y solo por él o ella en cada caso, a cualquier nivel administrativo.

Transversalidad no es obviamente frentepopulismo. El frentepopulismo fue una trampa soviética, impulsada por la Comintern stalinista, en la que el horizonte último era captar despistados y ponerlos al servicio de la marcha de la historia, que solo el comunismo conocía. En forma caída, es posible que esa sea la versión de transversalidad que todavía manejan Monedero, Monereo, Iglesias y todo ese grupo afín al último. Pero una transversalidad genuina es o puede ser otra cosa, aunque para ello haya que dar un paso más y limpiar la retórica de lo que podríamos llamar laclauismo ortodoxo, y por supuesto del plebeyismo que no deja de ser una importación española de las teorías de Alvaro García Linera.

Mi referencia es no solo la obra de Laclau, a la que me remito críticamente, sino también el trabajo que sobre ella están haciendo Yannis Stavrakakis y su grupo de Salónica. Son estos últimos los que establecen las condiciones mínimas del populismo en esos términos: transversalidad y antagonismo. Y a mí me parecen persuasivos. Sin esa base propiamente política en un populismo de condiciones minimas—en el que la batalla política interna es por supuesto no permitir que las condiciones mínimas se muevan hacia vicios terminales—la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante.   Puede argumentarse que el republicanismo nunca supo que era posthegemónico siempre de antemano, porque no le hacía maldita falta saberlo. Si la posthegemonía es una contribución al pensamiento republicano, lo es sobre esa base populista mínima, pero también desde su antagonismo hacia todo verticalismo identitario y hacia todo identitarismo verticalizante.  La opción que tiene Podemos por delante es esa, populismo mínimo o populismo máximo, y desde ese punto de vista no conviene lamentarse tanto de una discusión o de una disputa más que necesaria.