Chesterton y Podemos. Por Gerardo Muñoz.

malagon-iglesias1

En estos días he recordado un artículo de G. K. Chesterton sobre Lenin, donde este dice que podemos entender la justificación del leninismo de ser antidemocrático ante la ignorancia del campesinado ruso, pero lo que no podemos aceptar es una idea que es en sí irracional [1]. Algo parecido se puede decir sobre Pablo Iglesias en la segunda asamblea en Vistalegre. Esto es, podemos escuchar su arenga sobre la unidad y el enemigo, pero más difícil es razonar cómo eso se ajusta a las ideas errejonistas de transversalidad y pluralismo.

La brecha entre el primer postulado y el segundo que han salido a flote al final de Vistalegre 2, encajan con lo que Chesterton llamó ‘ilogicidad’. Ese déficit de razón solo se entiende con el significante vacío y la teoría que la sostiene. Pero sabemos que todo político que se considere digno de esa vocación, tiene que cuidar, a distancia, la diferencia irreducible de su par. Es esto lo que va al traste con el brochazo que ha dado Iglesias en su discurso de clausura [2]. Ahora el balón está del lado de los errejonistas, y tendremos que esperar para ver si hay posibilidad de recomposición de su parte. Pero lo cierto es que al imponerse el significante vacío se arriesga el destape de una violencia aún mayor siempre depositada en el oppositorum cesarista.

En un provechoso encuentro con algunos miembros de Podemos en estos días, la pregunta caliente fue qué hacer después de Vistalegre 2. Esta pregunta ya de por sí visibiliza las grietas y visiones encontradas, los desaires y las traiciones. Todo es resumible con lo que hemos llamado antes “falta de legitimidad”. Una solución entre optimista y reparadora, se afinca en buscar exceder a Podemos como partido-institución-líder. Esto es, volver a cierto ‘originalismo’ del 15M bajo la idea de la comunidad. Sin embargo, la comunidad no puede ser principio último de la razón política, como tampoco puede ser una alternativa contra-hegemónica ante el belicismo hegemónico. El comunitarismo como propuesta es siempre insuficiente.

Hay que tomar distancia del comunitarismo reparador y redentor. La tarea de hoy recae solo en una formulación de contracomunidad, capaz de disociarse del ascenso de particularismos radicales que conducen inevitablemente al fin de la política (que por cierto, lo decía el propio Ernesto Laclau, como lo ha recordado en estos días Alberto Moreiras). Tampoco se puede rebobinar la historia ni echar para adelante hacia una dirección que solo llevaría al PP, y a un mayor deterioro del espacio europeo. La comunidad desvinculante solo conduce al arrinconamiento nocivo de unas cuantas voces altisonantes y fuera de lugar. Frente a eso me sigue pareciendo que la opción de un «republicanismo poshegemónico» está a la altura de los tiempos. Este republicanismo atiende a dos principios fundamentales, aunque tampoco se limitan a estos: 1. trabajar con coherencia sobre lo que está dado en la facticidad y en el sentido común en curso, y 2. sostener la división de poderes a cambio de un contrapeso que reduce la dominación sobre la vida del singular.

Por ahora, la gran incógnita es si Errejón y los errejonistas estarán en condiciones de armar un plan más o menos simultáneo con estos principios, o si se plegaran a la ilogicidad de Iglesias. Esto también convoca a preguntarse cómo quedarán los territorios. ¿Habilitará la nueva matriz organizativa espacios para disensos territoriales, o se solidificará el verticalismo desde arriba? Sin lo primero ese deseo de unidad oppositorum del pablismo será solo pulsión de muerte. Pero un paso del errejonismo no sería un paso de quiebre, sino que marcaría otro ritmo del ‘hacer’ en los territorios. A largo plazo esto podría tomar la forma de un nuevo federalismo.

Esta sería una hipótesis optimista. Es decir, quizás la humillante propuesta de Iglesias de ofrecerle a Errejón el Ayuntamiento de Madrid, tuvo un filo errejonista y llegaría a producir efectos que ni la camarilla de pablistas prevén. A la larga esto pudiera demostrar una vez más que para eso de ‘tomar el cielo por asalto’ no hay soga que sea tan larga. La ilogicidad que veía Chesterton en Lenin también implica eso: al final, esa soga siempre tiende a vencerse por uno de sus cabos.

 

 

Notas

*Imagen: Malagón Humor, Febrero 2017.

1.G. K. Chesterton. “The logic of Lenin”. The Collected Works of G.K. Chesterton (XXXI). Ignatius Press, 1989. 275-79.

2.http://www.eldiario.es/politica/DIRECTO-Vistalegre_13_611168880_9689.html

 

 

Respuesta a las respuestas de Alberto Moreiras. Por Gerardo Muñoz.

errejon-ilusion

En su segunda respuesta al comentario de Germán Cano, Alberto Moreiras hace una afirmación sobre posthegemonía con la cual queremos discrepar. Me permito citar ese momento hacia el final de su réplica, donde Moreiras escribe lo siguiente:

“Mi referencia es no solo la obra de Laclau, a la que me remito críticamente, sino también el trabajo que sobre ella están haciendo Yannis Stavrakakis y su grupo de Salónica. Son estos últimos los que establecen las condiciones mínimas del populismo en esos términos: transversalidad y antagonismo. Y a mí me parecen persuasivos. Sin esa base propiamente política en un populismo de condiciones mínimas…la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante”.

Lo que me causa alarma en esa elaboración tan contundente: “sin base en un populismo la posthegemonía se hace desdentada e irrelevante”. ¿Por qué sería irrelevante la posthegemonía sin populismo? Acaso, ¿porque de esta manera lo ha venido elaborando Yannis Stravakakis y su grupo de Salónica? No, hay mucho más en juego en lo que afirma Moreiras. Para mí, lo que esta elaboración sugiere es una subordinación conceptual del republicanismo, mediante la coyuntura política, a la irrupción populista. Pero no hay razón para hacerlo más allá de la inmediatez coyuntural que es siempre pasajera. Yo podría decir, girando la mesa, que el populismo necesita de un republicanismo mínimo. Y que sin eso no habría nada por medio. De hecho, esta es la tesis que mueve muy ágilmente el hilo especulativo de En Defensa del Populismo (2016), de Carlos Fernández Liria. Pero no voy por ahí tampoco.

Me interesaría interpelar a Moreiras, pero también a Stravakakis indirectamente tomando en cuenta esa definición de populismo a partir de sus dos condiciones mínimas (transversalidad y antagonismo): ¿No estaríamos inflando un globo de aire que, como ha dicho en una conversación reciente el Profesor Jorge Yagüez, nos aleja de la precisión? ¿No se pierde especificidad conceptual y se deja de lado la materialidad real de tiempos posthegemónicos? Y si estas son las dos condiciones, ¿por qué no otras? Uno pudiera contra-argumentar diciendo que es porque hay un movimiento populista en curso, y que está dado en su formulación más feliz en el documento político de Errejón y su lista. Pero también habría una posibilidad alternativa, y es decir que la diferencia sustancial está en poner el acento en un republicanismo de fuerza, institucional, y de políticos vocacionales. Y ahí también caería la tesis de Carolina Bescansa, que pretende ignorar la pugna entre errejonistas e iglesistas rebajándola a una pelea de machos. Al contrario, estamos de acuerdo que aquí hay un problema de “error en la teoría”.

Ya de entrada, hablar de populismo confunde. Decir que puede haber populismo posthegemónico es una confusión al cubo. No hablo aquí de confusiones conceptuales o académicas, sino en el orden del discurso público, como el que circula en estos días por los medios españoles. Anoche veía la entrevista a Errejón en el programa “El Objetivo”, donde se hace muy visible las limitaciones retóricas de “entrar en razón” en cuanto a la diferencia entre errejonistas y pablistas. Y la verdad es que Errejón no hizo el mejor trabajo para desmarcase. Esa diferencia, como hemos dicho, es la hegemonía.

Pues bien, menciono esa entrevista, porque me parece que una parte fundamental de este debate pasa por la función retórica, si el objetivo es finalmente ganar votos y construir una gran mayoría capaz de desplazar el bipartidismo español. No le estoy pidiendo a Moreiras un lenguaje mediático ni nada por el estilo (¡estaría de más!), sino tan solo extrapolar un problema “real” que me parece análogo a este diferendo. Hablar claro (parraísticamente) es condición de posibilidad de la posthegemonía en última instancia. Y soy de los que cree que, al menos por el momento, no puede haber populismo de la ‘verdad’, como mismo no puede haber filosofía o pensamiento de “opinión”.

Voy al grano. A mí me parece que al decir “populismo anárquico” llegamos a confusiones aún mayores, a un callejón sin salida. Primero, porque los anarquistas piensan que has dado en la clave, y que se trata de armar una participación directa, más asamblearia, hasta llegar a trascender el capitalismo. Mientras que, por el otro lado, los populistas hegemónicos te toman como enfant terrible. Yo sigo siendo de los que piensa que las condiciones actuales son capaces de dejar desarrollar un discurso parraístico, esto es, republicano y necesariamente posthegemónico. Pero Moreiras escribe: “Si la posthegemonía es una contribución al pensamiento republicano, lo es sobre esa base populista mínima, pero también desde su antagonismo hacia todo verticalismo identitario y hacia todo identitarismo verticalizante”. Estamos de acuerdo en lo segundo, pero no necesariamente en lo primero.

El énfasis no lo pondría en ‘el populismo’, sino el pueblo, el We The People de la constitución viviente. No hay duda que, sin pueblo viviente, no hay transformación institucional capaz de atender las necesidades de cualquier presente. Pero esto ya deja atrás el populismo, porque el pueblo (en el populismo) siempre necesita apelar al líder. No así el republicanismo, cuyo pueblo solo tiene la materialidad de sus necesidades (siempre disímiles en cada época o momento), atendidas por  políticos de vocación, o lo que me gustaría llamar políticos posthegemónicos.

¿Hay populismo sin líder? Confieso ignorar si el grupo Populismus de Salónica ha desarrollado algún análisis sobre el liderazgo en el populismo (fuera de Laclau), pero tengo para mí que es ahí donde habría un verdadero ‘quiasmo interior’, muy similar al que se está produciendo hoy entre Iglesias y los errejonistas. Si el populismo requiere un líder, entonces esto implica que el populismo es solo un valor estratégico. Lo cual no está mal, pero no tiene por qué pretender agotar la posthegemonía. Yo diría de momento que mis dos condiciones para una democracia posthegemónica (no populista) serían: 1. un político poshegemónico (que J. L. Villacañas, siguiendo a Weber, llama de vocación), y 2. Institucionalidad (que es siempre más que instituciones estatales, y nunca republicanismo caduco).

Reinvención Democrática en España: Comentario a los documentos políticos de Íñigo Errejón y Pablo Iglesias en Vistalegre II. Por Gerardo Muñoz.

equipo-errejon-iglesias-2017

A pocos días de la Asamblea Ciudadana Vistalegre II (https://vistalegre2.podemos.info), es importante someter a debate y análisis algunas de las propuestas de renovación política de Podemos. Lo hago a distancia, sin presumir ser experto en política española, y deteniéndome en los documentos divulgados. En lo que sigue comento dos propuestas donde se juega, tanto en el plano teórico como político, una reinvención democrática con alcances para el espacio europeo. Podemos ha vuelto a reinstalar el problema de la legitimidad y de la evolución misma del progresismo en la región. En la primera parte comento el documento “Plan 2020” redactado por Pablo Iglesias. En la segunda, me detengo en el documento “Recuperar la ilusión”, de Íñigo Errejón, Clara Serra, y otros. Me acerco a estos dos documentos a partir de dos claves: la unidad y la transversalidad, aunque no pretendo en ningún caso agotar la discusión de estos documentos políticos, sino abrirla. En la última sección del texto, retomo algunos problemas relativos al futuro europeo. No hay dudas de que Podemos representa hoy el arco de lo que Albert O. Hirschman llamó el ‘prejuicio del optimismo’, a bias for hope.

Unidad

“Plan 2020” es el título de la propuesta de Pablo Iglesias, Carolina Bescansa, Juan Pablo Monedero, entre otros integrantes de equipos de trabajo. La primera parte del documento, aproximadamente las primeras veinte páginas, están dedicadas a trazar un derrotero de la política española desde la transición del 78, pasando por la crisis del 2008 y la irrupción del movimiento social 15M, y finalmente la apertura hacia la deriva electoral del 2014. El énfasis del recorrido, como es lógico, se hace sobre ese primer listón por el cual Podemos alcanzó resultados contundentes: un millón y medio de votos, además de cinco eurodiputados. Los resultados fueron una sorpresa para un partido joven, de poca experiencia, y cuya dirección estaba compuesta mayormente de docentes de la Universidad Complutense. Recuerdo que en el verano de ese año, en el marco del congreso “Literatura, Poshegemonía, Infrapolítica” que tuvo lugar en la Universidad Complutense, algunos de nosotros tuvimos la oportunidad de intercambiar ideas con Luis Alegre Zahonero, quien era entonces una de las figuras punteras del nuevo partido. Había expectativas, y se discutían ideas de republicanismo y ocupación del estado.

A distancia de esto, para Iglesias y los patrocinadores del “Plan 2020”, el 2008 da inicio a una ‘crisis de régimen’, caracterizada por una fuerte caída de legitimidad del status quo político español que podría poner patas arriba el precario ‘momento constituyente de los acuerdos del 78’, como lo caracteriza José Luis Villacañas [1]. En tiempos más recientes, esto se materializaba en la incapacidad, como ha notado Philip Pettit, del gobierno de Zapatero por dar frente a las fuerzas del capital financiero y mantener en control el índice de empleo [2]. Iglesias admite que lo central en su propuesta es la posibilidad de articular un momento constituyente para la reinvención del futuro democratico de la política española. El “Plan 2020” es claro su exposición un compromiso con la democracia sustrayéndose del momento populista más divulgado de la personality mediática de Iglesias y del lema radicalizado de “tomar el cielo por asalto”. Por el contrario, el documento Iglesias nos dice que el “Plan 2020” es una propuesta para construir con todos, apostando a la madurez institucional, aunque atenta al contramovimiento de una ciudadanía activa. Como leemos en el documento:

“Ese diálogo no puede estar guiado por el interés empresarial y tampoco desde intereses cortoplacistas electorales. El desarrollo industrial, el crecimiento de las ciudades, el mejoramiento del transporte, la construcción ecológica, las energías renovables, el gobierno europeo multinivel, las nuevas formas de gobierno electrónico, los efectos de la robotización de la economía…fórmula de ensayo general tiene una larga tradición en Inglaterra y permite ir construyendo perfiles políticos y técnicos para evitar las sorpresas de los nombramientos caprichosos a los que nos tiene acostumbrada la política turnista. Sirve igualmente para evitar la incertidumbre propia de un mundo global dominado por los poderes financieros. Y, en nuestro caso, tiene que servir para que las españolas y los españoles conozcan la alternativa de gobierno de Podemos.” (Plan 2020, 41).

Al tomar distancia de la gramática populista, se consigue generar momentos de honestidad y autocrítica en el tiempo que va del primer encuentro en Vistalegre al próximo. Iglesias reconoce las limitaciones discursivas y estratégicas que tuvieron a la hora de negociar con el PSOE, y dar la cara como fuerza democrática. Al hacer énfasis en una posible alianza, Iglesia intuye que habría voluntad de formar un pacto por una nueva transición no-presidencialista o no simplemente reducible al populismo de la “máquina electoral”. Sabemos que el gran politólogo Juan Linz leyó el ‘momento Suarez’ del 78 como un pacto entre élites que trajo a España a la democracia [3]. La llamada ‘nueva transición’ se haría cargo de este legado como momento constituyente en la vida política española. Pero más importante aun es el mensaje del “Plan 2020”. Iglesias parece decir algo así: si antes no intentamos hacer pactos, y ahora podemos hacerlo. Ahora, el fracaso caería sobre las espaldas de otros. Aunque las condiciones transicionales de hoy son distintas a las del 78, ya que ya no puede haber un “pacto de élites” a puertas cerradas. Mi intuición es que el documento de Iglesias es una manera de percibir que el momento del pacto ha terminado, y solo queda democratizar y ampliar Podemos para garantizar un momento constituyente.

El vórtice conceptual y propositivo del documento es la ‘unidad’. Al inicio, Iglesias y los redactores definen la ‘unidad’ como “voluntad unitaria, entendiendo la unidad como la capacidad de hacer que ideas distintas puedan complementarse, reforzando una dirección estratégica y unos objetivos comunes” (Plan 2020, 4). La idea de unidad en la diversidad sería el instrumento para construir “una nueva voluntad popular con todos”, y sostener una dialéctica entre movimiento e institución. Como escribe aforísticamente Iglesias: “lógica debe ser por tanto la de la unidad en la diversidad: un proyecto compartido por identidades políticas, sociales y territoriales diversas, donde lo que es una realidad en la cotidianeidad se articule en el ámbito de lo político” (Plan 2020, 29). El axioma de la unidad tiene como propósito una renovación de los cuadros políticos. De ahí que Iglesias diga que los políticos en Podemos dejarían de ser políticos para convertirse en militantes en la institución que velarían por el interés colectivo (Plan 2020, 24).

Son dos los modos de leer este diletantismo declarado. Por una parte, la ecuación de ‘militante al poder en la unidad’ es la quintaesencia del trancazo hegemónico en cuanto mediación verticalista, puesto que abandona la mesura de la vocación. Por otro lado, se pudiera entender la figura del militante institucional como representante de lo que algunos llaman un político del “estado activista” que logra compensar entre distintos niveles (Ayuntamiento, el movimiento social, la burocracia, y el Parlamento). En cualquiera de los dos casos interpretativos, para Iglesias el militante institucional vendría a renovar lo que él llama una “cartelización de la politica española” (Plan 2020, 39). La cuestión que está instalando Iglesias, sin embargo, también pasa por reestructurar la burocracia del estado (regulatory state) comprometido con la redistribución y la justicia social [4]. La articulación de la unidad se entiende como aspiración a la reelaboración de la fiscalización. Este fue un dilema que discutíamos hace un año atrás con Carolina Bescansa en la Universidad de Princeton [5]. En cambio, si por una unidad entendemos una lógica de subordinación hegemónica, entonces este posicionamiento remitiría no solo a la verticalización de la política, sino a lo que Carl Schmitt llama la intensificación entre amigo-enemigo. La variable de la unidad en Iglesias cobra aquí un tono categórico, puesto que la idea misma de ‘cumplir promesas’ (sic) tiene que aceptar de antemano este principio unitario (Plan 2020, 35). Este principio de la ‘unidad’ maximiza politización partisana y a la larga conduce a secuelas terminales y agónicas [6].

Iglesias sabe que no puede repetir el autoritarismo verticalista de la tradición del PCE. Y a la vez tampoco puede dejar las decisiones en la anti-política de las asambleas y del consenso horizontalista. Es de esta manera que el documento pone en un mismo renglón democracia, organicidad, y fuerza popular. El documento no nos da una reelaboración de cómo los que están fuera de los “círculos” podrían ser integrados, y cómo empalmar el resto externo a esa dialéctica ‘movimiento-institución militante’. Y esto es importante, puesto que es ese resto, un pueblo ausente, el que conviene tener del lado de Podemos si es que se quiere llegar a La Moncloa. No estoy diciendo con esto que se pueda hacer política de justicia social sin un pueblo. Al contrario, lo que quiero dejar claro es que el concepto de hegemonía, tal y como está elaborado en el posmarxismo de Ernesto Laclau, es insuficiente para dar cuenta de una forma verdaderamente transversal, heterogénea, y anti-unitaria, tal y como aparece hoy al interior de nuestras sociedades. ¿Cómo convencer a esos que están fuera de la movilización permanente? Hacia el final del documento, Iglesias habla de una programación a largo plazo de perfiles políticos (Plan 2020, 41). Para decirlo con José Luis Villacañas, aquí residiría el problema de la vocación de todo político’ [7].

Transversalidad

Pasamos ahora a comentar el documento “Recuperar la ilusión”, propuesto por Íñigo Errejón, Clara Serra, Pablo Bustinduy, y Rita Maestre. En este documento las metáforas importan. Según la clave de lectura que dio el filósofo German Cano, Podemos es como una embarcación que arrancó con un programa que pudo ‘darle una patada al tablero’, pero que ahora se propone la búsqueda de una capitanía que empuje a la embarcación sobre la incertidumbre de los mares [8]. Ese nuevo sailor, para Cano, sería Antonio Gramsci, aunque la idea está también implícita en el documento de Errejón. En efecto, el trabajo de integración y construcción en el documento se hace desde la teoría de la hegemonía en su formulación inspirada por Ernesto Laclau. Al igual que el “Plan 2020”, Errejón asume la autocrítica a la hora de construir el pueblo y dar un paso al frente en Vistalegre II. Los firmantes reconocen que hablar de pueblo con los convencidos de los Círculos es insuficiente, y por eso hace falta agregar a capas mayores, a quienes residen en las zonas rurales, a las mujeres, y a los que están en la brecha. Errejón afirma que es importante abandonar el “resistencialismo” (ser el Partido del anti-establishment) para formar una nueva mayoría capaz de aglutinarse bajo un nuevo sentido común (Recuperar la ilusión, 9).

Pero aquí es donde las similitudes con Iglesias terminan. Errejón dice que no se puede “rebobinar la Historia de España”, por lo que no hay posibilidad de alianzas que hagan perder el tiempo o llevar al desgaste. La tarea del nuevo político es ‘construir un pueblo’. “Construir el Pueblo” es, en efecto, el lema del documento, junto al dispositivo de la “transversalidad”. Aunque a diferencia del diálogo que Íñigo sostiene con Chantal Mouffe, en el documento hay un intento muy depurado por bajar de tono el schmittianismo agonista, moderándolo con un par de menciones dispersas [9]. Si para Iglesias la ‘unidad’ es el vórtice del éxito de un nuevo partido de mayorías, para Íñigo el énfasis recae en la transversalidad.

Conviene volver sobre qué está de fondo en la propuesta de la transversalidad. Al hablar de transversalidad, Errejón busca descentrar la unidad ideológica de la vieja izquierda como sujeto de emancipación. La transversalidad presupone que no hay tal sujeto redentor, y que en las nuevas condiciones sociales solo se consigue ganar políticamente con la construcción de una nueva mayoría. Como ha explicado el filósofo David Soto Carrasco, “la lógica [de la transversalidad] ha permitido a Podemos concretar transversalmente una organización que interpela a diferentes sectores de nuestra sociedad. Le ha dado cinco millones de votos que han permitido abrir una grieta en el muro…” (Soto Carrasco 2016). Pero la transversalidad siempre se nutre de identidades políticas en vibración, encarnadas, y administrables. El problema residiría, como ha visto Alberto Moreiras, en que la transversalidad es inconsistente con la lógica hegemónica [10]. Según Moreiras, la transversalidad en registro hegemónico termina siendo equivalencial en su capacidad estructural [11]. En cambio, lo que llamamos aquí ‘reinvención democrática’ intentaría ofrecer otro mecanismo que no estuviese estructurado con la equivalencia hegemónica que organiza y divide el ‘Pueblo’. Llamémosle a esto poshegemonía. Esta es una modalidad de pensar la reforma política, en un sentido fuerte, sin caer en la tentación de la organización identitaria. En mi réplica al artículo de Soto Carrasco sobre transversalidad sugerí que en realidad los nombres no importan mucho, sino en ‘nombre de qué’ se está hablando [12]. En otras palabras, el problema con la transversalidad es que presume que la identitarización de la lógica hegemónica agota el campo de lo social, cuya lógica maestra permite erigir un nuevo orden de dominación.

La propuesta de la transversalidad de Errejón, sin embargo, es importante en la medida en que facilita otro camino que no es ni el del ‘sujeto verdadero’ de la política convencional de izquierda, ni el de cesarismo carismático basado en la unidad [13]. De modo que solo asumiendo una forma republicana de la inequivalencia es que se puede llegar a la reinvención democrática [14]. Sin lugar a dudas, la transversalidad es el concepto más reiterado en el documento político de ‘Recuperar la ilusión’ a tal punto que hasta el deporte tiene que entenderse como ‘componente’ transversal (Recuperar la ilusión, 34). Esa es la propuesta constructiva, y la seña de identidad de los errejonistas. El corazón propositivo de ‘Recuperar la ilusión’ es doble: la creación de pueblo, y la fortificación de una fuerza de gobierno (Recuperar la ilusión, 18-20). En este nuevo contrato social, se intuye que se debe dar riendas a un momento constituyente exclusivo del constitucionalismo evolutivo:

“Para nosotros la tarea de «construir pueblo» es una tarea cultural, colectiva y desde abajo para generar afectos y esperanzas compartidas, para tejer y terminar con la fragmentación y la soledad. Un pueblo soberano es mucho más que una suma de electores o consumidores: es una comunidad voluntaria y consciente que se dota de instrumentos para una vida mejor. No hay nunca un momento tan fundante, tan fértil y tan revolucionario como el de We the People” (Recuperar la ilusión, 23).

Para ello Errejón se vincula más a una estructura federalista, con mayor compromiso en los municipios, en lugar de la dialéctica Estado-Círculo del “Plan 2020”. Y por esos los actores ejemplares de esta nueva política en curso son las alcaldesas Manuela Carmena en Madrid y Ada Colau en Barcelona. Esto es importante desde el punto de vista de la división de poderes, ya que el federalismo en cuanto proyecto de organización territorial busca atrofiar la concentración de poder. La reforma a la ley electoral que se propone en el documento es, en este sentido, consistente con este diseño (Recuperar la ilusión, 56-58). La fiscalización aparece desplegada también en diseño federal, si bien el documento vendría a ratificar una política de la reta básica universal como condición de una política de democratización equitativa [15].

Por último, es importante notar que Errejón hace una diferencia crucial entre dos tipos de crisis: crisis de estado y crisis de régimen. Según Errejón no hay crisis de estado en España, puesto que hay un orden de derecho, garantías, prensa libre, y división de poderes. Es una postura que está en las antípodas de miradas contemporáneas en la izquierda que siguen homologando el espacio del estado con el orden burgués que se tendría que llevar a la destrucción. El énfasis en la crisis de régimen permite hablar de relevos generacionales al interior de la institucionalidad, sin dar grandes saltos anti-jurídicos ni caer en extremismos. Este giro analítico de ver la crisis, debería entenderse en oposición a quienes defienden una postura asamblearia, o de participación obligatoria y directa, en línea una movilización total [16].

Las últimas páginas del documento destacan el valor de una transformación cultural (Recuperar la ilusión, 60-65). Pero habría que preguntarse, ¿por qué razón una transformación tendría que ser culturalista para lograr las dos tareas propuestas (construir un pueblo y alzar una fuerza de gobierno)? Convendría preguntar ¿por qué se habla de cultura y no de educación en un sentido más amplio? El culturalismo del documento recae en una ambigüedad insoluble. ¿Es el énfasis cultural seña de una textura que quiere hegemonía? Sobre esa trama queremos derivar algunos elementos en nuestra conclusión.

Democracia poshegemónica en el contexto europeo

Aunque hemos visto algunas de las diferencias importantes que distancian teórica y prácticamente las propuestas de Iglesias y Errejón, también hay que explicitar lo que las une: un acuerdo con la teoría de la hegemonía. No es solo una cuestión desde el punto de vista intelectual, esto es, relativa a la pertinencia de la obra de Antonio Gramsci o Ernesto Laclau en las elaboraciones de los documentos, sino que es algo más. Si para Iglesias la ‘unidad’ es un dispositivo de cerrar fila y blindar su liderazgo dentro del partido; la ‘transversalidad’ propuesta por Errejón es una atravesar y dividir el campo de lo social a través de la politización. Visto desde arriba, Iglesias emerge como el líder que cierra el círculo (la figura del cono, que es también como lo propone el pensador Carlos Fernández Liria en su libro En Defensa del Populismo). Y desde abajo, Errejón tira de la transversalidad para armar una articulación que exige la identidad y la diferencia, cuyo costo es la democracia a largo plazo. El gramscianismo humanista contemporáneo en estas dos bifurcaciones solo podrían llevar a formulaciones cortoplacistas. El resultado de su déficit ha sido ya comprobado en el llamado ‘ciclo progresista latinoamericano’, cuya fragilidad no pudo dar riendas de largo plazo a procesos que comenzaron a sentir los efectos de la caída del precio de los commodities en el nuevo ciclo económico global [17]. Si la cartografía latinoamericana fue un tipo ideal para el ascenso de Podemos, ya no puede serlo.

Los tiempos han cambiado. Además, no hay que olvidar que la realidad institucional española es desigual a la porosidad de países como Argentina, Bolivia, o Ecuador donde el momento caliente de la política plebeya coagula condiciones constituyentes. En un momento en el cual la extrema derecha nacionalista ha llegado a decir que busca apropiarse de Gramsci, Podemos necesita pasar a una teoría instituyente y poshegemónica [18]. Esto evidencia que caer en ese juego solo puede llevar a una batalla del más fuerte, donde el populismo nacionalista de derechas (y más ahora con el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos) siempre estaría en condiciones de ganar. Diríamos más: el gramscianismo ya está en procesos de conversión anti-político con Le Pen, Beppe Grillo, o Frauke Petry.

El populismo hegemónico siempre será un atajo y una cuartada entre la política de los afectos y la anti-política, pero no puede garantizar longevidad de una democracia a escala regional o federal, tal y como se espera hoy en el gran espacio europeo. Y si con ‘hegemonía gramsciana’ solo identificamos un flanco ideológico, su postura quedaría reducida al “resistencialismo” denunciado como insuficiente por Errejón en su documento ‘Recuperar la Ilusión’. Hay que dar otro paso. La poshegemonía abre la posibilidad de seguir avanzando en la construcción democrática, deliberativa, y transversal con solidez institucional para articular una gran política nacional y europea. En este sentido, la democracia poshegemónica renuncia a la oferta de la movida populista como el camino más corto para avivar a sociedades atizadas por la tecnocracia, así como por los consensos supra-económicos de la Unión Europea.

El futuro político de Podemos está en el medio de una encrucijada. Por el lado estatal-nacional, tienen que seguir desarrollando una madurez de vocación política capaz de organizar un nuevo consenso social de alcance territorial, y con una voluntad de llegar al poder de mando. Por otro lado, la realidad exige una elaboración compleja con el entramado federal de la Union Europea. Y esto no se puede obviar ni zanjar de manera irresponsable. Por eso las apuestas de contramovimiento democrático son, en un sentido estricto, un plano en el cual Podemos tendría que insertar o al menos entablar un diálogo [19]. Hay que recordar, con Davide Tarizzo, que no hay posibilidad de desprendimiento de la UE que garantice una orientación democrática longeva [20]. Puesto que toda ruptura de la unión, todo desprendimiento de la ‘hospitalidad europea’ federal, solo llevaría a una pauperización de las realidades nacionales, al descenso aun mayor de la calidad de vida, y al brote de las peores pasiones xenófobas o antiinmigrantes en detrimento de la hospitalidad europea.

¿Cómo moverse en ambos registros de comunidad y conseguir un contramovimiento político democrático? Esto es mucho más delicado, ya que hay que recordar que la historia reciente europea no da un salto del estado nación a la Unión Europea, sino desde la crisis imperial a la integración. Aunque ya hoy, la promesa imperial es solo nostalgia que la Francia de Le Pen, la Inglaterra de May, o la Holanda de Wilders jamás podrían cumplir. Esa promesa es solo la trampa para un rumbo que será peor. Si la promesa del populismo de derecha se basa en un pasado orgulloso sin imperio, la promesa del populismo de izquierda es la de una hegemonía sin democracia duradera. Cuando decimos poshegemonía aludimos a la posibilidad concreta de reparar esto último. Si Podemos es una de las posibilidades deseables para una reinvención democrática europea, tiene que dejar atrás la insistencia en la hegemonía como parlante de las grandes mayorías. A Podemos le esperan retos mayores, pero más importante aun se le impone la posibilidad de un new deal al interior de esta segunda globalización. Y nuestro deseo es que estén a la altura.

Notas

*Documentos: Pablo Iglesias. “Podemos Para Todas. Plan2020: ganar al Partido Popular, Gobernar España”. Íñigo Errejon, “Recuperar la ilusión: Desplegar las velas, un Podemos para gobernar”. Pueden ser consultados aquí: https://vistalegre2.podemos.info/documentos/

  1. José Luis Villacañas. “Una historia del poder en España: prácticas, hábitos y estilos políticos”. Seminario en la Fundación Juan March, Marzo de 2014.
  2. Philip Pettit. “Republican reflections on the 15-M movement”. Gabriel Entine y Jeanne Moissand (eds.), Debates en torno al 15-M. Republicanismo, democracia y participación política. Paris: La Vie des Idées, 2011.
  3. Juan Linz. “The Perils of Presidentialism” (Journal of Democracy, 1990, 51-69).
  4. Aunque empiricamente basado en el contexto norteamericano, el trabajo más reciente de Seebel Rahman es crucial para abrir una discusión de los documentos y su alcance para la burocracia fiscal española. Ver, Kan Seebel Rahman. Democracy against domination (Oxford University Press, 2016).
  5. Carolina Bescansa en la Universidad de Princeton: https://podemos.info/carolina-bescansa-expone-en-princeton-las-claves-politicas-y-sociales-de-podemos/
  6. En su importante ensayo “Ética de Estado y Estado pluralista” (1930), Carl Schmitt define la unidad como el grado más intensivo de la diferencia entre amigo-enemigo”: “En verdad lo político sólo designa el grado de intensidad de una unidad. La unidad política puede por tanto tener y abrazar en sí diferentes contenidos. Pero ella designa siempre el grado más intensivo de una unidad, a partir de la cual también se determina la distinción más intensiva, a saber, la agrupación de amigos y enemigos. La unidad política es la unidad suprema, y no porque dictamine todopoderosamente o porque nivele a las demás unidades, sino porque es la que decide y porque puede evitar que dentro de ella todas los demás agrupaciones sociales se disocien hasta la enemistad extrema (esto es, hasta la guerra civil)”. Logos. Anales del Seminario de Metafísica, Vol.44, 2011, p.34.
  7. José Luis Villacañas escribe al respecto: “Integrar a otros políticos profesionales o vocacionales siempre es un mérito en política, desde luego. Pero su eficacia dependerá de si al frente hay un político vocacional en este sentido. Sin embargo, todavía nos queda lo más importante del político vacacional: la responsabilidad en el uso del poder. Para tenerla, y más allá de la pasión, el político vocacional debe ser frío como el témpano y mantener el pathos de la distancia. Pasión ardiente y mesurada frialdad, ese es el complejo psiquismo del político vocacional”. Ver, “Weber y Podemos”. El País, 15 de Enero de 2017.
  8. German Cano. “Podemos, segunda singladura”. El País, 26 de Enero de 2017.
  9. Íñigo Errejón y Chantal Mouffe. Construir un Pueblo: Hegemonía y Radicalización de la Democracia (Icaria, 2016).
  10. Alberto Moreiras. “Comentario a ‘Una patada al tablero’, de David Soto Carrasco”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/18/comentario-a-una-patada-al-tablero-de-david-soto-carrasco-por-alberto-moreiras/. El artículo de Soto Carrasco: http://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/patada-tablero_6_516958335.html
  11. La crítica al principio general de equivalencia aparece en el ensayo de Jean-Luc Nancy Vérité de la démocratie (Galilée, 2008). También ha sido elaborado en relación con la cuestión de la poshegemonía por Alberto Moreiras en “Infrapolitical Action: The Truth of Democracy at the End of General Equivalence” (Politica Común, Vol.9, 2016).
  12. Gerardo Muñoz. “Podemos, ¿en nombre de qué? Transversalidad y Democracia”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/19/podemos-en-nombre-de-que-transversalidad-y-democracia-gerardo-munoz/
  13. Manolo Monereo. “Podemos: el final de la inocencia”. Cuarto Poder, 25 de Diciembre de 2016.
  14. Jorge Álvarez Yágüez. “Breve nota a la transversalidad”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/23/breve-nota-a-transversalidad/
  15. Errejón ha hecho explícito su compromiso con medidas de renta básica universal, incluso por encima de lo que ya se ha acordado recientemente en el Parlamento español. Para un debate contemporáneo sobre el tema, ver Philippe Van Parijs. Basic Income: A Radical Proposal for a Free Society and a Sane Economy (Harvard University Press, 2017).
  16. La propuesta asamblearia o de horizontalismo político, está asociada con el trabajo de activistas sociales como Raúl Zibechi, Raúl Sánchez Cedillo, o Amador Fernández Savater. De este último ver su crítica a la figura política de Iglesias: “Un mundo restringido. Comentario al discurso de Pablo Iglesias”. eldiario, 26 de Octubre, 2016.
  17. Gerardo Muñoz (ed.). “The End of the Latin American Progressive Cycle” (Special Issue). Alternautas Journal (3.1, Julio de 2016). http://las.sites.olt.ubc.ca/files/2016/11/Alternautas_End-of-Progressive-Cycle-Dossier-2016.pdf
  18. Ver, “Okupa Gramsci: la derecha española quiere adoptar al pensador de cabecera de Podemos”, El Confidencial, 24 de Enero 2017. David Soto Carrasco también ha argumentado, en línea con nuestra discusión, un desplazamiento más allá del ‘momento populista’. Ver su artículo titulado “Debates y demandas” (http://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/Debates-demandas_6_554754541.html).
  19. Es aquí donde pudiera someterse a discusión la propuesta de un movimiento de democratización de la zona europea, propuesta por el ex-ministro de economía de Grecia, Yannis Varoufakis (Democracy in Europe Movement 2025). Curiosamente el documento político de Varoufakis, siendo el mismo un economista, es muchísimo menos detallado y directo que los documentos de Errejón e Iglesias que hemos comentado. Giorgio Agamben también ha llamado la atención a la carencia de legitimidad de la UE en su artículo “Que l’Empire Latin contre-attaque!” (Libération, 24 de Marzo 2013).
  20. David Tarizzo. “Después del euro: soberanía nacional y hospitalidad europea”. Res Publica: Revista de Historia de las Ideas Politicas, Vol.18, N.1, 2015. p.125-140. Esta también es la duda que ha notado el constitucionalista Bruce Ackerman en cuanto a la crisis de la UE y el two-tier system. Véase su “Three Paths to Constitutionalism: the Crisis of the European Union” (B.J.Pol.S. 45, 705–714).

El quiasmo en Podemos. Por Alberto Moreiras.

th

Uno de los problemas de aceptar la teoría de la hegemonía como marco exhaustivo del debate es tener también que aceptar lo que Ernesto Laclau llamaba “los fundamentos retóricos de la sociedad,” con sus secuelas inevitablemente sofísticas y antiparrésicas.   El político embarcado en la obsesión de “construir pueblo,” es decir, de construir hegemonía, no puede sino intentar acertar con la expresión que de suelo a un efecto de equivalencia, redefinible como catexis de identificación afectiva.   La retórica impera en esta táctica a expensas de la más sobria voluntad de decir la verdad—no se trata de que el hegemónico necesariamente mienta, sino más bien de que su voluntad de verdad está cruzada inevitablemente por una estrategia de disimulación, en la que lo disimulado es cualquier pulsión no susceptible de catexis identificatoria. El político populista apuesta por la comunidad, nunca por la separación. El espacio político hegemónico es siempre simulacro de comunidad, quizá en la esperanza vaga de que el simulacro se asiente en comunidad auténtica. La separación, como efecto necesario de la palabra verdadera (el que dice solo la verdad lo hace desde su soledad incompartible, desde aquello que en él no es comunitario ni busca catexis), es irreducible a práctica hegemónica o hegemonizante.

Hace unas semanas, cuando empezaba a perfilarse al menos públicamente la confrontación de posiciones entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón que iba a establecer las coordenadas para la reconfiguración del partido en Vistalegre 2, Iglesias le escribe a Errejón, o más bien le escribe al público con Errejón como pretexto de interlocución, una “Carta abierta a Iñigo” (cf. 20 minutos, 12 de diciembre 2016). En ella Iglesias habla de amistad, de “echarse unas risas,” de compañerismo e intimidad, pero se preocupa, dice, porque “quizás eso no dure siempre.”   Iglesias da un paso atrás, dice darlo, y le promete a Errejón que esta su carta pública, su carta abierta, no es la carta de “tu secretario general,” sino que es la carta de “tu compañero y amigo.”   La catexis identificatoria está implícita como propuesta para todo lector de la carta que tenga compañeros y amigos sin tener necesariamente secretarios generales al mando. Ah, qué bien, aquí no habrá autoridad, solo reflexiones íntimas. Eso me decían a mí mis tutores en el colegio, también decían hablar desde la amistad pura, y yo, por supuesto, les creía, cómo no creerles sin traicionar la amistad que yo mismo sentía.

Pero no hay que leer las cartas siempre desde la sospecha, eso está mal entre amigos y compañeros. Iglesias le da unas lecciones fraternales a Errejón, y le dice que se “enorgullece” de seguir siendo su candidato a secretario general, pero que no le es posible aceptar la separación que propone Errejón entre “proyectos y personas.” Esto es claro: si Errejón propone que la candidatura de Iglesias a la secretaría general no será amenazada, Iglesias le avisa con sinceridad amable de que a él le iba a resultar muy difícil, como a todo el mundo, ser el líder de un partido sin mando real, es decir, tener que liderar sobre las ideas y los equipos de otros.   Es perfectamente entendible y lógico. Así que Iglesias invita a Errejón a un “debate fraterno” que permita en última instancia “lograr la mayor integración de todos los proyectos.” Pero, Iñigo, no me pidas “que desvincule mi papel de secretario general de mis ideas.”   Creo que eso es lo esencial en la carta, que termina diciendo “quiero un Podemos en el que tus ideas y tu proyecto tengan espacio, del mismo modo que los de otros compañeros como Miguel y Teresa. Quiero un Podemos en el que tú, uno de los tipos con más talento y brillantez que he conocido, puedas trabajar a mi lado y no frente a mí.” “A mi lado y no frente a mí,” puesto que yo soy el secretario general, y te quiero a mi lado, porque soy generoso, no por debajo, no obedeciendo, no mandando tampoco (no me impongas tus ideas, respétame las mías), sino en tu lugar cabal, en el lugar que corresponde a alguien que no es secretario general y que así no ocupa el papel del líder. Hay líderes, y hay otros que no lo son tanto. Y el lugar natural de los que no lo son tanto en una organización política es al lado de sus líderes, no discutiendo con ellos. Eso manda malas señales, y confunde las catexis de la gente.

Me gustaría analizar la estructura que inmediata e infernalmente se crea a través de esta carta—pero la carta es solo síntoma de un estado de cosas, el estado de cosas hoy en Podemos y en la democracia española, y a ello nos remitimos, con respeto para ambos lados, entendiendo plenamente la enorme dificultad de la política, la dignidad de la política en cuanto actividad humana siempre elusiva en su verdad, siempre notoriamente esquiva.   Errejón reclama—ha reclamado, antes de la carta, como condición de la carta—su derecho a proponer listas a la dirección de Podemos mediante las que se encarne necesariamente una diferencia de ideas en la dirección misma. Errejón reclama un principio de pluralidad en el centro del poder de Podemos, algo perfectamente compatible con la teoría de la hegemonía. Errejón reclama, en otras palabras, que el significante vacío, encarnado en el secretario general, sea realmente un significante vacío, y así susceptible de ser llenado, fantasmática, retórica, ilusoriamente, por una multiplicidad de demandas cuya concreción—es decir, cuya jerarquización, cuya victoria o derrota, cuya significación en cuanto demandas—sería ya harina de otro costal, entregada a negociaciones siempre intensas a partir de la aceptación de que el conflicto es inevitable y siempre irreducible en política, sobre todo en política democrática.  Para que mis demandas sean oídas, Pablo, le dice Errejón, es necesario que tengan la visibilidad adecuada, y eso me obliga a proponer listas alternativas a las tuyas a partir de un conflicto que no podemos negar. Solo quiero que mis demandas estén, no quiero que me desaparezcan, aunque también quiera que tú continues siendo mi jefe, sigas al mando, sigas en el papel que ya otras demandas y sus cadenas de equivalencias te han otorgado, retórica y efectivamente.

E Iglesias le contesta, no menos lógica y razonablemente, que él, aunque sea, en cuanto secretario general, no más que un significante vacío, no puede vivir como significante vacío ni quiere ser significante vacío. Y no le gusta que otros, tú mismo, Iñigo, intenten aprovechar su calidad teórica de significante vacío para convertirlo realmente en un significante vacío, desrealizado, inerte, marioneta de las ideas de otros, y así ya incapaz de, como dice la carta, decir “ciertas verdades como puños,” excepto en calidad de consejero delegado, hablando por otros, como el muñeco del ventrilocuo. Pero entonces esas verdades ya no serán puños, serán simulacro de puños, serán meros artilugios retóricos. ¿Y cómo objetar a esto?

Es un quiasmo.  En el contexto de la teoría de la hegemonía funciona la contraposición entre el que dice su verdad en separación y el que la dice buscando articulación comunitaria.  El quiasmo entre Iglesias y Errejón es que ninguno de ellos puede renunciar a ninguno de esos dos registros, por razones en sí contrapuestas. La articulación retórica comunitaria paraliza y moviliza a Iglesias y la verdad parréstica en separación paraliza y moviliza a Errejón.  Se trama una figura retórica que puede quedar bien en el terreno de la poética, incluso de la poética política, pero que, como todo quiasmo, resulta existencialmente invivible. Ni Errejón puede aceptar el disciplinamiento del silencio—pliégate, Iñigo, no es el momento de imponer tus ideas, nunca será el momento de imponer tus ideas, hasta que seas el líder, olvidémonos de Vistalegre 2 y de la Asamblea Ciudadana, sabes, como lo supiste ya en Vistalegre 1, que la Asamblea Ciudadana es solo un momento más en la estrategia de catexis, en la estrategia de construir hegemonía, y tus ideas pueden jodernos, pueden romper la armonía hegemónica, pueden dividir al pueblo, pueden destruir el aparato—ni Iglesias puede aceptar la mordaza—aguántate, Pablo, tú quisiste ser un hiperlíder mediático, quisiste construirte como jefe solo en aras de tu capacidad retórica, de tu carisma parlante, aténte a eso, no trates de tapar la proliferación de ideas y propuestas, no trates de tapar las mías, la Asamblea Ciudadana es un momento necesario en la estrategia de catexis, y tus ideas pueden jodernos, pueden romper la armonía hegemónica, pueden dividir al pueblo, pueden destruir el aparato.

La situación—sostenerse en el quiasmo es existencialmente invivible, no ya para Errejón e Iglesias, sino para todos los inscritos en Podemos, que no encuentran forma de conciliar las posiciones pero saben que los votos que decidan serán votos que separen, saben que la situación tiene arreglo imposible, que solo la victoria de unos decidirá la derrota de otros, pero que la victoria será pírrica, y la derrota no será definitiva—no se zanja con “documentos políticos.”   El lector tanto de “Recuperar la ilusión,” que es la propuesta del equipo de Errejón, como de “Plan 2020,” que es la propuesta redactada por Iglesias, puede leer entre líneas diferencias que son solo administraciones de énfasis, variaciones retóricas sobre temas similares, y lo que queda es una difusa sensación de incompatibilidad fantasmática, es decir, no basada en ningún desacuerdo explícito, tangible.   La retórica misma, por los dos lados, busca unidad, y lima las diferencias, que quedan referidas solo al mayor predominio de buscar transversalidad en “Recuperar la ilusión” o de buscar unidad en “Plan 2020,” pero de forma que todos entienden como políticamente precaria, puesto que ni la transversalidad ni la unidad se consiguen en los documentos, sino en la práctica política cotidiana.

¿No es hora, ya, de dar un paso atrás, y de considerar que, si los presupuestos teóricos que han sostenido el curso de Podemos han llevado a este impasse, es hora de cambiar los presupuestos teóricos? Cuando uno no puede resolver un problema, conviene estudiar el problema, y cambiar sus coordenadas.   En ese sentido, me gustaría proponer solo dos cosas:

  1. Ni Pablo Iglesias es un significante vacío ni debería permitirse jugar a serlo. La figura del lider sostenida en la teoría del significante vacío produce el impasse de Podemos.  Iglesias debe renunciar a su auto-mantenimiento como líder de Podemos en aras de su carisma mediático, hoy maltrecho por otro lado. Si Iglesias ha de seguir siendo secretario general, que lo sea porque gana en votos, sin más consideraciones, sin más dramas, sin más creación artificial de ficciones teóricas insostenibles.  Iglesias debe aceptar su verdad como sujeto político y renunciar a su autorrepresentación primaria como significante vacío y receptor de deseo.  De esa manera podrá volver a tener “amigos y compañeros” y no más bien sumisos o insumisos.
  1. Y Errejón debe aceptar que ninguna transversalidad sustantiva es compatible con la teoría de la hegemonía, que la disuelve en equivalencia.   La transversalidad es la apuesta por un populismo an-árquico, a-verticalista, en el que la figura del líder no tiene más consistencia que la del gestor de los intereses de sus votantes. La ruptura posthegemónica–y esa es en el fondo la deriva de Errejón desde las elecciones de junio de 2016–es necesariamente la renuncia a la articulación retórica comunitaria como horizonte primario del discurso político.  La transversalidad reconoce la separación como condición constitutiva del discurso político.  Errejón ya está en ello, pero le falta recordar que no hay transversalidad si la transversalidad se afirma solo para ser mejor capturada en recuperación comunitaria.

Quizás sea necesario esperar a la emergencia de un Podemos anarco-populista, posthegemónico, antiverticalista.   Todo el programa real de Podemos podría potenciarse fuertemente desde esos presupuestos.   Es la teoría de la hegemonía la que crea el impasse presente. Veremos qué pasa la semana que viene, aunque la votación ya ha empezado.   Modestamente, como mero inscrito, sin militancia, imagino que será más fácil esa recomposición teórica a partir de la victoria de las listas de Recuperar la ilusión.

Good riddance! Apuntes sobre Marranismo e Inscripción. (Sara Nadal-Melsió)

Marranismo e Inscripción (Escolar y Mayo, 2016) traza un itinerario en tres estadios, cada uno marcado por efectos narrativos de sujeto que se descomponen en cada uno de sus tramos, como huellas borradas: la autobiografía/autografía intelectual, la entrevista-conversación, el ensayo teórico, la lectura interesada. En su centro aparece un dispositivo y un cálculo en los que el pensamiento se narra como huida para terminar convertido, en su tránsito por la escritura, en causa y razón, en militancia incluso. La autografía, la escritura como inscripción, permite a Moreiras, permutar la narrativa de un sujeto académico plenamente interpelado por la institución por una práctica de lo propio desde su afuera. Su propuesta se nos presenta como una táctica de apropiación de lo que se mantiene externo a la institución: la existencia y su facticidad, lo absolutamente singular en su contingencia.

Así la escritura de propio, el autografismo del marrano, se externaliza para convertirse en herramienta de transmisión no circunscrita ya ni a la enseñanza ni al saber; enfrentada a la producción de consenso a la que tiende el aparato académico y a su reducción de la transmisión a enseñanza, saber y disciplina. La institución no puede interpelar a lo propio, en tanto lo propio es un ejercicio de singularidad que no pertenece a la narrativa de sujeto. Lo propio funciona en el texto como un enigma estructurante. Moreiras es el enigma y el no-sujeto que se escribe frente a nuestros ojos mientras se descose como académico, como miembro de la institución y acatador de sus leyes.

Lo que transmite aquí Moreiras es la fidelidad a una idea impersonal que excede al sujeto. Se trata de un cálculo que está ahí desde el principio como intuición y que sólo puede vivirse como error o falta. Diría incluso que esa impersonalidad está en el centro de la tragedia académica a la que se alude como trauma del sujeto. La academia solo acepta y produce sujetos plenamente interpelados, todo lo demás simplemente no existe. En ese sentido es una estructura schmittiana de gobierno, no solo de amigo/enemigo, sino de sujeto y no-sujeto. El no-sujeto de lo impersonal no tiene cabida en su seno pero es también justamente el exceso impersonal lo que sobrevive a su tragedia, a la pérdida del cobijo académico y su producción de identidades.

Esta impersonalidad, anclada en el centro de un texto personalísimo, reclama un más allá de la voz que nos habla, nos cuenta y reflexiona sobre su insomnio, su desenganche del sujeto académico y de su falso cobijo. Maurice Blanchot tenía muy claro que escribir equivale a pasar de la primera a la tercera persona. Y esa tercera persona es también el lugar que Roberto Esposito describe como “la vela alucinada del insomnio” en Tercera persona: política de la vida y filosofía de lo impersonal. Cito:

“…no el yo que vela en la noche, sino la noche que vela dentro del yo despojándose de su rol de sujeto, de su identidad de persona, de su capacidad de imputación. Un acontecimiento, llegado desde afuera y dirigido hacia fuera, que se sitúa en un nivel completamente exterior respecto a la esfera personal de la conciencia.” (Esposito, 187).

El insomnio que acecha el subtítulo de Marranismo e inscripción: ‘Más allá de la conciencia desdichada’ alude a una escena originaria en la que la pérdida es aún solo eso. La lucha agónica y especular entre la primera y la segunda persona de “Mi vida en Z”, su tragedia, queda a lo largo del texto definitivamente desplazada en favor de una tercera persona que es a la vez singular y plural, ya que se relaciona con el mundo a través de su diferencia y nunca de su identidad interpelada. La solución está no solo en asumir la pérdida sino en celebrarla. El proceso no es reversible porque la lógica ternaria es irreducible ya a la binaria. No hay vuelta atrás: adiós a la conciencia desdichada. Good riddance!

El dispositivo teórico de Marranismo e inscripción demanda una estructura triple, liberada finalmente del agonismo trágico del diálogo a dos bandas (la lucha a muerte entre el tú y el yo que la institución demanda). A mi personalmente este dispositivo me recuerda un poco a la passe lacaniana, que es también la inscripción de la voz de la tercera persona, un salto de la tragedia a la política de la comedia, a su picaresca, a su ‘make-do’ con lo dado. Así, la relación central del texto, la relación entre vida y pensamiento, bios y logos, deja también de ser binaria una vez aceptamos que ni la una ni la otra coinciden con la subjetividad y sus trampas. La vida pensante que ejerce el “moralismo salvaje” propuesto por Moreiras solo puede ser impersonal, cómplice con la facticidad del mundo y su exterioridad.

En la textualidad misma de Marranismo e inscripción se produce otra no coincidencia, esta vez entre la letra y la voz, la aporía en la que texto se instala. El desborde producido por la voz propia amenaza con descoser la continuidad de la letra y su capacidad de construir una opción de lenguaje subjetiva. La singularidad de la voz es un índice de su exterioridad: la voz es siempre otra. Y escuchar la voz en la letra es desdoblar su identidad y su identificación monológica. La voz es siempre marrana y la cuestión es cómo sostener esa tonalidad en el acto de la escritura. Es ahí donde la picaresca de la voz de Alberto actúa como soporte de su marranismo, como antídoto a la institucionalización de su escritura.

Asimismo, asumir el accidente del marranismo (el “no querer estar nunca allí donde lo ponen”, 49) es un acto de voluntad política y una entrada en un mundo más allá del yo que demanda la incorporación de lo ajeno como propio. Se trata pues de un acto retroactivo que señala la extraversión como momento de inflexión; inscripción que transmuta la necesidad en elección, lugar al que sólo se llega después de pasar por el desierto y verse de bruces enfrentada a lo que no es “ni inagotable ni subsumible” (Moreiras, 56): la existencia como resto y como supervivencia. Algo que convierte a la precariedad de la superviviente, que sabe bien de la fragilidad del sujeto como cobijo, en condición voluntaria desde la que iniciar un ergon propio. Una práctica de no-sujeto que ponga a trabajar el tiempo exterior de la existencia, su singular facticidad, la de una vida no intercambiable con ninguna otra.

 

*Position Paper read at book workshop “Los Malos Pasos” (on Alberto Moreiras’ Marranismo e Inscripción), held at the University of Pennsylvania, January 6, 2017.

‘Chasing the hare with the ox, swimming against the swelling tide’: Towards a Posthegemonic Institutionality. (Gerardo Muñoz)

*(Paper read at the workshop “Left Behind: The Ends of Latin America’s Left Turns”, held at Simon Fraser University, December 5, 2016. Organized by Jon Beasley-Murray.)

In an important moment of Alberto Moreiras’ new book Marranismo e inscripción (2016) we read: “La sospecha de no ser lo suficiente correctos en política, con todo el misterio terrífico que esa determinación tiene en la academia [norteamericana], pesó siempre sobren nuestras cabezas como una grave espada de Damocles y todavía pesa…” (Moreiras 125). It might be a good ocassion to say upfront that the waning of the progressive cycle in Latin America will most likely revive old affective demands and well-known pieties that the Left never affords to give up. Someone will be blamed for the broken plates, and the burden of those “left behind”. But this moment should be seized to think not what ‘politics’ should or must do (in Latin America and beyond), but rather how to think politics in what already is taking place. Or to question if perhaps the political today amounts to nothing more than what Arnaut Daniel said of the poet: “[He] chases the hare with the ox, swims against the swelling tide”. Can the paralysis of politics be something other than hunting or resistance?

As this 2016 comes to a close, we have witnessed a series of drawbacks in the political landscape of Latin America: from the outcome of the referendum in Bolivia to the electoral victory of Mauricio Macri’s PRO in Argentina, not to speak of Dilma Rousseff parliamentary impeachment in Brazil. There has been other lesser-known events, although no less disturbing, such as Roxana Pey’s arbitrary dismissal as First President of Universidad de Aysén by the current Chilean Minister of Culture after proposing a debt free and non-corporate public education. The sense of ‘exhaustion’ is at the thicket of the progressive cycle and has only deepened in the last two years, although this prognosis is more than just a motto of ‘ultra-leftistism’. Recently, high profile figures of the so-called Pink Tide governments have also voiced a sense of political stagnation and defunct space to reignite the original rhythm that took place at the turn of the century.

Just about a week ago, in a conversation that took place at Columbia University between philosopher Étienne Balibar and Vice-President of Bolivia Alvaro Garcia Linera, the latter stated that we are now in turbulent times where no horizon is in clear sight. It might be true that the unsettling remark might have partly been influenced in the wake of Fidel Castro’s death as the symptom of Latin American Left’ symbolic orphanhood, although Castro died far from leaving a relevant political legacy. I think many will agree that the guerrilla warfare, the Partido Único, or the concept of ‘struggle’ plays no role in the future of the Latin American Lefts. Yet such announcement from the Vice-President of the Bolivian Plurinational State seems to put to a halt the deep political conviction for transformation that he himself theorized in a wide range of orienting categories such as ‘creative contradictions’, ‘planetary ayllu’, or ‘communist horizon’.

The deficiency of a visible political vista means that we are in times of interregnum; a time when the modern epochality is left behind and a new one that has yet to materialize. The interregnum describes an extraneous temporality that fissures the antinomies of architectonics of modern politics – autorictas and potestas, constituent and constituted power, legitimacy and legality – carrying the very economy between thought and action in a threshold of indeterminacy. At the closure of epochality we are obliged to rethink once again the limits of the Latinamericanist conditions of reflection in light of the contemporary transformation of the space or object of knowledge that we call Latin America. A few years ago, John Beverley made an attempt to propose a new paradigm in his Latinamericanism after 9/11 (2011) under the preliminary notion of post-subalternism, which he defined as an alliance between subaltern and the new progressive State:

“The question of Latinamericanism is, ultimately, a question of the identity of the Latin American state…I would like to suggest here an alternative that is post-subaltenrist, ‘post’ in the sense that it displaces the subaltenrist paradigm but is also a consequence of that paradigm in that it involves rethinking the nature of the state and of the national popular from the perspectives opened by subaltern studies. …This possibility has a double dimension: how can the state itself be radicalized and modified as a consequence of bringing into it demands, values, experiences from the popular subaltern sectors, and how, in turn, from the state, can society can be remade in a more redistributive, egalitarian, culturally diverse way (how hegemony might be constructed from the state, in other words). (Beverley 110-116)”.

The post-subalternist option largely depends on the temporalization of the State-people alliance, which leaves pressing questions relative to State form and patterns of accumulation untouched, or any excess that disrupts the culturalist consensus at the heart of every hegemonic articulation. The problem that arises from this specific conceptual design is that with the rise of the New Rights, which continue to operate on the basis of the expansion of social inclusion through consumption, the hegemony of a ‘non-State that acts as a State’ (another way through which Beverley defines postsubalternism), will be set to accomplish two simultaneous tasks: on the one hand, contain and polish the heterogeneity or savage dimension of ‘the people’ into the metaphoricity of national-popular representation; while on the other, reducing the State’s structures and institutions to the management of geopolitical processes and rent distribution. In a rather counterintuitive way, the post-sulbanternist option reenacts the decionism from the instrumentalization of the state as the exception to post-sovereign capital in the name of the people.

At the same time, facticity is now fully post-subalternist, but for the opposite reasons as those imagined by Beverley: hegemony’s de-hiearchization and economic administration convergences with the neoliberal general equivalent as real subsumption of capital renders hegemonic politics obsolete for substantial change. Ultimately, post-subalternist alliance curbs posthegemonic temporal intrusion, which forces a relentless displacement of its object of identification to disregard the constitutive tragic repetition of the fissure in its closure.

Post-subalternism is an attempt to reawake the specter of hegemony from the ruins of the political: from the inside it stands politics of subjectivization by the State, and from the outside, as a metapolitical form of order (katechon) to detain internal social explosion (Williams 61).

In recent years the post-subalternist paradigm has been somewhat displaced by what I have called elsewhere a ‘communal or communitarian turn’ (Muñoz 2016). Raquel Gutierrez Aguilar, a key thinker of communal horizontalism and also the author of the influential book Los ritmos de Pachakuti: Movilización y levantamiento indígena-popular en Bolivia (2008), at the end of last year conjured a radical turn towards the “communal” as the site for a new political program. In a more urgent tone, Huascar Salazar Lohman in Se han adueñado del proceso de lucha (2015) defines the position as following:

“Lo relevante es afirmar que la transformación heterogénea y multiforme que emerge de los entramados comunitarios implica la capacidad de dar forma a su reproducción de la vida social, trastocando, trans-formando o reformando la propia forma de la dominación…La manera en que los entramados comunitarios enfrentan al capital es a partir de vetos que permiten conservar, establecer, o restablecer relaciones sociales para reproducción la vida. En este sentido, el telos o el horizonte de deseo que media la lucha comunitaria es el despliegue de su propia forma de reproducir la vida, es decir, ampliar su capacidad de formación” (Salazar Lohman 35).

For both Gutierrez Aguilar and Salazar Lohman, the communitarian horizon requires breaking away from the dichotomy of civil society and State in order to relocate the temporal vitality of an autonomous re-production of life and the re-appropriation of that which the state has expropriated from communal property. However, if the communitarian form is not determined a priori by domination and capital, why is the emancipatory potential of the communitarianism emphasized solely on the basis of re-appropriation of what is valorized in the State? Salazar Huascar himself provides the answer to us when alluding to Bolivar Echevarria’s reconceptualization of the notion of use-value as yielding something like an inner exception within the logic of exchange. Communitarism, then, re-translates use-value as locational propriety.

Ironically, this is not very different from Álvaro Garcia Linera’s own attempt to “restore the communal (ayllu), against the logics of subsumption, through a re-functioning of culture and democracy and the recent juridical-political attempting to contain the ‘cunning of capital’ as it imposes its logics through its others…” (Kraniauskas 48). Although it seems the polar opposite of Huascar’s position, Garcia Linera’s instrumentalization of the communitarian through use-value mediates an indianization of the subject of social emancipation in the ‘community form’” (Kraniauskas 48). In fact, communitarianism ends up offering yet another exceptional particularism legitimized by the normative assumption of propriety and properness via-a-vis collective decision-making ( as ‘participacion directa y obligatoria’), and an alternative biopolitics of the ‘reproduction of life’ (reproducción de la vida). Communitarianism as a locational politics of resistance is already contained in the State’s shadow of community use-value, which is inverted on behalf of communitarian decisionism.

A similar paradox is at the heart of Diego Sztulwark and Veronica Gago’s essay that expands the temporality of the ‘end’ of the Latin American progressive cycle from below. On the one hand, they note that neoliberalism runs parallel to constituting a governmentality from above, and is also “inextricably linked to popular consumption, apparatuses of indebtness, and new forms of violence” as two dynamics that permute and sustain one another” from below (Gago & Sztulwark 610). While discerning the spectral dimension of contemporary flexible capital, they immediately move on to claim that it is on this plane where new counter-powers are transformed, modes of weaving together a resistance and a set of practical actions for political efficacy… (Gago & Sztulwark 612). However, counter-hegemonic subjective vitalism is already captured by the plasticity of financial subjectivization. Thus, this new vitalism framed solely as resistance only lifts political imagination to the domain of stasis or civil war already taking place in the territories, in which the struggle for subsistence takes the form of a neo-Francicanism eschatology (minimal relation to propriety) immanent to the financial subaltern bodies.

I would like to suggest that the two reflexive options sketched above, that of a post-subaltern state and the particular communitarian horizon, coincide in fashioning a politics of resistance after the closure of hegemonic principles. At the same time, the failure of hegemonic theory in the region is in this sense neither accidental nor limited to the temporalization of the so-called progressive cycle, since it also characteristic of the phenomenology of the originary fissure in the State form over the last two hundred years.

Hegemony or hegemon as an ultimate ontology of the political constitutes itself as a phantasm, which following Reiner Schürmann, denies the tragic dimension of the singular, translating norms and legislating laws in the name of its own sovereign principle. A phantasm is hegemonic when an entire culture relies on it as if it provided that in the name of which one speaks and acts. Such a chief-represented (hêgemôn) is at work upon the unspeakable singular classifying, inscribing, and distributing proper and commonality (Schürmann 22). In this sense, communitarianism and state hegemony are not just contending procedures of political decisionism, but more importantly, the two poles of a same structure waged on life as ultimate referent.

This is why, according to Schürmann, there is a “kind of joy of violent submission to it. Perhaps the intoxication they wish for us, or that we wish for ourselves through them” (Schürmann 29). To the extent that is waged on life, there has always been hegemony, although only as a phantasmatic economy to flatten and systematically erase the time of the tragic, whenever it appears to interrupt and ascend into the political principle. This is the time of the singular that is neither reducible to a subject in the eventfulness of history (a movement, a people or a multitude), nor a cultural schematization of identity and difference.

The challenge for thought is necessarily post-hegemonic, which I define as the potentiality for institutionalization of the tragic (singularity) in the anomic epoch of neoliberal administration. It is no coincide that both communitarian and hegemonic options define themselves against institutions, and they both respond to the moment of crisis of political epochality. A reformulation of an institutional form can mediate the ever-present pendulum movement that oscillates from neoliberal deregulation to the populist anti-institutionalism and back. But it so happens that populism does not posses a theory of institutionality, therefore is in no condition of providing a strategy to cope with the movement of the pendulum (Villacañas 2016). Since populism is always a decision on a concrete existential situation, it always remains attached to the perpetuity of the state of crisis as a decision made on and for life (understood in the Greek sense of krisis as judgment). As such, populism is the temporality of expropriation, and its process of abstractation into finite demands coincides with the money form (general equivalent) that structures the contemporary financial body of the living.

In the introduction to their edited volume Left Turns (2010), Beasley-Murray & Cameron & Herschberg noted that “if the Latin American states are to survive their current crisis of legitimacy they then need to be better funded, more efficient, and more reflexive of public preferences…the entire political class confronts the challenge of refunding the Latin American State” (Cameron & Herschberg 6). This was the promise and the stakes .Since then, the Latin American Progressive Cycle’s extreme presidencialism led to the withering of institutionalization making it easier for an accelerated restructuring of the State’s institutions by the New Rights technocrats. As the populist interpellation between friend and enemy evaporates in each political cycle, the price to be paid is life as thetic communitarian identity formation or as counter-hegemonic biopolitical vitalism. Constitutional scholar Bruce Ackerman alerts in his The Decline and Fall of the American Republic (2010) that the expansion of the powers of the ‘most dangerous branch’ (executive) effectively prepares the ground for an ominous neoliberal anti-institutionalization. This is what lurks in United States’ political future after the President-elect Donald Trump, and more generally, what haunts the spatial configuration of every western state’s void of legitimacy.

A posthegemonic institutionality for post-hegemonic times seeks the thinking of another relation with the political that is not reducible to the principle of a hegemonic phantasm as the oblivion of its own excess to equivalence. But perhaps more importantly here is how to think a posthegemonic institutional form that that would break away from the indeterminate concrescence of law as always already short-handed for internal exceptionality in order to redirect and put in motion the temporality of development. Thus, a posthegemonic institutionality will thrive to move beyond a notion of interruption or an insurrectionary moment dispensed in the phantasm of hegemony.

How can we imagine a form of life instituted not only in its irreducibility to the movement of vital ‘rhythm’, but in the arrival of the day after, when the last lights have gone off, after everyone has returned home, and mobilization gives way to demobilization? In his book on the Spartacist uprising, Furio Jesi says that the ‘decisive day of freedom’ is that which takes place the day after tomorrow, in which the time of living is not exhausted in life or death (Jesi 134). The crucial distinction here is a temporal one: living against life or death.

To institutionalize not life in the frame of biopolitics or communitarism, constituent power as passage to constituted power, but a destituent time of the living. The day after tomorrow is posthegemonic demobilization as distance from political ontology and its conversion into metapolitical community. Only by institutionalizing the temporality of an improper singularity could something like an inequivalent and ungraspable form of democracy and radical freedom could be conceived as the new truth in and beyond politics.

Bibliography

Ackerman, Bruce. The Decline and Fall of the American Republic. Boston: Harvard University Press, 2010.

Beverley, John. Latinamericanism after 9/11. Durham: Duke University Press, 2011.

Cameron, Maxwell & Herschberg, Eric. Latin America’s Left Turns: Politics, Policies, and Trajectories of Change. Boulder: Reinner Publishers, 2010.

Gago Verónica & Sztulwark Diego. “The Temporality of Social Struggle at the End of the “Progressive” Cycle” in Latin America”. SAQ, 115:3, July 2016.

Kraniauskas, John. “Universalizing the ayllu”. Radical Philosophy, 192, July-August, 2015.

Moreiras, Alberto. Marranismo e inscripción. Madrid: Escolar & Mayo, 2016.

Muñoz Gerardo (ed.). “The End of the Latin American Progressive Cycle” (dossier). Alternautas (3.1, July 2016). http://las.sites.olt.ubc.ca/files/2016/11/Alternautas_End-of-Progressive-Cycle-Dossier-2016.pdf

Salazar Lohman, Huascar. “Se Han adueñado del proceso de lucha”: horizonte comunitario-populares en tensión y la reconstitución de la dominación en la Bolivia del MAS. La Paz: autodeterminación, 2015.

Schürmann, Reiner. Broken Hegemonies. Bloomington: Indiana University Press, 2003.

Villacañas, José Luis. Populismo. Madrid: La Huerta Grande, 2015.

.
Williams, Gareth. “Los límites de la hegemonía”. Poshegemonía: el final de un paradigma de la filosofía política en América Latina (Castro Orellana, ed.). Madrid: Biblioteca Nueva, 2015.

Life During Wartime: Eleven Theses on Infrapolitics

RACAL

“Life During Wartime: Infrapolitics and Posthegemony”
(with a coda of eleven theses on infrapolitics)

Presented at the III Seminario Crítico-Político Transnacional
“Pensamiento y terror social: El archivo hispano”
Cuenca, Spain
July, 2016

Why stay in college? Why go to night school?
Gonna be different this time.
Can’t write a letter, can’t send a postcard.
I can’t write nothing at all.
–The Talking Heads

In what is no doubt the most famous theorist of war’s most famous claim, Carl Von Clausewitz tells us that “war has its root in a political object.” He goes on: “War is a mere continuation of politics by other means. [. . .] War is not merely a political act, but a real political instrument, a continuation of political commerce, a carrying out of the same by other means” (119). There is, then, for Clausewitz an essential continuity between war and politics; they share the same rationality and ends. And this notion has in turn led many to think of politics, reciprocally, as a form of warfare. The German theorist Carl Schmitt, for instance, defines politics in suitably martial terms as a clash between “friend” and “enemy”: “The specific political distinction to which political actions and motives can be reduced is that between friend and enemy” (The Concept of the Political 26). Moreover, this invocation of the term “enemy” is scarcely metaphorical. Schmitt argues that “an enemy exists only when, at least potentially, one fighting collectivity of people confronts a similar collectivity” (28), and he further qualifies the particular type of enmity involved in political disagreement in terms of classical theories of warfare: the political enemy is a “public enemy,” that is a hostis, as opposed to a “private enemy.” He quotes a Latin lexicon to make his point: “A public enemy (hostis) is one with whom we are at war publicly. [. . .] A private enemy is a person who hates us, whereas a public enemy is a person who fights against us” (29).

Likewise, the Italian Marxist Antonio Gramsci also calls upon the language of warfare to describe political activity, which he classifies in terms of the “war of manoeuvre” by which a political party bids for influence among the institutions of so-called civil society, and the “war of movement” when it is in a position to seek power directly from the state. Indeed, the notion of an essential continuity between armed violence and civil dispute informs Gramsci’s fundamental conception of “hegemony,” which characterizes politics in terms of a combination of coercion and consent, the attempt to win or secure power alternately by means of force or persuasion. War is politics, politics is war: the basic goals and rationale are the same, we are told. It is just the means that are different.

Keep reading… (PDF document)

eleven theses on infrapolitics

  1. Infrapolitics is not against politics. It is not apolitical, still less antipolitical.
  2. There is no politics without infrapolitics.
  3. It is only by considering infrapolitics that we can better demarcate the terrain of the political per se, understand it, and take it seriously.
  4. The interface between the infrapolitical and the political cannot be conceived simply in terms of capture.
  5. Only a fully developed theory of posthegemony can account properly for the relationship between infrapolitics and politics.
  6. Infrapolitics corresponds to the virtual, and so to habitus and unqualified affect.
  7. The constitution (and dissolution) of the political always involves civil war.
  8. Biopolitics is the name for the colonization of the infrapolitical realm by political forces, and so the generalization of civil war.
  9. But neither politics nor biopolitics have any predetermined valence; biopolitics might also be imagined to be the colonization of the political by the infrapolitical.
  10. None of these terms–politics, infrapolitics, biopolitics, posthegemony–can have any normative dimension.
  11. Hitherto, philosophers have only sought to change the world in various ways. The point, however, is to interpret it.

Interregnum and worldliness: on Sergio Villalobos-Ruminott’s Heterografías de la violencia. (Gerardo Muñoz)

Heterografias de la violencia 2016Sergio Villalobos-Ruminott’s Heterografías de la violencia: historia nihilismo destrucción (La Cebra, 2016) is, at first sight, an assorted compilation of fifteen programmatic essays. Mostly written during the last decade or so, these texts attend to a wide range of theoretical specificities, such as the baroque and performative violence, imperial reason and contemporary literature, sovereign-exception law and flexible capitalist accumulation. It is to Villalobos’ merit that none of these issues are restituted to academic knowledge production or leveled out as a selection of “hot topics” within the neoliberal marketplace. As in his prior Soberanías en suspenso: imaginación y violencia en América Latina (La Cebra, 2013), what is at stake, far from erecting the edifice of a ‘critical theory’ aspiring to fix the limits of reflection – as postulated in “sovereignty” “nihilism” or “destruction” – is the composition of a constellation that circumnavigates the vortex of the general horizon of the philosophy of history and the university machine.

In some way, Heterografías is auxiliary to Soberanías en suspenso, but not in the parasitical sense of amending or filling previous generalities. This new collection pushes thought beyond the specificity of the insular ‘Chilean scene’, providing for the indeterminacy of the logic of sovereignty as the arcanum of both interruption and continuity of the philosophy of the history of capital in Latin America. This is not to say that in Soberanías en suspenso the ‘local Chilean scene’ operated self-referentially as the archive for the reassertion of a cultural investigation. In the prior book, the Chilean scene is understood as a paradigm, in the sense of a singular relation to the singular, which Heterografías converts into a topical ensemble that interrogates the displacements, variations, and narratives of principial Latinamericanist reason from both nomic and anomic spatial formations.

Heterografías resists positing a new metaphorization of history, as well as yet another ‘political theory’ for what Latinamericanists identify as the object of “Latin America”. Although Villalobos does not thematize it as such, his book is full-fleshed post-Latinamericanist, and the reason is not just because it moves and weaves through the Schmitt-Kojeve debate on geopolitics and colonialism to the politics of the baroque and Catholic imperial katechon; from Latin American literature (Borges, Lamborghini, Perlongher) to debates on memory and indexing (Richard, Didi-Huberman, Segato). It is post-latinamericanist because it challenges the university praxis that administers, organizes, and provides for a linguistic transculturation to a post-katechontic ground that is today insufficient except as onto-theology and reproduction of cliché.

On the other hand, one also appreciates Villalobos’ minimal gesture of displacement of Latinamericanism not as a mere abandonment of the Latinamericanist object – which amounts to another exception, another distance with the object of desire, or its mere dis-placement – but as an otherwise relation that is not regulated by what Moreiras has called the ‘pleasure principle’ at the heart of hegemonic investment of the Latinamericanist intellectual [1]. A post-Latinamericanism, thus is necessarily posthegemonic to the extent that:

“…no se trata de elaborar una ‘mejor crítica’ de lo real ni de desenmascarar el carácter ideológico de un programa en competencia, sino de debilitar la misma lógica “fundamental” que estructura el discurso moderno universitario…. desistir del nihilismo en nombre de un pensamiento que no puede ser reducido a un principio hegemónico de producción de verdad y de saber. La post-hegemonía de la que estamos hablando, no es solo una teoría regional destinada a evidenciar los presupuestos de la teoría política contemporánea, sino también la posibilidad de establecer una relación no hegemónica entre pensamiento y realidad. Ubicarnos en esa posibilidad es abandonar el discurso de la crítica de la denuncia y particular de una práctica de pensamiento advertida de las fisuras y trizaduras que arruinan a la hegemonía como principio articulador del sentido y del mundo” (Villalobos 36).

What is offered to radical “destruction” is the principle of sovereignty that, as Villalobos painstakingly labors to display, is always already an-archic and indetermined. If according to Reiner Schürmann, the principle (archē) is what structures and accounts for the ground of presencing in any given epochality; Villalobos bears witness to the an-archic instance of every form of apparatus (literature, geopolitics, the national-popular, ethnicity, war, neoliberalism, etc.) that seeks to ground itself through principial formation, as both origin and commandment. In this way, the ‘history of metaphysics’ is not taken here as a teleo-phenomenological compression reducible to the very hyperbolic presencing of mere principles, but as a folding process that transforms the critique of metaphysics to that of its apparatuses. This has radically consequences, since it is no longer a debate about the university regime of knowledge production, or about the co-belonging between the destruction of metaphysics and the metaphysics of destruction, but rather: “…como concebir el carácter moderna y prosaico de las prácticas históricas, ya no investidas con un secreto transcendental, sino que constituidas como aperiódica radical de de-sujeción” (Villalobos 136).

The gesture does not wish to open a second order of exteriority to thought (whether geopolitically or subject-oriented), but a practice of the “non-subject” within the interregnum that lends itself to the radical historicity beyond the historicism of its apparatuses. The interregnum highlights the radical dislocation between philosophy and history, disinhibiting the categorial determinations that attest to its in-determinacy (Villalobos 145). By putting emphasis on the indeterminate character of violence, Villalobos is also indicating the flexibility and modality of effective law in every specific historical instance [2]. Thus, to amend the anomic status of the interregnum is always already to fall a step forward into nihilism and its epochal structuration of the given conditions. This is the instinct of all hegemonic principial incorporation as a pastoral or geopolitical formation. Heterografías consistently points to the folds that open to a potential constellation of singulars as an otherwise of experience de-contained from the duopoly philosophy-history and the cunning of capital (Kraniauskas).

As such, Heterografías advances the destruction of three transversal lines that feed the apparatuses of the philosophy of the history of capital in the interregnum: sovereignty, war, and accumulation. It is not the case that these lines have their own autonomy, historical foundation, or even ‘substance’. Rather, these folds that act as an assemble that partition and make up what I am willing to call the Latinamericanist exception in its metamorphosized transformations that aggregate knowledge, practices, and discourses. To dwell otherwise on the interregnum entails precisely to ‘free the lines’, as Deleuze & Guattari’s proposed in A Thousand Plateaus, crisscrossing the modalities of war (in times of peace or what Villalobos calls pax Americana); sovereignty (as still rendered in the katechontic determination of the State and fictive ethnicity); and accumulation (as an always ‘ongoing appropriation and expropriation’ from modernization processes to neoliberalist dispossession).

The scene of the interregnum as traversed by the flexible pattern of accumulation (Williams 2002) is a baroque scene. Not so much ‘baroque’ in the literary or even pragmatic sense that seeks to provide agency to subaltern informal workers in the Latin-American peripheries, but as a modal process that counteract the dynamic of sovereignty while re-inseminating a heterogeneous (heterographic) processes of violence at the heart of the common political experience [3]. The baroque also dramatizes the fissure of finitude that could put a halt to the sovereign exception. To this end, the critical gesture during times of interregnum is to abandon first principle of action, whether as purely conservationist katechon, or as immanentization of the eschatology. Villalobos calls for a third option, which is infrapolitical relation with the worldliness and the mundane freed from exclusion-inclusion logic. In an important moment in his essay on Kojeve and the geopolitical philosophy of history, Villalobos writes:

“Faltaría pensar la no-relación entre el ni-amigo-ni-enemigo, lo neutro blanchotiano, que se des-inscribe del horizonte sacrificial de la tradición política occidental, esto es, de una cierta tradición política asociada con el principio de razón, con la comunidad y la amistad, como decía Derrida, o del sujeto, como dice Alberto Moreiras, apuntando a una dimisión no afiliativa ni fraternal, no principial ni fundacional, sino infrapolítica” (Villalobos 92).

Infrapolitical relation is given as a promise that retains freedom of life during the time of the interregnum against all apparatuses of capture and conversion (it is no by accident that the marrano figure appears a few times through the book in decisive ways). How can one participate in conflict without necessarily open to war? How could one instantiate exchange without reproducing the principle of equivalence? How could there be a relation between literature and politics beyond representation and the productionist aesthetic institution and the literary canon? The potential to render thought otherwise, profanes every articulation of the apparatus allowing for a political exigency in the interregnum: an infra-political relation with the political, which brings back democracy to its post-hegemonic site. It is in this sense that Heterografías it is not a book disconnected from the “political practices” or what the althusserians call the material “conjuncture”. On the contrary, the task is achieved through a reflexive gesture that attends to every singular determination of the ‘ongoing accumulation’ that exceed the libidinal and memorialist investments in Marxian locational archives [4].

The purpose is to avoid a calculable relation with the conjuncture as always already shorthanded for hegemony, will to power, ‘movement of movements’, subjection, etc.; as to de-capture the radical historicity no longer ingrained in History’s metaphoricity. This is why Borges, the a-metaphorical thinker, disseminates Heterografías at various key moments juxtaposing politics and imagination and undoing the master-theory for political movements that always speak in the name of ’emancipation’. (The fall of Brodie in Borges’ short-story is the absolute comic negation of the Pauline’s militant conversion at Antioch).

As already specified in Soberanías, the threshold of imagination becomes the task for intra-epochal (interregnum) experience. Imagination, of course, does not point to an anthropological faculty of humanity, the prevalence of a sensible component over reason as in Kant, or a new intellect that as post-universitarian is able to secure a new site for prestige. Imagination is a preparatory relay for a turbulent de-formation of the apparatuses in to a common universality of singulars. Villalobos does not deliver a general theory of imagination, since imagination is already what we do as a form of dwelling, in the course of every form of life. I would like to un-translate Heterografías in these terms not because imagination remains the unsaid in every practice of destitution as what always escapes identity, equivalency, or the friend-enemy relation. But then, is imagination the outside of nihilism?

Imagination accounts for the heterographic processes that are flattened out by the master concepts that capture and dispense principial thought. In this sense, imagination is not reducible to the institution of literature or culture, but inscribes a singular relation with language; the possibility of speaking in the name of that which lacks its proper name [5]. The fact that today everyone speaks in the name of something it is the most visible asymptotic of the fall into technical nihilism. On the contrary, imagination is always the potentiality to speak for a minor people that interfere with the grammar of grand politics. In the last chapter “Crítica de la accumulation”, the site of imagination is the necessary metaxy for an otherwise politics of contemporary Latin America:

“En última instancia, se trata de pensar los límites históricos de la imaginación política latinoamericana, misma que necesita trascender la nostálgica identificación con una política reivindicativa y radicalizar su vocación popular en una suerte de populismo salvaje, que no se orienta heliotrópicamente a la conquista del poder del Estado, para una vez allí, disciplinar a las masas. Un populismo sin Pueblo, pero con muchos pueblos, heterogéneos y contradictorios, con una énfasis insobornable en los antagonismos y no en las alianzas, en las figuraciones catacréticas y disyuntivas…En suma, un populismo post-hegemonico…” (Villalobos 228).

The political mediation insofar as it is post-hegemonic ceases to dominate in the principial totality where life and the social, as based on fictive identity, coincide or collapse unto each other. This post-hegemonic populism cannot be said to be one at odds with institutions, or merely just cultural or charismatic supplement. Villalobos seems to be opening here the question of a distinctive form of law that would require imagination, not heterographic violence; attentiveness to singularity, and not another politics of the subject. How could one think a law that exceeds the citizen and the exception? Is it not isonomy – as the principle of the integral movement towards citizenship – what hinders and captures political life over its heterographic excess? Could one imagine a law that is consistent with democracy as the self-rule of a minor people, of a people without history, a savage people, inhabiting the true state of exception?

The answers to these questions are not to be found in Heterografías de la violencia. Villalobos-Ruminott has made a striking effort to sketch a set of common objectives, tasks, nuances, exigencies, and considerations for the possibility of critical thought (in the deleuzian sense) against the grain of interregnum’s anomie. The task is immense, even when its transparent language is deceiving: to open a fissure of worldliness (mundanidad) in preparation for a savage democracy to come; enabling the conditions for a way of thinking that is not oblivious to the production of violence within the ongoing accumulation that unfolds and whitewashes the present.

 

 

 

Notes

  1. Alberto Moreiras. “Poshegemonía, o más allá del principio del placer“. Poshegemonía: el final de un paradigma de la filosofía política en América Latina. Madrid: Biblioteca Nueva, 2015.
  1. It is in the quasi-concept ‘effective operation of law’, where Villalobos comes nearest  to Yan Thomas’ studies on the juridical flexibility of law. See his Les opérations du droit (EHESS, 2011).
  1. I am thinking here of Veronica Gago’s recent book La razón neoliberal: economías barrocas y pragmatica popular (Tinta Limón, 2015) which seeks to render a micropolitical form of neoliberalism from below deploying the concept of ‘baroque’ to ‘express’ its emancipatory and empowering dynamic in the informal sector. For Villalobos, on the contrary, informal economy is not an exception to the visible form of accumulation, but its flexible difference in the age of an-archic capital. The baroque is not a given instance for “emancipation” or “subjective agency”, but where sovereignty becomes dramatized in its most extreme degree: “Es decir, necesitamos pensar el barroco como una problematización de la filosofia de la historia del capital, con una interrupción que trastoca la especialización del atemporalidad propia de la metafísica moderna y más específicamente, de su correlato, política, la versión liberal-contractualista del orden y del progreso social” (78).
  1. “Diría que hay, al menos, dos formas de confrontar este problema; por un lado, la posibilidad de repensar el marxismo, Marx y sus diversas apropiaciones, según su historia, sus filologías y tradiciones, para determinar la “verdadera” imagen de Marx, hacerle justicia a su corpus, exonerarlo de los excesos de la tradición y traerlo al presente según una nueva actualidad. Por otro lado, sin renunciar a un horizonte materialista y aleatorio, la posibilidad de elaborar una crítica de la acumulación….” (215).
  1. Giorgio Agamben. “In nome di che?” Il fuoco e il racconto. Rome: nottetempo, 2014.

Podemos, ¿en nombre de qué? Transversalidad y Democracia. (Gerardo Muñoz)

En el artículo “Una patada en la mesa”, publicado el pasado 17 de Mayo, el pensador David Soto Carrasco pone sobre la mesa dos estrategias fundamentales para acercarnos sobre lo que viene acechando a la política española (aunque para los que estamos interesados en pensar la política más allá de un caso nacional, España es solamente un paradigma de la tarea central para el pensamiento político). Primero, Soto señala, contra los críticos convencionales tanto de la derecha como de la izquierda, que el nuevo acuerdo entre Podemos-Izquierda Unida no es una radicalización ultraizquierdista de la nueva fuerza política de Pablo Iglesias. Y segundo, sugiere que el nuevo acuerdo tampoco es un “acto de resistencia” en el sentido de una mera filiación para mantenerse a flote en la escena de la política nacional.

Soto Carrasco nos dice que se trata de un acto político de madurez que convoca a la ciudadanía española a través de una táctica de transversalidad. La alianza con Izquierda Unida, de esta manera, no estaría implicada en arribismo hegemónico, sino en nuevas posibilidades para “dibujar líneas de campo” y enunciar otras posiciones por fuera del belicismo gramsciano (guerra de posiciones). Soto Carrasco le llama a esto “sentido común”, pero le pudiéramos llamar democracia radical, o bien lo que en otra parte he llamado, siguiendo a José Luis Villacañas, deriva republicana. Conviene citar ese momento importante del artículo de Soto Carrasco:

“En política, la iniciativa depende fundamentalmente de la capacidad de enunciar tu posición, la posición del adversario pero también de definir el terreno de juego. Si se quiere ganar el partido, no solo basta con jugar bien, sino que hay que dibujar las líneas del campo. Dicho con otras palabras si se quiere ganar el cambio hay que recuperar la capacidad de nombrar las cosas y redefinir las prioridades. Generalmente esto lo hacemos a través de lo que llamamos sentido común. Para ello, la izquierda (como significante) ya no es determinante” [1].

El hecho que los partidos políticos y sus particiones ideológicas tradicionales estén de capa caída hacia el abismo que habitamos, es algo que no se le escapa ni al más desorientado viviente. Contra el abismo, el sentido común supone colocar al centro del quehacer de la política las exigencias de una nueva mayoría. Pero esa gran mayoría, en la medida en que es una exigencia, no puede constituirse como identidad, ni como pueblo, ni como representación constituida. La gran política no puede radicarse exclusivamente como restitución de la ficción popular bajo el principio de hegemonía.

En los últimos días he vuelto sobre uno de los ensayos de Il fuoco e il racconto (Nottetempo 2014) de Giorgio Agamben, donde el pensador italiano argumenta que justamente de lo que carecemos hoy es de “hablar en nombre de algo” en cuanto habla sin identidad y sin lugar [2]. La política (o el populismo) habla hoy en nombre de la hegemonía; como el neoliberalismo lo hace en nombre de la técnica y de las ganancias del mercado, o la universidad en nombre de la productividad y los saberes de “campos”. Hablar desde el mercado, la universidad, o el gobierno no son sino un mismo dispositivo de dominación, pero eso aun no es hablar en nombre de algo. Agamben piensa, en cambio, en un habla abierta a la impotencia del otro, de un resto que no se subjetiviza, de un pueblo que no se expone, y de una lengua que no llegaremos a entender. El mayor error de la teoría de la hegemonía es abastecer el enunciado del ‘nombre’ con fueros que buscan armonizar (en el mejor de los casos) y administrar el tiempo de la vida en política.

Por eso tiene razón José Luis Villacañas cuando dice que el populismo es política para idiotas (Agamben dice lo mismo, sin variar mucho la fórmula, que hoy solo los imbéciles pueden hablar con propiedad). Podríamos entender – y esta sería una de las preguntas que se derivan del artículo de Soto Carrasco – el dar nombre, ¿desde ya como función política que abandona la hegemonía, y que contiene en su interior el rastro poshegemónico? ¿No es ese “sentido común” siempre ya “sentido común” de la democracia en tanto toma distancia de la hegemonía como producción de ademia? Si la democracia es hoy ilegítima es porque sigue dirigiendo las fuerzas de acción propositiva hacia la clausura del significante “Pueblo” en nombre de un “poder constituido”.

En este sentido estoy de acuerdo con Moreiras cuando dice que la poshegemonía “nombra” la posibilidad de cualquier posible invención política en nuestro tiempo [3]. Es una brecha del pensamiento. Lo que siempre “nombramos” nunca habita en la palabra, en el concepto, o en prefijo, sino en la posibilidad entre nosotros y la potencia de imaginación para construir algo nuevo. Y eso es lo que pareciera constituir el olvido de los que permanecen enchufados a la política de la hegemonía, o la hegemonía como siempre reducible de una manera u otra a la política.

Soto Carrasco propone una transversalidad entendida como “principio político y nueva cultura política”. Y esto, nos dice, es lo decisivo para un nuevo rumbo y renovación de la política. La transversalidad es momento y estrategia de invención de las propias condiciones de la política real, y por eso necesariamente se escapa al orden de la hegemonía o del doblez en “Pueblo”. ¿Qué tipo de transversalidad? ¿Y cómo hacerlo sin volver a dibujar un mapa de alianzas políticas y sus digramacionoes de poder, siempre en detrimento del orden institucional y de la división de poderes? Fue esto lo que en buena medida limitó y finalmente llevó a la ruina y agotamiento la capacidad de ascenso del progresismo en América Latina durante este último ciclo histórico de luchas más reciente [4]. La transversalidad no puede ser alianza meramente con fines electoralistas o populistas de un lado u otro péndulo del poder.

A la transversalidad habría que superponerla con su suplemento: una segmentariedad inconmensurable, poshegemónica, y anti-carismática. Como lo ha notado recientemente José Luis Villacañas, quizás varíen las formas en que aparezca el lenguaje: “Es posible que lo que yo llamo republicanismo no sea sino la mirada de un senior de aquello que para alguien jóvenes es populismo…” [5]. Pero si las palabras y los términos fluctúan (siempre son otros para los otros), lo único que queda es la pregunta: ¿en nombre de qué?

Más allá de la palabra o el concepto, la política que viene tendría que estar en condición de hablar-se en nombre del fin de la hegemonía y la identidad. Solo así sus nombres del presente podrían ser democracia poshegemónica, populismo, comunismo del hombre solo, transversalidad, institucionalismo republicano, o división de poderes…

 

 

 

Notas

  1. David Soto Carrasco. “Una patada al tablero”. http://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/patada-tablero_6_516958335.html
  1. Giorgio Agamben. Il fuoco e il racconto. Nottetempo, 2014.
  1. Alberto Moreiras. “Comentario a ‘una patada al tablero’, de David Soto Carrasco. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/18/comentario-a-una-patada-al-tablero-de-david-soto-carrasco-por-alberto-moreiras/
  1. Ver, “Dossier: The End of the Progressive Cycle in Latin America” (ed. Gerardo Muñoz, Alternautas Journal, n.13, 2016). Ver en particular la contribución de Salvador Schavelzon sobre las alianzas en Brazil, “The end of the progressive narrative in Latin America”. http://www.alternautas.net/blog?tag=Dossier
  1. José Luis Villacañas. “En La Morada”: “Es posible que lo que yo llamo republicanismo no sea sino la mirada propia de un senior de aquello que para alguien más joven es populismo. La res publica también provoca afectos, como el pueblo, aunque puede que los míos sean ya más tibios por viejos. Su gusto por las masas es contrario a mi gusto por la soledad. Yo hablo en términos de legitimidad y ellos de hegemonía; yo de construcción social de la singularidad de sujeto, y ellos de construcción comunitaria; yo de reforma constitucional, y ellos de conquistas irreversibles; yo de carisma antiautoritario, y ellos de intelectual orgánico. En suma, yo hablo de Weber y ellos de Gramsci, dos gigantes europeos. Es posible que una misma praxis política permita más de una descripción. Es posible que todavía tengamos que seguir debatiendo cuestiones como la de la fortaleza del poder ejecutivo, algo central hacia el final del debate. En realidad yo no soy partidario de debilitarlo, sino que sólo veo un ejecutivo fuerte en el seno de una división de poderes fuerte.” http://www.levante-emv.com/opinion/2016/05/17/morada/1418686.html

Is communitarianism a substitute for State-University discourse? (Gerardo Muñoz)

Julian Velez Bolivia 2015

As we witness the exhaustion of the Latin American progressive cycle, it is obvious that new demands emerge for thought. What began more than ten years ago in Venezuela, Ecuador, and a little later in Argentina and Bolivia, has now come to a full close. Concretely, this signifies a halt in the processes of democratization in the region. It also entails the need to think new categories, demand imagination to other possible configurations, and abandon principles that have been subsumed into the ‘duopoly’ of market-State formulation [1].

If the last decade was characterized by democratization through consumption, this could well mean that the Latin American plebs will now consume less, will party only part-time under surveillance, and will have to reimagine themselves otherwise (even if it is around a Coca-Cola late at night in the villa). The runfla lives (the lives of the marginalized, of the popular sectors, the villeros, etc.) will have to regain the time of life, which is the time of the commons in consumption.

Out of the many concepts that circulated in the ‘Universidad Posible’ Conference (generously organized by Willy Thayer & Raul Rodriguez Freire) that took place in Santiago (April 18-21) it was that of ‘the commons’ which had intellectual political purchase to ‘invert’ and transform the waning of progressive political structuration, now in the hands of right-wing administrative governmentality. But the idea or concept of ‘commons’ was in itself ambivalent: on one hand, the ‘idea of the commons’  (it is always an idealistic affirmation) thrives on the general horizon of resistance from below, but on the other, it necessarily feeds off the crystallization of the crisis of hegemonic articulation.

This resonated in the phrase that Eduardo Rinesi repeated throughout the four days of the conference: ‘let us not forget that something has happened all these years in Latin America’ (“recordemos que algo ha venido pasando en América Latina”). On one hand, this introduced the experience of someone implicated in a progressive State apparatus, but on the other, this was also an implicit response to those who called for radical suspension of university epochality [2].

But what is that that has happened (in Latin America)? In any case, what happened must remained silenced, and merely evoked. The event cannot be given its proper weight, its semantic density, and its full hermeneutic dis-closure. Perhaps, because what has happened is democratization, but also (now) the crisis of democratization. In other words: in the time of the ruin of hegemony proper, there is a decline and trans-formation into its other, the shadow of post-hegemony as translated and incorporated against the time of democracy. Hegemony flows back as time past to avoid its spectral present.

More importantly, that ‘that which has happened’ provides for political verisimilitude that guarantees specificity of location, which is also a guarantee of the political. But in its closure, it also unveils a temporality of the past. A past that cannot assume the present, and when it tries to do so, it renders a telic result of what has already taken place. In this variation of university discourse, thought is incorporated into the prison of consequential necessity of time. It has happened, but it must remain outside of the now. If according to a maxim of the Russian poet Joseph Brodsky, the prison is maximum time with minimum space; university discourse is maximum past with minimum present. In the carceral reflection on the university in time of crisis, thought itself enters prison with no possibility for parol.

It is at this point where the communitarian option emerges from below as co-substantial with the crisis of democracy. In fact, its demand appears as its supplement that affirms time present of horizontal an-institutionalization with the ‘something has happened’ of partial (interrupted) democratic life. Communitarism becomes a safety-vowel to recast hegemony form from below in the crisis of hegemony form. Thus, communitarianism is a necessary supplement of hegemony to keep its ground intact.

It is in this double movement – between hegemony of the effectual past and the localization of the movement in the present – where something like a crisis of university discourse could be located in the Latin American intellectual reflection when confronted with the inevitable sinking progressive cycle in the region. This movement is full stasis in a double sense: it provides balance and form to principal (intellectual) reflection, and it also guards the conflict between fracture of institutional hegemony and immanentization of hegemony translated into community.

Can the Latin American crisis assume the form of a political plebeization to save itself? What is the time for a plebeization of the university? This was the question posed by Oscar A. Cabezas against reflexive modalities of political closure or the substantialization of the political (as stasis) into thinking the present [2]. Plebeization becomes a possible horizon when it demands the integration of the unity of conflict. But the turn to a communitarian unity of intellect must first posit political struggle as a primary antagonism of the friend-enemy divide, as Luis Tapia forcefully argues [3]. In fact, this is the argumentative core in Tapia’s Universidad y Pluriverso (2014), an inverse but affirmative schmittianism.

Plebeization (a term that interestingly Tapia himself does not deploy) organizes the time of the ‘future’ as a way to govern the present, in the name of forgetting the singular. Or is plebeiazation an invisible remainder of what is always taking place? Or is it a dirty eschatology for post-katechontic times? In both cases, the ‘something has happened’ and the ‘immanentization of the ultimate struggle’ amount to a dual machine of a particular historical fabric that, in the face of the fissures the political, is unable to see the open.

 

 

 

Notes

*Image: Popular procesion after Tiwanaku, by Maria Alejandra Escalante & Julian Velez, 2015. (Do not reproduce without their permission).

.

  1. The duopoly of State and market was thematized by Gareth Williams following Brett Levinson’s Market and Thought: Meditations on the Political and Biopolitical (Fordham, 2004).
  2. Moreiras referred the a-positional ‘ex-universitatis’, Villalobos-Ruminott a suspension of the principle of equivalence, whereas I called for a ‘postunivesity form beyond community’. Rodrigo Karmy’s averroism against ‘epistemic personhood’ was also consistent with these positions. These were all rehearsals for an infra-university, as Williams called it.
  3. Oscar A. Cabezas. “Los intelectuales y la universidad norteamericana”. (Paper read at Universidad Posible Conference, 2016).
  4. Luis Tapia’s Universidad y Pluriverso (2014). The reference to Schmitt’s concept of the political is thematized explicitly in Tapia’s essay.