Entrevista a Bruce Ackerman en CTXT. Por Gerardo Muñoz.

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Esta  semana entrevisto al Prof. Bruce Ackerman (Yale University) para el medio español ctxt. Reconocido como uno de los constitucionalistas más importantes en los Estados Unidos, Ackerman es autor de dieciocho libros, entre los que destacan su serie We The People, en tres volúmenes, un trabajo monumental que reconstruye el desarrollo histórico del constitucionalismo del país, el cual propone una interpretación del ‘espíritu de vivencia’ de la Constitución norteamericana contra la exégesis originalista y el centralismo de las cortes. Recientemente en España se ha publicado el primer volumen, bajo el título We The People: Fundamentos de la Historia Constitucional Estadounidense (Traficantes de sueños, 2015). Conversamos sobre Trump, Podemos, y las posibilidades para la reinvención de una agenda progresista para el siglo veintiuno. Leer la entrevista aquí.

¿Qué significa la unidad post-Vistalegre II? Por Luis Villacañas de Castro.

No es lo mismo perder que quedar sentenciado. Si bien era previsible que el errejonismo perdiese en Vistalegre II, no era necesario que quedase sentenciado. A mi entender, esto último sucedió a partir del momento en que la palabra coreada por los asistentes (la que acabó cifrando el mensaje oficial del congreso) fue “unidad” y no “diversidad”. Creo que la diversidad sería lo propio de quienes se tratan, a pesar de todo, como aliados. De haber reclamado diversidad, los asistentes a Vistalegre II hubiesen lanzado un mandato al ganador para que integrase al aliado que quedaba por debajo. Porque la diversidad se organiza, forzosamente, en torno al que pierde, o de lo contrario no habría posiciones diversas que conservar. La unidad, en cambio, sólo puede tener como eje al ganador (sería un contra-sentido crear unidad alrededor del perdedor). Al corearla, el pabellón de Vistalegre II no sólo aclamaba ya al Secretario General, sino que enviaba un claro mensaje a aquéllos que habían acabado siendo su alternativa: dimitid o sumaos a la corriente ganadora, pero no cuestionéis su proyecto. Sólo así podrían evitar ser enemigos internos.

Ahora queda entender en qué va a consistir esta unidad. Permitid que me acerque al tema de una manera indirecta.

Creo que alguien ya lo dijo alguna vez: cuando miramos las fotografías trucadas del estalinismo, sin duda ocurre algo raro. Las más frecuentes son aquéllas en las que Stalin se va quedando solo a medida en que antiguos dirigentes y compañeros de fatigas van desapareciendo de su lado. Donde antes había un grupo (por lo general, retratado en blanco y negro) al final sólo existe Stalin (en ocasiones, a todo color). Pero el raro fenómeno al que me estoy refiriendo no es éste, sino el siguiente: cuando uno mira estas imágenes con atención, no puede sino percibir que los rasgos de los desaparecidos permanecen, de alguna manera, en la cara del Stalin que queda. No sé si se trata de una modificación real, de un efecto simbólico o de un mero automatismo del recuerdo, pero es imposible ignorar esta sensación. Por medio de un proceso que Zizek a buen seguro asociaría con la dialéctica de Hegel, Stalin parece incorporar de forma vampírica al menos un rasgo físico de cada uno de los individuos que fue borrando de su lado, sobre la foto y en la realidad.

Así, la desaparición de un hombre con bigote se traduce, en la figura de Stalin, en un renovado vigor de su mostacho. Y cuando desaparece un dirigente más joven, es Stalin quien entonces aparece más lozano y, además, copiando su peinado. En la última foto de una famosa serie, el gran líder ya aparece solo, tras haber convertido a tres camaradas en fantasmas, y se muestra a pleno color y plenamente humanizado. Parece una oruga que, tras una ardua metamorfosis, se hubiese convertido en mariposa. Sin duda, se trata de una experiencia singular.

La función política y propagandística de todo ello era obvia: promover la visión de que el gran líder lo hizo todo y, además, sin ayuda. Ni siquiera en los buenos tiempos hubo diversidad, y precisamente por eso el discurso oficial podía decir que tampoco hubo enemigos internos. Como lo prueban las fotos, Stalin siempre estuvo solo. Lo verdaderamente interesante, sin embargo, es que, al adoptar los rasgos de aquéllos que va derrotando, Stalin no sólo rescribía el pasado sino que lograba lo más difícil: que el ojo de quien miraba no echase de menos el cambio. Pues parte de los rostros que el observador busca al aproximarse a la foto los encuentra, de alguna forma, incorporados e integrados en el rostro de Stalin. Aunque sabe que ocurre algo raro, el observador ve sus expectativas parcialmente satisfechas y se convence a sí mismo de que aquello que falta jamás estuvo verdaderamente ahí. Así que debió ser verdad: Stalin lo hizo todo y, demás, sin ayuda. Así se reparaba la unidad simbólica que había quedado dañada al acabar con los aliados del pasado.

No traigo a colación esta práctica propagandística para hablar sobre purgas. Esto sería de mal gusto e improcedente. Lo único que pretendo es sugerir por dónde creo que va a ir la futura unidad de Podemos, ahora que la diversidad ha sido derrotada. Pues, si Iglesias es el líder maquiavélico que quiere ser, entonces, a partir del lunes, hará exactamente lo que decía Errejón que había que hacer, pero sin Errejón ni el errejonismo. Lo de menos es que estos últimos se queden o se marchen, se suman o dimitan. Porque el equipo de Iglesias va a vampirizar su discurso para que el errejonismo pierda su razón de ser, presente, pasada y futura. No sólo se les va a derrotar sino que les va a expropiar el suelo que los mantenía en pie. Los mismos que ayer gritaban convocando a la lucha en las calles de la clase obrera no van a tardar ni dos días en abrazar la moderación discursiva y la transversalidad. De pronto, va a haber unidad hasta en el pasado, cuando Iglesias recuerde que él desde siempre fue transversal (y es cierto que en algún momento lo fue; como cierto es que de pronto dejó de serlo, ahora sabemos con qué cálculo).

Lo más paradójico de todo es que este viraje hacia un errejonismo sin errejonistas se habrá hecho gracias al apoyo interno de la militancia más pablista, la cual, empachada de victoria, tardará algún tiempo en entender lo que está pasando. A saber: que Iglesias se ha apoyado en ellos para sentenciar aquello a lo que, a partir de ahora, se acabará pareciendo. Tras sentenciar la Transversalidad como alternativa (tras proteger su flanco derecho), asumirá su discurso para crear su propia unidad simbólica.

Hasta ahora el argumento ha sido paradójico. Pero me temo que será trágico a partir de ahora, cuando se descubra que todo este proceso ha sido catastrófico desde el punto de vista electoral.

Podemos, ¿en nombre de qué? Transversalidad y Democracia. (Gerardo Muñoz)

En el artículo “Una patada en la mesa”, publicado el pasado 17 de Mayo, el pensador David Soto Carrasco pone sobre la mesa dos estrategias fundamentales para acercarnos sobre lo que viene acechando a la política española (aunque para los que estamos interesados en pensar la política más allá de un caso nacional, España es solamente un paradigma de la tarea central para el pensamiento político). Primero, Soto señala, contra los críticos convencionales tanto de la derecha como de la izquierda, que el nuevo acuerdo entre Podemos-Izquierda Unida no es una radicalización ultraizquierdista de la nueva fuerza política de Pablo Iglesias. Y segundo, sugiere que el nuevo acuerdo tampoco es un “acto de resistencia” en el sentido de una mera filiación para mantenerse a flote en la escena de la política nacional.

Soto Carrasco nos dice que se trata de un acto político de madurez que convoca a la ciudadanía española a través de una táctica de transversalidad. La alianza con Izquierda Unida, de esta manera, no estaría implicada en arribismo hegemónico, sino en nuevas posibilidades para “dibujar líneas de campo” y enunciar otras posiciones por fuera del belicismo gramsciano (guerra de posiciones). Soto Carrasco le llama a esto “sentido común”, pero le pudiéramos llamar democracia radical, o bien lo que en otra parte he llamado, siguiendo a José Luis Villacañas, deriva republicana. Conviene citar ese momento importante del artículo de Soto Carrasco:

“En política, la iniciativa depende fundamentalmente de la capacidad de enunciar tu posición, la posición del adversario pero también de definir el terreno de juego. Si se quiere ganar el partido, no solo basta con jugar bien, sino que hay que dibujar las líneas del campo. Dicho con otras palabras si se quiere ganar el cambio hay que recuperar la capacidad de nombrar las cosas y redefinir las prioridades. Generalmente esto lo hacemos a través de lo que llamamos sentido común. Para ello, la izquierda (como significante) ya no es determinante” [1].

El hecho que los partidos políticos y sus particiones ideológicas tradicionales estén de capa caída hacia el abismo que habitamos, es algo que no se le escapa ni al más desorientado viviente. Contra el abismo, el sentido común supone colocar al centro del quehacer de la política las exigencias de una nueva mayoría. Pero esa gran mayoría, en la medida en que es una exigencia, no puede constituirse como identidad, ni como pueblo, ni como representación constituida. La gran política no puede radicarse exclusivamente como restitución de la ficción popular bajo el principio de hegemonía.

En los últimos días he vuelto sobre uno de los ensayos de Il fuoco e il racconto (Nottetempo 2014) de Giorgio Agamben, donde el pensador italiano argumenta que justamente de lo que carecemos hoy es de “hablar en nombre de algo” en cuanto habla sin identidad y sin lugar [2]. La política (o el populismo) habla hoy en nombre de la hegemonía; como el neoliberalismo lo hace en nombre de la técnica y de las ganancias del mercado, o la universidad en nombre de la productividad y los saberes de “campos”. Hablar desde el mercado, la universidad, o el gobierno no son sino un mismo dispositivo de dominación, pero eso aun no es hablar en nombre de algo. Agamben piensa, en cambio, en un habla abierta a la impotencia del otro, de un resto que no se subjetiviza, de un pueblo que no se expone, y de una lengua que no llegaremos a entender. El mayor error de la teoría de la hegemonía es abastecer el enunciado del ‘nombre’ con fueros que buscan armonizar (en el mejor de los casos) y administrar el tiempo de la vida en política.

Por eso tiene razón José Luis Villacañas cuando dice que el populismo es política para idiotas (Agamben dice lo mismo, sin variar mucho la fórmula, que hoy solo los imbéciles pueden hablar con propiedad). Podríamos entender – y esta sería una de las preguntas que se derivan del artículo de Soto Carrasco – el dar nombre, ¿desde ya como función política que abandona la hegemonía, y que contiene en su interior el rastro poshegemónico? ¿No es ese “sentido común” siempre ya “sentido común” de la democracia en tanto toma distancia de la hegemonía como producción de ademia? Si la democracia es hoy ilegítima es porque sigue dirigiendo las fuerzas de acción propositiva hacia la clausura del significante “Pueblo” en nombre de un “poder constituido”.

En este sentido estoy de acuerdo con Moreiras cuando dice que la poshegemonía “nombra” la posibilidad de cualquier posible invención política en nuestro tiempo [3]. Es una brecha del pensamiento. Lo que siempre “nombramos” nunca habita en la palabra, en el concepto, o en prefijo, sino en la posibilidad entre nosotros y la potencia de imaginación para construir algo nuevo. Y eso es lo que pareciera constituir el olvido de los que permanecen enchufados a la política de la hegemonía, o la hegemonía como siempre reducible de una manera u otra a la política.

Soto Carrasco propone una transversalidad entendida como “principio político y nueva cultura política”. Y esto, nos dice, es lo decisivo para un nuevo rumbo y renovación de la política. La transversalidad es momento y estrategia de invención de las propias condiciones de la política real, y por eso necesariamente se escapa al orden de la hegemonía o del doblez en “Pueblo”. ¿Qué tipo de transversalidad? ¿Y cómo hacerlo sin volver a dibujar un mapa de alianzas políticas y sus digramacionoes de poder, siempre en detrimento del orden institucional y de la división de poderes? Fue esto lo que en buena medida limitó y finalmente llevó a la ruina y agotamiento la capacidad de ascenso del progresismo en América Latina durante este último ciclo histórico de luchas más reciente [4]. La transversalidad no puede ser alianza meramente con fines electoralistas o populistas de un lado u otro péndulo del poder.

A la transversalidad habría que superponerla con su suplemento: una segmentariedad inconmensurable, poshegemónica, y anti-carismática. Como lo ha notado recientemente José Luis Villacañas, quizás varíen las formas en que aparezca el lenguaje: “Es posible que lo que yo llamo republicanismo no sea sino la mirada de un senior de aquello que para alguien jóvenes es populismo…” [5]. Pero si las palabras y los términos fluctúan (siempre son otros para los otros), lo único que queda es la pregunta: ¿en nombre de qué?

Más allá de la palabra o el concepto, la política que viene tendría que estar en condición de hablar-se en nombre del fin de la hegemonía y la identidad. Solo así sus nombres del presente podrían ser democracia poshegemónica, populismo, comunismo del hombre solo, transversalidad, institucionalismo republicano, o división de poderes…

 

 

 

Notas

  1. David Soto Carrasco. “Una patada al tablero”. http://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/patada-tablero_6_516958335.html
  1. Giorgio Agamben. Il fuoco e il racconto. Nottetempo, 2014.
  1. Alberto Moreiras. “Comentario a ‘una patada al tablero’, de David Soto Carrasco. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/18/comentario-a-una-patada-al-tablero-de-david-soto-carrasco-por-alberto-moreiras/
  1. Ver, “Dossier: The End of the Progressive Cycle in Latin America” (ed. Gerardo Muñoz, Alternautas Journal, n.13, 2016). Ver en particular la contribución de Salvador Schavelzon sobre las alianzas en Brazil, “The end of the progressive narrative in Latin America”. http://www.alternautas.net/blog?tag=Dossier
  1. José Luis Villacañas. “En La Morada”: “Es posible que lo que yo llamo republicanismo no sea sino la mirada propia de un senior de aquello que para alguien más joven es populismo. La res publica también provoca afectos, como el pueblo, aunque puede que los míos sean ya más tibios por viejos. Su gusto por las masas es contrario a mi gusto por la soledad. Yo hablo en términos de legitimidad y ellos de hegemonía; yo de construcción social de la singularidad de sujeto, y ellos de construcción comunitaria; yo de reforma constitucional, y ellos de conquistas irreversibles; yo de carisma antiautoritario, y ellos de intelectual orgánico. En suma, yo hablo de Weber y ellos de Gramsci, dos gigantes europeos. Es posible que una misma praxis política permita más de una descripción. Es posible que todavía tengamos que seguir debatiendo cuestiones como la de la fortaleza del poder ejecutivo, algo central hacia el final del debate. En realidad yo no soy partidario de debilitarlo, sino que sólo veo un ejecutivo fuerte en el seno de una división de poderes fuerte.” http://www.levante-emv.com/opinion/2016/05/17/morada/1418686.html

More thoughts on Posthegemony and Infrapolitics

Multitude

Further to my recent comments on “Posthegemony, Deconstruction, Infrapolitics”, in which I ask about “the varieties of infrapolitics and the extent to which posthegemony can inform (as well as be informed by) our notion of the infrapolitical”… Elsewhere, Alberto Moreiras has already responded that “as thrown into facticity, infrapolitics is the domain of deconstruction and deconstruction is the domain of infrapolitics.” Which I have to confess, I don’t really understand. But I was thinking further about Gareth Williams’s capsule summary of Posthegemony as a “critical discussion of the relation between the concept of the multitude and the underpinnings of the political.” Which may offer at least one way of thinking about the relationship between posthegemony (at least as I envisage it) and infrapolitics.

I tend to resist the notion that Posthegemony is only about the multitude, not least because thereby the equally important concepts of affect and (perhaps especially) habit get lost in a hasty conflation of posthegemony with Hardt and Negri’s rather different project. On the other hand, in that I also see the three concepts as very much bound together, and the multitude as the incarnation in specific moments of the interplay between affect and habit, I have to admit that multitude is in some sense the key concept that links and shows what’s at play in the other two.

And the multitude is, in my conception, a subject. Not the most conventional of subjects, but a subject none the less. This stress on the subject would seem to mark the most obvious difference between Alberto’s version of deconstruction, at least, and his elaboration of the notion of a “non-subject of the political.” Indeed, if a “discussion of the relation between the concept of the multitude and the underpinnings of the political” is also (as I am suggesting) a focus on the relation between the multitude and infrapolitics, then posthegemonic infrapolitics emerges as perhaps the obverse, if not the reverse, of deconstructive infrapolitics.

In short: if deconstructive infrapolitics is a concern with the non-subject of the political, is posthegemonic infrapolitics a concern with the subject of the non-political? With a subject that precedes politics, makes it possible, is perhaps what is at stake in every gesture of the political, but is somehow itself never fully political.

The question then is of the relation between these two takes on infrapolitics. Are they opposed or (merely?) complementary, perhaps even mutually dependent; bedmates, if you like. And to some extent I’m not particularly interested in attempting to resolve that question, at least not now, while the projects of infrapolitics and posthegemony remain at a rather initial stage. But I propose that it might (for strategic reasons if none other) be worth acting at least as if these two approaches complemented rather than contradicted each other.