Consignación a muerte. (Alberto Moreiras)

Ayer, en el seminario, cuando Thomas preguntó si era posible practicar pena de muerte sin ejecutarla, y si esa práctica habría de quedar sometida al mismo intento de deconstrucción que vemos en el seminario de Derrida, que empieza refiriéndose a la deconstrucción de la pena de muerte como decisión fundamental que apuntala todo el sistema jurídico en situación teológico-política y termina hablando de la remota posibilidad de una deconstrucción de la muerte misma, se nos quedó en el tintero o en el gaznate la referencia a lo que es más común, aunque nunca sea trivial, por ende a lo que constituye la normalidad infrapolítica más extendida en nuestras vidas y en las vidas de todos, que son las prácticas de mortificación o consignación a la muerte que se producen cuando una persona más o menos poderosa, quizá sólo por su influencia directa en un grupo, o un grupo de personas, deciden librarse de alguien–socialmente, lo cual es lo suficientemente literal sin llegar al borramiento explícito del cuerpo del otro.   No hay jurisprudencia al respecto, o apenas la hay, ciertamente no en Estados Unidos, aunque en Europa me dicen que empieza a haberla—se trata del viejo fenómeno del bullying o mobbing.   Todo mobbing (el bullying es tremendo, y puede ser muy destructivo, pero, al limitarse parcialmente a una persona y no contaminar la totalidad del espacio social de alguien, no necesariamente acarrea la destrucción psíquica profunda que causa el mobbing) es consignación a la muerte, y los que se complacen en ello son asesinos simbólicos, y los que no lo impiden ni se oponen, sabiendo que está en marcha, son cómplices materiales de un crimen que, sin embargo, sólo puede reconocerse como tal infrapolíticamente, porque en nuestro mundo está todavía por debajo del umbral de visibilidad, y no se reconoce como tal en esas cortes o tribunales o instancias cuya función, sabemos, no es la de hacer justicia sino meramente la de aplicar la ley o la regulación.

El seminario derrideano, La pena de muerte, no entra en esas consideraciones, pero yo diría que, apurando el argumento, también la consignación a la muerte simbólica, la mortificación social, constituye un “ejemplo perfecto” para el ius talionis reinterpretado por Kant o Hegel, si hubiera ius, cuando no lo hay. Pero algo me dice que, en su radicalidad salvaje, el ius talionis no siempre fue ius, y fue precedido durante siglos o milenios por prácticas sin jurisprudencia estable.   Se trata entonces de saber cómo portarse con respecto de prácticas infrapolíticas, es decir, que toman lugar por debajo del umbral de visibilidad que hemos definido, quizá con cierto apresuramiento, como siempre en cada caso umbral onto-teológico, con características asesinas o potencialmente asesinas o secretamente asesinas. Es desde el umbral onto-teológico, es decir, desde una cómoda instalación en él, que cualquiera se permite proceder a la destrucción social del otro, por tanto, del uno.

Y aquí hay que invocar una vez más el curioso quiasmo que descubríamos ayer, según el cual el estilo infrapolítico se ejerce siempre en cada caso desde un moralismo salvaje, sin fundamentación otra que la del cuidado de sí, pero está en posición de buscar imponerle condiciones estrictas a la política en cuanto tal, y así al derecho: desde la desfundamentación radical busca fundamentar, desde el desprincipio busca sostener principios.   Y es claro que no hay otro principio democrático, o principio demótico, que el que impone en cada caso prevenir la mortificación del otro, que es el uno.   Pero el estilo infrapolítico, precisamente al ser infrapolítico, vive en la impotencia.   No puede contemplar más que la impunidad atroz del que está del otro lado del umbral.   No puede intervenirla, excepto en muy raros casos, y siempre cuidando de no ser descubierto, de no ser atrapado por los vigías de la luz blanca de la heliopolítica.   Quizás esta sea la temática de Tu rostro mañana, de Javier Marías.   Pensar la impotencia infrapolítica es la motivación al sentido político.   Quizá no haya otra verdadera—en cuanto motivación de la política, en cuanto razón para dar el paso hacia la política, es ciertamente la más noble, la menos mercenaria o la menos falsa.

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