Piel de lobo.

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Concebir un libro como ficción teórica es pensar a la vez algo que no puede darse por descontado: no solo que la ficción teórica es la verdad del libro sino que la verdad del libro es su ficción teórica.  Esto último complica las cosas.

Más si uno reconoce que el libro mismo se escribe como si fuera el producto narrativo de cuatro o cinco narradores diversos–es decir, de haber ingerido píldoras de esos narradores que producirían formalmente el resultado X que sería la ficción teórica del libro (muy al margen de su “contenido,” quizá solo concebible en estado de desobra).

Serían, por ejemplo, el narrador de Memorias del subsuelo, de Fiodor Dostoyevski, el de Un héroe de nuestro tiempo, de Nikolai Lermontov, el de Contra Sainte-Beuve, de Marcel Proust, el de Memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja.

Concebir la intersección de esas cuatro estrategias narrativas es quizá todo lo que el libro podría ofrecer, y ya no habría que escribirlo.

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