Tiempo universitario y deseo. Por Alberto Moreiras

Supongo que no estamos preparados para reconocer que nuestra situación como profesores universitarios en las humanidades es el resultado de un fracaso íntimo de carácter inmemorial—estaríamos donde estamos porque nunca supimos cómo hacer otra cosa. Supongo, por lo tanto, que todavía alienta en nosotros una noción positiva de la vida intelectual, que en algún momento pudo ser llamada vocación, y que para nosotros nunca estuvo vinculada a la adquisición de saberes técnicos sino a su contrario estricto—a una especulación libre vinculada a las posibilidades de una lengua.   Pero ese deseo, que es un deseo de libertad, acaba profesionalizándose, y a partir de ese momento se convierte en un problema: o bien el deseo mantenido contra viento y marea pervive y sobrevive como fuente siempre secreta de alegría, o bien el deseo se desvanece y queda enterrado y olvidado entre las miserias de una vida secuestrada por la mera ocupación sólo aparentemente productiva. Sin duda hay épocas y generaciones en las que la sobrevivencia del deseo se hace más plausible, mientras que hay otras en las que la supuesta presión de profesionalización, según criterios que pertenecen siempre al Gran Otro y que por lo tanto no pueden menos que ser vividos como opresivos, prevalece. Estamos en el medio de una época de la segunda clase.

¡Tantas cosas que hacer!   Eso se oye por doquier, y a veces es todo lo que se oye. Uno está muy ocupado en la universidad. Uno está tan ocupado, entre enseñanza (pero ¿qué enseñanza?), papeleos, emails, servicio de resultados siempre dudosos o más que dudosos, estudio y escritura—pero ¿qué escritura?—que justamente no hay tiempo ya para el juego del deseo, que queda diferido sine die—pero un deseo que se abandona es necesariamente un deseo que abandona. El abandono del deseo es vida dañada.

¿No es hora ya de abandonar el abandono del deseo, impuesto por un mandato de profesionalización opresivo?   ¿No es esa la primera necesidad de politización real en la universidad para todos nosotros?   Hemos permitido que la presión social, hostil en su naturaleza misma, enemiga resentida de toda libertad posible, entre en nuestro cálculo de manera exhaustiva. Hemos internalizado valores que no son los nuestros ni pueden serlo: productividad, fama, apariencia de ocupación infinita, proteísmo ridículo del que se esfuerza sólo para poder llenar líneas de curriculum y casillas de la evaluación anual.   No hay ya felicidad posible, ni tampoco satisfacción. Sólo queda el goce oscuro del esclavo universitario, que sueña con no serlo a través de la frenética actividad que lo esclaviza, y en la que ilusamente ha puesto toda su esperanza de placer.

Cada uno sabrá cómo lucha con sus propios demonios. Esta breve reflexión, motivada por cierta desoladora experiencia (del otro) que no puedo hacer pública, sólo quiere preguntarse si es posible imaginar—o si es ya demasiado tarde para imaginar—algo así como unas reglas básicas de conducta profesional que permitan salvaguardar la vocación de deseo, contra su sacrificio.   Que permitan, por lo tanto, salvar el tiempo de nuestra vida, y no jugar a su pérdida infinita justamente allí donde creemos que nuestra apuesta dará mejores resultados.

Yo propondría sólo cuatro para empezar:

  1. No escribas más que lo que no tengas más remedio que escribir.
  2. No enseñes más que lo que no tengas más remedio que enseñar.
  3. No sirvas más de lo estrictamente necesario.
  4. Cambia tu vida de forma que tu tiempo coincida con tu deseo, y sostén siempre que esa es tu verdadera misión universitaria y tu única forma de responder al vínculo social en el que se sostiene.

 

 

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2 thoughts on “Tiempo universitario y deseo. Por Alberto Moreiras

  1. Al leer esta entrada recordé el inicio de las cartas de Séneca a Lucilio. Y hasta me puse a traducirlo. Ahí va el primer fragmento de mi versión:

    “Así haz, querido Lucilio: reclama para ti la posesión de ti mismo y también la de tu tiempo, ese que hasta ahora o te era arrebatado en silencio o se alejaba o desaparecía: rescátalo y consérvalo.”

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