Javier Marías, Así empieza lo malo. (Alberto Moreiras)

La novela nueva de Marías mantiene el culto: siempre hay en ellas, subterráneamente, con la excepción de las dos primeras quizá, la llamada o el cultivo de una cierta adicción mimética que tiene que ver con la presencia de estilo. Las novelas de Marías construyen y alargan estilo como forma a la vez de interrogar el mundo y de estar en el mundo, guste o no.   Es decir, no sólo muestran sino que convocan a una forma de habitamiento desde lo que yo no dudaría en llamar moralismo salvaje.   O más bien, desde una forma de moralismo salvaje, un moralismo salvaje ya convertido en estilo y que va dejando traza. Esa es la traza que cautiva o indispone al lector.

El agente de estilo es en este caso un jovencito filólogo, o más bien licenciado en filología, que piensa desde el presente en acontecimientos ocurridos alrededor de 1980, en plena transición posfranquista.   En aquel año Juan de Vere (cuyo apellido no lo revela como descendiente del conde de Oxford que algunos pensaron pudo haber sido Shakespeare, sino que es sólo traza de algún abuelo con pretensiones que cambió el original Vera a De Vere, por capricho) actúa como secretario o ayudante de Eduardo Muriel, un director de cine capaz e inteligente y culto pero atrapado en las estructuras precarias de la industria cinematográfica del momento y así constantemente frustrado en sus intentos de gloria.   Al pasar mucho tiempo en casa de Muriel, Juan no puede evitar mezclarse con la historia de la familia y familiarizarse con los amigos de esta. Así, por un lado, recibe de Muriel un extraño y comprometedor encargo, que es que haga una investigación discreta sobre algo que, de confirmarse, sería gravemente perturbador de la amistad entre Muriel y el Doctor Van Vechten—este último un médico de cierta edad y reconocido prestigio en el Madrid de los largos años de Franco.   Por otro, no puede dejar de notar el maltrato que Muriel le da a su mujer, Beatriz Noguera, a la que parece querer, pero a la que insulta y menoscaba y ningunea de forma regular y constante.   La aparente contradicción entre la preocupación de Muriel sobre un presunto asunto de abuso de mujeres en el oscuro pasado del Doctor Van Vechten y su conducta cotidiana—es él el que, para cualquier observador, comete abuso cotidianamente con su mujer—dispara el conflicto central de la narración.

Sin revelar asuntos de la trama que puedan estropear por adelantado la experiencia de lectura de la novela puedo quizá decir que ese conflicto central se plantea como un conflicto entre lo público y lo privado, o más bien entre lo político y lo íntimo.   Haya hecho el doctor lo que haya hecho, pertenece al ámbito de su vida como médico de éxito en la posguerra, a su actividad médica y política en la medida en que el doctor se ocupaba de atender a hijos de los represaliados por el franquismo (el doctor es pediatra) fuera de los cauces institucionales.   Mientras que Muriel, que es descrito varias veces como un hombre recto y justo, parece escenificar en su relación con su mujer un sordo resentimiento castigador cuyo origen es secreto y estrictamente privado, que parece referirse al orden de lo imperdonable, pero que por otra parte desgarra y destruye a Beatriz, cuya relación con Muriel es de fidelidad absoluta y también de absoluta abyección.

El tema que unifica ambas historias es el de la lealtad y la traición.   ¿Es la traición lo imperdonable?   Si ser un hombre recto y justo significa no traicionar nunca, ¿qué hemos de concluir de un hombre recto y justo que, al sentirse traicionado, no perdona ya, y en su voluntad de venganza recurre a una traición perpetua, sorda y cotidiana?   Si ser leal se hace por amor, ¿qué ocurre cuando es el amor mismo el que recurre a la traición para poder consolidarse, para poder garantizar lealtad perpetua, para establecer condiciones duraderas de fidelidad real y no fantasmática?   ¿Es la lealtad lo imperdonable? O quizás no haya nunca ni lealtad ni traición, sino una indiferenciación radical entre ambas que no por ello absuelve de nada.

Son preguntas que quizá la filosofía pueda resolver cortando por lo sano, estableciendo éticas normativas con respecto de las cuales puedan establecerse condiciones de consistencia o inconsistencia en el comportamiento, y así capacidad de juicio, de aprecio o condena con respecto de cualquier actitud personal o incluso colectiva.   Si la actitud enjuiciable es colectiva, entonces la filosofía entra en su dimensión política—y la novela de Marías se hace cargo de la problemática en el contexto de la transición posfranquista en sus reflexiones sobre memoria y olvido, sobre verdad y mentira.

Pero a Marías—este es su estilo—no le interesa hacerse cargo resolutorio de esos problemas, que quedan siempre infinitamente complicados, especulados siempre en resoluciones contrarias, deconstruidos, disueltos en tensión dramática y abandonados al azar de su temporalidad en cada caso.   Quizás sea esta la función literaria, pero se trata en todo caso de una función literaria ejercitada desde un moralismo salvaje o ethos infrapolítico.   Las novelas de Marías raramente podrían considerarse novelas políticas, pero son siempre novelas morales, excepto que su desquiciamiento de cualquier receta de conducta posible no permite ser entendido como una renuncia a la moral, sino como intensificación moralista extrema (y así antifilosófica). Esta última acaba siendo la resolución en cada caso infrapolítica de todas las novelas de Marías, remitidas a una narración desnarrativizada a favor de la temporalidad individual, de la vida personal, que puede ser más o menos trágica, más o menos catastrófica, más o menos interesante, más o menos desgarrada, más o menos entregada al goce (sin que el goce admita definiciones pedestres en este caso), pero que se sitúa, también en cada caso, fuera de la enjuiciabilidad, más allá del control ético desde posiciones filosófico-politicas estables. Allá cada quien, en un contexto en el que ese “allá” no queda ninguneado ni relativizado ni borrado en su indiferenciación, sino que se convierte en todo lo importante, en lo decisivo, en la marca de una vida, y así en lo sagrado de cada una de ellas.   Y también de los que mueren.

No hay justicia “desinteresada y personal,” y así no hay justicia. Sólo hay prácticas de resentimiento o perdón, en sí infinitamente complejas, cada una de ellas con graves implicaciones, y con respecto de las cuales sólo cabe decir, con el título de la novela que es también su leitmotif shakespeariano, “así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”   El moralismo extremo de Marías se concreta en un imperativo categórico de características estrictamente salvajes: “Haz lo que te vaya a causar menos tormento, aquello con lo que más puedas vivir.”   El precio de obrar así pertenece a lo trágico, al residuo de lo trágico en cada una de nuestras vidas.

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