Sobre El impostor, de Javier Cercas. (Alberto Moreiras)

El impostor es un texto importante, a mi modo de ver, porque se ocupa, toma a su cargo, dos cosas muy poco habituales: la presentación de lo que podemos llamar una narrativa desnarrativizante, y una voluntad de deconstrucción testimonial que es la otra cara, y así indistinguible, de una testimonización deconstruida.

A mí me interesan ambas cosas—narrativa desnarrativizante, por oposición a la narrativa mitográfica o mitómana, y testimonio en deconstrucción, por oposición a la pretensión de verdad identitaria que ha plagado el discurso político, no sólo en España, durante los últimos treinta años.

Cierto que ambos procedimientos, en los que Cercas basa en realidad su pretensión o proyecto, o pretensión de proyecto, son necesariamente escandalosos y duros, y exponen al autor a todo tipo de recriminaciones. ¿Cómo pretender una narrativa desnarrativizante? ¿No es eso contradictio in terminis, empresa imposible? Y ¿cómo pretender deconstrucción del testimonio sin dejarnos a todos en la más puñetera intemperie, en la medida en que se nos niega el último refugio, que es el de pedir que otros confíen en nuestra verdad personal, enunciada siempre como petición de respeto y amor? Si les quitas a los humanos la doble posibilidad del mito y del testimonio—ambos, mito y testimonio, pueden encuadrarse negativamente bajo la palabra terrible: “mitomanía”—entonces no queda nada, no sabemos ya a qué podríamos atenernos, dónde agarrarnos. Se acaba, de alguna manera, mucho más que la política, en la necesaria asunción de un nihilismo sin horizonte.

Pero, ¿es realmente así? En última instancia el intertexto fundamental de El impostor es Don Quijote. Y Don Quijote ya es ambas cosas: narrativa desnarrativizante y testimonio en deconstrucción.

No puedo dejar de señalar que la voluntad radical de deconstrucción de toda mitomanía es condición de reflexión infrapolítica y también incidentalmente condición de democracia posthegemónica (en la precisa medida en que no hay otra democracia posible que la democracia posthegemónica: la posthegemonía es condición hiperbólica de la democracia).

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