On Infrapolitics and the Non-Subject, and Los enamoramientos. By Alberto Moreiras.

It may have been a mistake to associate all too early infrapolitics and the non-subject of the political, but then maybe not.   Do remember that the expression “the non-subject of the political” does not refer to the fact that politics is done by non-subjects, rather that politics and subjectivity do not coincide, so that there is politics beyond the subject.   We could say something similar about infrapolitics–infrapolitics and subjectivity are not the same thing, which does not mean that they have nothing to do with each other.  Using only partially Badiou’s terminology we could say that infrapolitics is, to a certain extent, not totally, the region of obscure subjects, that is, (non)subjects not (fully) subjectivized by conditions of militancy.   Really, it is probably best to understand the non-subject as an excess to the subject of conscience, the traditional subject of metaphysics, whose mode of presence cannot however be linked to the Levinasian subject-as-hostage, subject-of-persecution, subject-of-responsibility, since it also exceeds it.   I am copying below a paper I wrote this summer that is perhaps unfinished, but I think it gives a certain idea that might be useful.  Let me put it this way: for a certain interpretation of Javier’s actions, they are wholly infrapolitical, even if for some other interpretation Javier is a total and complete evil jerk or worse.   We could talk about an infrapolitics of friendship . . .  I am also copying this piece because Los enamoramientos is a novel I will ask you to read further into the seminar.  

La religión marrana: Los enamoramientos, de Javier Marías, y el secreto literario.

            Mi intención no es hacer crítica literaria, ni presentar la novela de Javier Marías a ustedes ni a público alguno, en la precisa medida en que la novela se presenta a sí misma mucho mejor de lo que nadie podría hacerlo por ella. Coloco mi lectura, desde mi título, bajo dos complicadas condiciones, “religión marrana,” si es que la hay o puede haberla, y “secreto literario,” si es que lo hay o puede haberlo. Para establecer la posibilidad de tal lectura debo referirme al argumento de la novela, lo que la novela cuenta, un tanto selectivamente, aunque creo que también de forma central y sin forzamiento alguno. Mi proyecto no es en todo caso dar cuenta del proyecto novelístico de Marías ni imputarle a él pensamientos o teorías a las que le gustará permanecer ajeno; sólo usar, con algo de descaro, aunque con ciertos principios, su novela para mis propios propósitos. Al fin y al cabo, como alguien dice en ella, “es una novela, y lo que ocurre en ellas da lo mismo y se olvida, una vez terminadas. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios” (166).

            Confieso mi fascinación por Los enamoramientos (2011), pero no puedo revelar por qué me fascina–su secreto me afecta también de esa manera, en la medida en que, en cuanto lector, sólo me es dado establecer una relación siempre parcial con él. Mi hipótesis para estas páginas, es decir, mi modalidad de relación parcial con su secreto, que hace la tarea de interpretación abierta e inacabable, sería que es porque constituye una suerte de escenificación del sacrificio de Isaac, que es al mismo tiempo su puesta de inmediato bajo tacha. Si la historia de Abraham remite a una ley, la religión marrana, que es necesariamente traidora a la relación monoteísta, sería una relación al secreto más allá de toda ley–en cuanto tal, religión sin religión. No hay otro discurso que el que ofrece la literatura para tematizar y explorar tal recurso–ni la filosofía ni la teología pueden servir. En “Literatura en secreto” dice Jacques Derrida: “La literatura ciertamente hereda de una historia sagrada con respecto de la cual el momento abrahámico permanece como su secreto esencial (¿y quién querría negar que la literatura es un resto religioso, el vínculo y el lazo con lo que es sacrosanto todavía en una sociedad sin Dios?), mientras que al mismo tiempo niega esa historia, su herencia y su pertenencia a ella. Niega la filiación. La traiciona en el doble sentido del término: es infiel a ella, y rompe con ella justo en el momento en el que revela su ´verdad´ y descubre su secreto. Es decir, el secreto de su propia filiación: posibilidad imposible. Esta ´verdad´ existe bajo la condición de una negación cuya posibilidad ya estaba implícita en el acto de atar a Isaac” (157). El acto de atar a Isaac es el acto de seguir un mandato que obliga incondicionalmente. La literatura a la vez guarda ese mandato y lo destripa en negación traidora: religión marrana y posibilidad imposible.

            En Los enamoramientos esa latencia de toda literatura se hace patente. En mi opinión la novela tematiza la secularización del sacrificio de Isaac y borra al mismo tiempo tal secularización en nombre de un secreto no reducible a la política–de un secreto no secularizable, no compartible, no comprensible por la comunidad, que solo puede desarrollar con respecto de él un rumor infinito.   Javier Díez-Varela es en la novela la figura abrahámica, con respecto de la cual su enamorada María Dolz, la narradora, sólo puede exponer su incomprensión dañada.  María se siente muerta también por Javier, ella es la muerta que vive, el fantasma desplazado que querría no ser quien es ni saber lo que sabe.   Y es en su absoluto desamparo, al final del texto, donde afirma bellamente su religión sin religión: “Al fin y al cabo nadie me va a juzgar, ni hay testigos de mis pensamientos. Es verdad que cuando nos atrapa la tela de araña–entre el primer azar y el segundo, [esto es, entre el nacimiento y la muerte]–fantaseamos sin límites y a la vez nos conformamos con cualquier migaja, con oírlo a él–como a ese tiempo entre azares, es lo mismo–, con olerlo, con vislumbrarlo, con presentirlo, con que aún esté en nuestro horizonte y no haya desaparecido del todo, con que aún no se vea a lo lejos la polvareda de sus pies que van huyendo” (401).  

            La novela empieza con la mirada de María fija en la pareja sentada en una mesa cercana de la cafetería de todas las mañanas.   María mira a Miguel y Luisa, “lo que más agradaba de ellos era ver lo bien que lo pasaban juntos” (15). Miguel y Luisa están enamorados.   Pero Miguel muere, apuñalado por un loco en la calle. Y ciertas circunstancias permiten que María conozca a Javier, el mejor amigo de Miguel, en la casa de Luisa, en el trascurso de una visita en la que Luisa le cuenta a María lo terrible de la muerte de su marido, lo devastador de su duelo, de su dolor. María percibe la solicitud de Javier por María. Poco tiempo después María y Javier empiezan una relación de amantes, y María se enamora de Javier.   Una tarde María duerme en la alcoba de Javier después de hacer el amor, y se despierta por los timbrazos de alguien que llega al piso. María no puede evitar escuchar una conversación en la que se revela lo peor: Javier ha mandado matar a Miguel. A partir de ese momento sabe que su relación con Javier debe terminar. Javier también lo entiende así, pero le explica a María lo que pasó: no fue un asesinato, solo un homicidio, que fue lo que Miguel le pidió como acto de amistad.   Andando el tiempo María encuentra, en el restaurante chino del Hotel Palace, a Javier y María cenando juntos, felices, mutuamente absortos. “Estaban pendientes el uno del otro, charlaban con vivacidad, se miraban de vez en cuando a los ojos sin cruzar palabra, a través de la mesa se cogían los dedos” (391). Entre la primera escena y la última se consuma una terrible educación sentimental.

II.

            La novela corta El coronel Chabert, de Honoré de Balzac, tiene un papel importante en el intertexto de Los enamoramientos. [1] Javier le habla de ella a María con cierta insistencia obsesiva. María se esfuerza por conseguir y leer la novelita queriendo saber por qué Javier, de quien ya está enamorada, “la utilizaba como demostración de que los muertos están bien así y nunca deben volver, aunque su muerte haya sido intempestiva e injusta, estúpida, gratuita y azarosa como la de [Miguel] Desvern, y aunque ese riesgo no exista, el de su reaparición. Era como si temiera que en el caso de su amigo esa resurrección fuera posible y quisiera convencerme o convencerse del error que significaría, de su inoportunidad, y aun del mal que ese regreso haría a los vivos y también al difunto” (179).   Estamos ya en ello en plena teoría del fantasma, que Marías ha usado en otras ocasiones de su narrativa. Javier parece estar preocupado, quién sabe si trastornado, por la perspectiva del retorno de un muerto, su amigo Miguel, asesinado por un mendigo, “cosido a navajazos por nada y en camino hacia el olvido” (150). Pero no está claro el olvido: el retorno de Miguel está implícito en la preocupación ostensible por la novela de Balzac, y por el partido que Javier toma por la mujer o ex-mujer del coronel, la ahora condesa Ferraud, que tiene que enfrentarse con el retorno de un marido al que creyó muerto en batalla diez años antes.   Los muertos, a pesar de que no regresan nunca, tienen también muchas formas de regresar.

            Cuando María llega al término de la novela y se encuentra con las palabras que el abogado Derville le dice a su asociado Godeschal, a propósito de la maldad humana y de su acostumbrada impunidad, nota lo que ella llama un “error de traducción” (180) en el detallado recuento que de la novela le había hecho Javier. Javier, en traducción improvisada del francés, había citado: “He visto a mujeres darle al niño de un primer lecho gotas que debían traerle la muerte, a fin de enriquecer al hijo del amor” (172, 181).   Pero la novela no dice “des gouttes” sino “des goûts,” y por lo tanto la traducción correcta hubiera debido empezar diciendo “He visto a mujeres inculcarle al niño de un primer lecho aficiones (o quizá ‘inclinaciones’) que debían acarrearle la muerte” (181). María trata de interpretar el oculto sentido de ese lapsus de traducción, insólito en quien tiene tan buen acento en la lengua. Imagina que “es muy distinto causar la muerte, se dice quien no empuña el arma (y nosotros seguimos su razonamiento sin advertirlo), que prepararla y aguardar a que venga sola o a que caiga por su propio peso; también que desearla, también que ordenarla, y el deseo y la orden se mezclan a veces, llegan a ser indistinguibles para quienes están acostumbrados a ver aquéllos satisfechos nada más expresarlos o insinuarlos, o a hacer que se cumplan nada más concebirlos” (183). La novela introduce así una dimensión infrapolítica en su estructura, que tiene que ver con la investigación de la actio in distans, la capacidad de “los más poderosos y los más arteros” de no mancharse nunca “las manos ni casi tampoco la lengua” (183), de cometer crímenes impunes, y de arruinarle el estómago al abogado Derville. ¿Sería posible que Javier hubiera mandado matar a Miguel, su mejor amigo, para poder cazar a su esposa, a Luisa, para dejar el campo libre y poder realizar eventualmente su deseo? ¿Y cómo no pensarlo así, desde qué posible perspectiva?

III.

            María imagina, tratando de lidiar con una verdad difícil o enmarañada que la convierte tambien en una narradora no poco digna de fiar en cuanto tal, sino, en cuanto absolutamente digna de fiar, en esa misma medida incapaz de estar segura de que su verdad sea toda la verdad, o la verdad sin más. Quizá, para empezar, hay cosas que uno no debe decir, guardarse mucho de hacerlo.   ¿Qué cadena incalculable de acontecimientos podría provocarse si uno le dijera a su amigo (por ejemplo, Miguel a Javier) algo así como “si algo me pasara un día . . . si me sucediera algo definitivo,” ocúpate por favor de mi mujer y de mis hijos; “ella ha de tenerte a ti como repuesto” (Marías, Los enamoramientos 117).   Es peligroso jugar con fuego, pedirle a tu amigo que colabore en tu obliteración definitiva, porque entonces tu amigo podría sentirse tentado a hacerlo. Le diría a tu fantasma, tú me lo pediste, acuérdate, no me vengas ahora con reproches, cuando ya eres sólo un fantasma de manos frías, cuando ya nadie apenas te recuerda. Lo que fue un gesto de amistad, lo que implicaba confianza y abandono, puede acabar provocando un asesinato, limpio o sucio, aunque sea póstumo. Es mejor para tu mujer y tus hijos que te quite de en medio, sobre todo ahora que has muerto, estarán mejor, serán más felices. Tú mismo lo entendías así cuando me pediste lo que me pediste, sin llegar a reconocerlo, pensando que era una solución de futuro, pero el futuro dura mucho tiempo y llegó la hora de que seas apartado terminalmente de la escena. Fue una idea tuya, no fastidies, tú me lo pediste.

            Sí, uno puede pensar que se trató sólo de una ligera transgresión, para eso está la amistad, para absorberlas, uno puede exponerse demasiado con un amigo sin que eso tenga efectos, sin que se produzca incalculabilidad alguna, sin que advenga lo inesperado.   Yo no le dije a mi amigo que me borrara, ni ahora, mientras vivo (¿o estoy ya muerto?) ni después de muerto. Al revés, yo le pedí a mi amigo que procurara ocupar mi función, en cierto sentido que fuera yo, que me mantuviera vivo entre los míos. Vivo y no muerto, dándole a los míos lo que yo mismo he tratado siempre de darles.   Yo no quería borramiento sino pervivencia, aun sabiendo que ya no estaría, aun conociendo y aceptando su vicariedad.   Para eso están los amigos, me parece. Si no, ¿para qué están? Además, tú no le dijiste a tu amigo que te sustituyera literalmente. Tú le dijiste: “No te pido que te cases con ella ni nada por el estilo . . . Tú tienes tu vida de soltero y tus muchas mujeres a las que no ibas a renunciar por nada . . .   Pero, por favor, mantente cerca de ella si yo alguna vez falto . . . Sé una especie de marido sin serlo, una prolongación de mí” (117).   Le pediste no que fuera tú, sino que fuera tu sucedáneo, tu secretario, tu representante. No es para tanto, esa supuesta transgresión. Es lo normal en estos casos, lo que uno espera, para eso tiene uno amigos.

            Claro que a él no le gustó, o no pareció gustarle, y me dijo: “¿Me estás pidiendo que te sustituya si te mueres . . . Que me convierta en un falso marido . . . y en un padre a cierta distancia?” (118); “¿Te das cuenta de lo difícil que es convertirse en un falso marido sin pasar a serlo real a la larga? . . . Si tú te murieras un día y yo fuera a diario a tu casa, sería dificilísimo que no pasara lo que no debería pasar nunca mientras tú estuvieras vivo. ¿Querrías morirte sabiendo eso?” (119-20).   Casi me acusó de querer chulearlo, de celestineo, y eso me molestó un poco, la verdad, que corriera tan rápido a la conclusión de que podría ocupar mi lugar, desde luego, más allá de lo que yo le pedía. No pensé entonces que algo se había abierto ya, quizá en ese preciso instante, o estaba abierto desde antes, no sé. Lo incalculable, lo imprevisible estaba asomando su fea nariz en la protesta misma de mi amigo, y yo traté de calmarlo y le dije que no, que cómo se le ocurría, que a mi mujer no le iba a interesar él de esa manera, que lo conocía ya demasiado bien, que eran muchos años, que para ella él era como un primo o hermano, que no jodiera. Yo no le pedía que él me barriera, que borrase mi recuerdo y mi rastro y me sepultase, sólo que se ocupase un poco una vez se hubiera acabado mi propia historia, eso me tranquilizaría, su promesa, que para mí sería eso sólo, una promesa de ocuparse, nada más. Y le dije: “Así que sigo pidiéndote que, si me pasa algo malo, me des tu palabra de que te encargarás de ellos” (124).   Y él, todavía un poco molesto, me parece, me dijo entonces: “Tienes mi palabra de honor, lo que tú digas, cuenta con ella . . . Pero haz el favor de no volver a joderme en la vida con historias de estas, me has dejado mal cuerpo. Anda, vámonos a tomar una copa y a hablar de cosas menos macabras” (126).

IV.

            Sí, yo me sospechaba algo, claro, cómo no, podría decir Javier, pero Miguel no quiso confirmármelo entonces, o entonces él mismo aun no sabía. Fue en otro momento, dijo, cuando tuvimos la otra conversación, la verdaderamente aterradora. Me pidió que lo matara, o que lo hiciera matar, pero aquel día sólo hablamos de él, no de su mujer ni de sus hijos, bastante había. Me dijo que sus médicos le habían diagnosticado una severa forma de cáncer, un melanoma intraocular, en realidad un ‘melanoma metastático muy evolucionado’ que le daría no más de un par de meses de vida vivible y lo llevaría a la muerte en medio de dolores atroces en unos pocos meses más, sin o con tratamiento supuestamente paliativo (332-33; 334-35).   Me pidió que tramara su muerte en el plazo de un mes y medio o dos meses, no tengo fuerzas para el suicidio, me dijo, no es tanto morir sino morir mal lo que me aterra, no estoy dispuesto a ello, no quiero permitir que Luisa y mis hijos pasen por ello. Habrá pasado mi tiempo, me dijo, y no hay que prorrogar lo improrrogable. Mátame, quítame de en medio. Pero no me digas cómo ni cuándo, “haz lo que quieras, contrata a alguien que me pegue un tiro, haz que me atropellen al cruzar una calle, que se me derrumbe un muro encima o no me funcionen los frenos del coche, o los faros, no sé” (345).   Yo al principio me negué en redondo, “le dije que eso no podía ser, que en efecto era demasiado pedir, que no podía encomendarle a nadie una tarea que sólo le correspondía a él” (346).   Pero “desde el primer momento supe que no me quedaba alternativa. Que, por difícil que se me hiciera, debía satisfacer su petición. Una cosa fue lo que le dije. Otra lo que me tocaba hacer. Había que quitarlo de en medio, como él decía, porque él nunca se iba a atrever, ni activa ni pasivamente, y lo que lo aguardaba era en verdad cruel” (347).    

            Así que busqué ayuda, pedí favores, y tramamos un plan que permitiera su muerte, si todo funcionaba bien, sin atraparme en las consecuencias legales. El gorrilla que dormía en un coche abandonado y que conocía a Miguel de indicarle la mejor plaza de aparcamiento en la calle fue el elegido. Le proporcionamos un teléfono móvil al que le fuimos llamando acuciándolo contra Miguel, contándole que Miguel era el responsable de la prostitución de sus hijas, y le dimos tambien, le dejamos en el coche, un cuchillo mariposa que podría o no elegir utilizar. Y acabó haciéndolo. Y cosió a Miguel a navajazos la mañana de su cumpleaños, mientras Luisa lo esperaba en un restaurante para el almuerzo.   Fue un acto de piedad por nuestra parte, no un asesinato, fue un homicidio quizá, un crimen, también contra el mendigo, aunque esté ahora mejor en el psiquiátrico de lo que estaba antes, viviendo en su sucio coche abandonado, pero su muerte fue lo que Miguel quería, y dársela fue un acto de amistad.   Sin embargo, “he sabido siempre que en origen hube de pensar y actuar como un asesino” (349).   Y ahora estoy muy cansado.   “Lo que tú creas, María, con todo, no tiene demasiada importancia. Como quizá puedas imaginar” (349).

V.

            Antes de saber todo eso, María sospechaba gato encerrado, o no sospechaba sino que sentía que podía haberlo, cuando ella misma, en su enamoramiento no correspondido, empieza a darse cuenta de que la desaparición o muerte de Luisa podría traerle la recompensa de conseguir el amor de Javier.   Si ella puede desear la muerte de Luisa, no hay razón aparente para que Javier no hubiera deseado o podido desear la muerte de Miguel. Es obvio para María que Javier está enamorado de Luisa, y que está esperando el olvido, el paso del tiempo y su reparación, para acabar ocupando en la vida de Luisa la posición de su antiguo amigo muerto, asesinado.   María sabe que ella misma no es más que un sustituto temporal en la pasión de Javier, que Javier busca a Luisa, que Javier está enamorado de Luisa. Y le aterra, dada la muerte de Miguel, que las cosas hayan sido demasiado afortunadas para Javier.   Quizás Javier deseó largamente, demasiado largamente, la muerte de Miguel.   “Uno no se atreve a desearle la muerte a nadie, menos aún a un allegado, pero intuye que si alguien determinado sufriera un accidente, o enfermara hasta su final, algo mejoraría el universo, o, lo que es lo mismo para cada uno, la propia situación personal” (191-92).  

            María escucha de Javier su versión de lo que pasó. Javier tramó la muerte de Miguel. Javier está profundamente enamorado de Luisa.   Una primera versión posible de lo que realmente pasó es ampliamente sórdida, pero ¿cómo no creerla? Es la lógica, la razonable, la realista. La historia que cuenta Javier, ese cuento, es sólo, dice María, quizá “engañar con la verdad” (293).   Javier está enamorado de Luisa, Javier mandó matar a Miguel, eso es así. ¿Será cierto que Miguel tenía un melanoma metastático muy evolucionado? ¿Será cierto que Miguel le pidió que lo quitara de en medio para ahorrarse a sí mismo la necesidad de una muerte infinitamente más atroz, o el suicidio? Esos son o pueden ser inventos de Javier. Los periódicos no mencionaron tal cosa, la autopsia obligada no parece haberlo revelado, pero los periódicos no son fiables y “en España casi todo el mundo hace sólo lo justo para cubrir el expediente, pocas ganas hay de ahondar, o de gastar horas en lo innecesario” (359). Después de todo, cualquier forense podía ver que Miguel había muerto por las nueve o dieciséis puñaladas.   En cuanto a lo que realmente pasó “nada era concluyente” (393) para María, excepto que Javier tenía en sus manos sangre de Miguel, y ahora en su cama a Luisa.   Así que es posible que Javier sea una más de las siniestras figuras que hacen al abogado Derville decidir retirarse de su bufete de abogado: “Nuestros despachos son cloacas que es imposible purgar . . . No puedo decirle todo cuanto he visto, porque he visto crímenes contra los cuales la justicia es impotente. En fin, todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre por debajo de la verdad” (Balzac, Coronel loc. 1162, archivo Kindle).

            Pero hay otra lectura posible, contra María, aunque María no es necesariamente capaz de desecharla.   Dice María: “Peor que la grave sospecha y las conjeturas quizá apresuradas e injustas, era conocer dos versiones y no saber con cuál quedarme, o más bien saber que me tenía que quedar con las dos y que ambas convivirían en mi memoria hasta que ésta las desalojara, cansada de la repetición” (354). Quizás Javier hizo lo que le pidió Miguel, y se sacrificó por Miguel, en la completa incertidumbre de obtener el amor de Luisa, o incluso poniendo tal posibilidad radicalmente en peligro.   Quizás Javier hizo lo que le pidió Miguel por amistad y necesidad de cumplir la demanda de su amigo, sin más.   O quizás por alguna otra razón, ni siquiera por amistad, ni siquiera como pago de deuda alguna. Pero ¿cómo saberlo? Cuando Javier dice que “desde el primer momento” supo que tendría que cumplir el deseo de su amigo–mandato abrahámico, conversión en asesino, suspensión inmediata de toda cotidianidad, entrada en una relación extática con el secreto–, Javier entiende que su soledad traiciona no sólo a Luisa y a María, también a Miguel mismo, y que hipoteca la totalidad de su propia existencia.   Lo incalculable entra en su vida más allá de toda justicia y más allá de toda justificación. ¿Por qué exponerse a ello?   El amor de Javier por Luisa no necesita el asesinato, no necesita la acción voluntaria de Javier, si es verdad que Miguel padece un cáncer terminal y va a morir en cuestión de meses.   Ningún cálculo justifica la acción de Javier, pero María no puede saber si es el cálculo mismo el que establece una narrativa siempre mentirosa: engañar siempre, engañar con la verdad. Dice María, recordando que Javier le había dicho que lo que ocurre en las novelas da lo mismo, “Quizá pensaba que con los hechos reales no sucedía así, con los de nuestra vida. Probablemente sea cierto para el que los vive, pero no para los demás. Todo se conviete en relato y acaba flotando en la misma esfera, y apenas se diferencia entonces lo acontecido de lo inventado. Todo termina por ser narrativo y por tanto por sonar igual, ficticio aunque sea verdad” (331).   Javier, en los oídos de María, no puede sino engañar con la verdad porque la verdad de Javier está más allá de toda narrativa y enlaza con una desnarrativización radical.   Ya Javier le había dicho a María: “Has comprendido que para mí mis anhelos están por encima de toda consideración y todo freno y todo escrúpulo. Y de toda lealtad, figúrate. Yo he tenido muy claro, desde hace algún tiempo, que quiero pasar junto a Luisa lo que me quede de vida” (307).   Pero esta voluntad salvaje no puede explicar su decisión de acceder al deseo de Miguel, que permanece fuera de toda historia, en el secreto, en una obligación sabida incondicional que por lo tanto ni siquiera la lealtad explica, ni el freno, ni el escrúpulo.  

            Hay dos versiones, y sólo una de ellas entra en el cálculo o en la economía narrativa. La otra versión es ajena a ella, aunque sólo pueda por otra parte narrarse: narración sin narración, la narración que empieza diciendo “desde el primer momento supe que no me quedaba alternativa.” Y quizá la literatura no sea otra cosa que el intento secular de tocar ese borde de la narración más allá de la narración. Esta es la dimensión infrapolítica de la literatura, su actio in distans, sin la cual la literatura no puede ser sino alegoría comunitaria, en cuanto tal caída. En última instancia, quizás las palabras de Javier a María, cuando está laboriosamente tratando de explicarle a María la historia del coronel Chabert, son las apropiadas: “Lo que pasó es lo de menos. Es una novela, y lo que ocurre en ellas da lo mismo y se olvida, una vez terminadas. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios, se nos quedan con mayor nitidez que los sucesos reales y los tenemos más en cuenta” (166).

VI.

            Derrida habla del sacrificio de Isaac no como un acontecimiento absolutamente único en la vida de Abraham, sino más bien como lo que llama “la cosa más común” (68).   Dice Derrida: “Tan pronto como entro en relación con el otro, con la mirada, la demanda, el amor, la orden o la llamada del otro, sé que sólo puedo responderle sacrificando la ética, es decir, sacrificando lo que quiera que me obliga a responder también, de la misma manera, al mismo tiempo, a todos los otros” (69).   Javier entró en esa relación cuando Miguel le pidió que lo quitara de en medio (si es que lo hizo).  [The text seems to be too long for the blog.  See end of the paper in Comments.]

Alberto Moreiras

Texas A&M University

Works Cited

Balzac, Honoré de.   El coronel Chabert, seguido de El verdugo, El elixir de larga vida,

y La obra maestra desconocida.  Traducción Mercedes López-Ballesteros. Madrid. Random House Mondadori, archivo Kindle, sin fecha.

Derrida, Jacques. The Gift of Death and Literature in Secret. Trad. David Wills.

Chicago: U of Chicago P, 2008.

Marías, Javier. Los enamoramientos. Madrid: Alfaguara, 2011.

[1]  Javier es el que primero la invoca, identificándose no con el coronel Chabert sino con su ex-mujer, para quien la re-aparición intempestiva del coronel es potencialmente catastrófica. Pero María lee la novela y se identifica eventualmente con Chabert, en cuanto personaje infausto en demanda de improbable justicia o incluso consumido, más allá de lo último, por lo fútil de su situación.   Hacia el final de la novela María dice que trató de “conjurar el peligro” de la memoria “haciéndole frente,” y decide publicar en la editorial donde trabaja una edición de El Coronel Chabert y otras novelas cortas de Balzac de la que se dan ciertas precisiones que permiten reconocerla como un libro realmente existente. Yo lo tengo en Kindle, en traducción de Mercedes López-Ballesteros, publicada por Random House Mondadori en su serie Debolsillo bajo el membrete de Reinos de Redonda, sin fecha. Una Nota del editor dice: “Este vigésimo primer volumen del Reino de Redonda está dedicado a Mercedes Casanovas, “Die Seingalt” o Real Emisaria Literaria, que quiere leer la novela corta del título, después de haber hecho tanto por otras novelas mucho más largas, más modernas y muy inferiores” (archivo Kindle, loc. 20). Con esto Los enamoramientos se hace también parte del intertexto de El Coronel Chabert. Otros intertextos de Los enamoramientos son ciertas líneas sobre morir a tiempo o a destiempo del Macbeth de Shakespeare, los pasajes de Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, donde se cuenta la historia de Anne de Breuil, supuestamente ejecutada por su esposo el Conde de la Fère, futuro Athos, al encontrarle la marca infame de la flor de lis en su hombro, y la definición de “envidia” del Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias. Cada una de esas referencias podría dar lugar a varias páginas de análisis en el contexto de esta investigación.

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2 thoughts on “On Infrapolitics and the Non-Subject, and Los enamoramientos. By Alberto Moreiras.

  1. Para Derrida nada puede dar justificación de tal responsabilidad o de tal imperativo, al que él llama un “sacrificio absoluto” (69). El sacrificio que le fue pedido a Abraham no es el sacrificio de la irresponsabilidad ante la responsabilidad, sino más bien “el sacrificio del deber más imperativo (el que me obliga al otro en cuanto singularidad en general) a favor de otro deber absolutamente imperativo que me vincula al totalmente otro” (69). El sacrificio de Isaac es el que toma lugar cada día para cada uno de nosotros, en la medida en que constantemente sacrificamos lo que más amamos a lo que debemos hacer. Javier debe suspender su propio anhelo, incluso ponerlo en peligro, para cumplir su obligación secreta. Si Abraham está dispuesto a matar a su hijo, o Javier a Miguel, más allá de toda ética, al margen de la ética (y es precisamente la pasión de Javier por Luisa la que coloca necesariamente a Javier en el mal radical a la hora de consumar su sacrificio, fuera de la ética o en su abismo), apareciendo así ante los ojos de su vecino como un asesino, entonces todos somos asesinos, en la medida en que en cada caso hacemos lo que hacemos y a ello le sacrificamos todo lo demás. Algo presiona, constante y abrumadoramente, y organiza toda decisión en forma pasiva, pero lo que presiona permanece inescrutable, es el secreto. Somos todos asesinos, y vivimos en la perpetua suspensión de la ética. Y la tentación de la conducta ética a través de alguna noción de responsabilidad absoluta es también necesariamente la tentación de una traición infinita de la ética, máximamente irresponsable. Eso es lo que María aprende, en su desgarro, cuando reconoce al final de la novela que “la justicia y la injusticia me traían sin cuidado” (393).

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